El precio de gobernar con mentiras

Max Cortázar

Max Cortázar

Editorial

México llega al Mundial en una de las peores condiciones institucionales de su historia. No es una exageración ni un argumento de campaña; es la realidad que millones de mexicanos viven todos los días, por más que desde las conferencias mañaneras se intente presentar un país distinto al que vemos en las calles.

La Ciudad de México gastó millones de pesos en intervenciones urbanas con motivo del Mundial. Sin embargo, lo que quedó a la vista fueron obras inauguradas sin terminar, infraestructura deficiente, pintura que no resistió ni la primera lluvia y un aeropuerto apenas maquillado para la ocasión. Todo ello rodeado de opacidad, falta de transparencia y serios cuestionamientos sobre el uso de los recursos públicos.

No hubo improvisación; hubo una decisión deliberada de simular en lugar de construir, de fotografiar en lugar de entregar resultados. En este gobierno, el dinero público no se transforma en obras duraderas, sino que circula entre los mismos de siempre y regresa en forma de contratos, proyectos inconclusos y trabajos deficientes que permiten seguir desviando recursos en beneficio de funcionarios de la llamada Cuarta Transformación, quienes hoy se sienten intocables porque la justicia dejó de ser independiente para convertirse en una extensión del poder.

Ese mismo patrón explica lo que ocurre con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), instalada a unos metros del Zócalo, bloqueando calles, afectando comercios y alterando la vida cotidiana de miles de personas. La mayoría de los mexicanos rechaza estas acciones; sin embargo, existe un punto en el que la CNTE tiene razón: López Obrador y Claudia Sheinbaum les prometieron revertir las reformas de pensiones de 1997 y 2007, y no cumplieron.

¿Por qué? Porque Morena, con tal de ganar el poder, prometió lo que sabía que difícilmente podría cumplir. Hoy no pueden responder a las exigencias de la CNTE, como tampoco han cumplido muchas de las promesas que hicieron a millones de mexicanos.

Ahora que el gobierno se encuentra entre la espada y la pared, resulta que la CNTE, organización que durante años contó con la simpatía política de López Obrador y que hoy mantiene cercanía con sectores afines al oficialismo, es señalada desde el poder como parte de la ultraderecha.

Sobre ese mismo fondo de simulación, mentiras e impunidad debe leerse la respuesta que dio ayer la Presidenta durante la mañanera respecto a la denuncia presentada por Acción Nacional ante la Corte Penal Internacional por posibles crímenes de lesa humanidad cometidos durante el gobierno de López Obrador. La respuesta oficial fue la de siempre: descalificar la acusación, negar la realidad, atacar a medios internacionales y concluir con una frase que no puede pasar inadvertida: “Mejor que recen unos cuantos”. No queda claro si se trató de una amenaza dirigida a quienes piensan distinto o de una referencia a los ciudadanos inconformes. Lo que sí queda claro es que los mexicanos llevan ocho años rezando.

Los campesinos rezan para recibir apoyos suficientes para producir. Los transportistas rezan para no ser víctimas de la delincuencia. Las madres buscadoras rezan para encontrar a sus hijos. Los pequeños comerciantes rezan para no ser extorsionados. Las familias rezan para que sus seres queridos regresen con bien a casa. Millones de mexicanos rezan por familiares desaparecidos o secuestrados. Los periodistas rezan para poder ejercer su profesión sin ser amenazados, perseguidos o asesinados.

Acusar a los medios internacionales de actuar al servicio de la ultraderecha para influir en la política mexicana es falso. Nadie necesita inventar una realidad que ya está documentada por los hechos. Ahí están los señalamientos sobre Rubén Rocha Moya, Américo Villarreal, Alfonso Durazo, Alfredo Ramírez Bedolla, los Monreal y muchos otros personajes cercanos al oficialismo. Ahí están las investigaciones periodísticas, las denuncias públicas y los cuestionamientos nacionales e internacionales. Y, sin embargo, en México no pasa nada.

Hoy, la soberanía nacional no está amenazada porque una potencia extranjera quiera invadir nuestro territorio. La verdadera amenaza es haber permitido que amplias regiones del país queden bajo la influencia del crimen organizado. Cuando se pierden las libertades, las oportunidades, la seguridad y la capacidad del Estado para proteger a sus ciudadanos, quien pierde soberanía no es la oposición ni los medios de comunicación: es el propio gobierno.

Sí, los mexicanos llevan ocho años rezando. Y cada vez son más los que rezan para que este infierno termine.