Como la vida misma / 2 de abril de 2025

EL VUELO DEL SAPO CUENTOHoy no escribo sobre mí ni sobre mi familia o política. Hoy les comparto un cuento. Uno fuerte, íntimo, tal vez incómodo. Pero verdadero, aunque no todo haya sucedido tal como lo narro. A veces la literatura es la mejor forma de honrar a los ...

  • EL VUELO DEL SAPO (CUENTO)

Hoy no escribo sobre mí ni sobre mi familia o política. Hoy les comparto un cuento. Uno fuerte, íntimo, tal vez incómodo. Pero verdadero, aunque no todo haya sucedido tal como lo narro. A veces la literatura es la mejor forma de honrar a los que ya no están.

Si no me haces caso, puedes quedarte en el viaje —le dijo Pepe, con el churrito ensalivado y apagado entre los labios, mostrando en su risa los huecos de los dientes olvidados en otras noches de ritual—. Piénsalo bien, güerito, creo que no lo tienes muy claro. Mejor una por una, mi niño, no te quieras comer todo el sol en un solo día —volvió a decirle el chamán con una risita cáustica–.

Rubén estaba domando sus recelos a golpe de cervezas y mezcal. Le estaba echando coraje y una fuerte dosis de ingenua valentía. A esas horas, con la mirada medio turbia producto de estarle jugando a la desesperada, ya se había casi decidido. Primero, la limpia, eso seguro —sabe Dios que le hacía falta—, sacarse la mala sombra. Pero de lo demás aún no estaba del todo convencido. Necesitaba el último empujón.

Conocía el riesgo. Nadie lo estaba engañando. Y ya medio briago, estaba animándose a correrlo. Las ondas no deben mezclarse: el mezcal es mal amigo del sapito. Lo uno no se lleva con lo otro. Esto del vuelo exige disciplina, respeto, estar alerta para entrar en el viaje sin excesos ni cargas, y con la cabecita despejada. El sapito del desierto es cosa de conocedores. Se tiene que ser valiente, sí, pero no es cuestión de valor solamente: también hay que saber que le estás tocando la puerta al diablo.

Rubén había llegado a media tarde pidiendo una cura. Allí debería encontrarla. Pero en su afán perdió la idea, se le fueron las patas y apuró la suerte. En vez de disfrutar la nueva sensación, gozarse limpio y alargar más aquel momento, no. Estaba prendido, pinche mocoso ansioso. Encendió el cigarrito cargado con la pócima. El sapito no es cosa menor: son palabras muy mayores. Es un pellizquito de la señora definitiva, una caricia de la flaca. Cosa muy grande como para andar con tonterías de chamaco. Aquí los bravos se doblan como bejucos y los más rudos acaban siempre blanditos. Torpe niño tan pendejo. Si ya andas limpio y hasta con peyote, ¿para qué le quieres hacer chistes al tigre? ¿Para qué tentar a la suerte? Jugándole al machote con el sapo bufo, las posibilidades de que te cargue la tiznada son muchísimas. Casi todas. No amueles: por una parte le estás pidiendo ayuda a los dioses y al mismo tiempo los retas y les mientas la madre.

Una explosión interior de consecuencias nucleares lo llevó a la meta despejada. Apenas una leve distorsión empujaba la belleza hacia las cimas. El agua, la lluvia, la tierra, el lago: todo en su cúspide de formas y de fondos. El efecto hizo desaparecer el palafito. Se abrió su centro y, ya sin techos protectores ni costillas de palma, llevando su reloj a la más alta taquicardia, fueron mil golpes. Y en sus adentros el chavo volaba, liberado hacia un viaje sin retorno. Un paseo divino. Atravesaba nubes blancas en su paseo espiritual.

Entonces se sintió feliz. El venado lo miró muy fijamente. Todo era paz a la orilla del camino lácteo y caluroso. Abrió las alas de Pegaso y lo invitó a una nueva cabalgada, la última. Una ruta luminosa donde el maíz se abría a su paso y, entre granos amarillos y hojas verdes, se fueron haciendo esquites celestiales. El Aliento Cósmico lo llamaba por su nombre. Un saludo simple, sólo de reconocimiento. Rubén, Rubén, Rubén.

Se fue dichoso. Los que miraban se asustaron y se largaron escapando. Ya no supieron más de él, ni él de ellos. En aquel viaje, como se sabía —tal cual Pepe le había advertido primero—, se encontró al Padre, sintió al Espíritu y, como un Cristo mexicano redentor, se fue quedando, se fue quedando, se fue quedando…

Rubén y yo fuimos amigos. Supe de su aventura y no quise acompañarlo. Me escasearon las razones, me faltó determinación, me ganó la cordura. Escribo este homenaje todo lo fiel que puedo sin haber estado en sus zapatos.

Es miércoles. Habrá que madrugar. Después tenemos futbol, del bueno, Barça vs. Atlético de Madrid y además, afortunadamente estamos a tope de trabajo. Disfrutemos, bonito día.

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