El sábado pasado, el PAN no sólo llenó una plaza con más de 30 mil personas, hizo algo más relevante: anunció que abrirá sus candidaturas a la ciudadanía. No es un matiz menor ni un ajuste cosmético. Es una definición política. Cualquier mexicano que quiera competir podrá hacerlo mediante una plataforma digital que busca transparentar y democratizar el proceso interno.
En un sistema acostumbrado a decisiones tomadas en lo oscuro, entre cúpulas y cuotas, esto marca una diferencia clara.
Durante años, los partidos han administrado las candidaturas como patrimonio propio, repartiéndolas con lógica de control, no de competencia. Romper con esa práctica —si se cumple— implica devolverle al ciudadano un papel que le fue arrebatado: el de protagonista.
Por eso resulta, cuando menos, irónico que desde Morena se celebre que el PAN “copie” sus métodos. La realidad es otra. Si algo ha distinguido a ese partido no es la apertura, sino la discrecionalidad. Sus procesos internos han estado marcados por reglas poco claras, decisiones que cambian sobre la marcha y resultados que no siempre se respetan.
El caso de la Ciudad de México es ilustrativo. Omar García Harfuch ganó una encuesta para encabezar la candidatura. Sin embargo, ese resultado no se sostuvo. La decisión final respondió a otros factores, evidenciando que, cuando el poder interviene, la competencia interna deja de ser un ejercicio real. No es la excepción: es el síntoma de un modelo.
En Morena, lo que se presenta como participación, suele terminar en simulación. Se consulta, pero no necesariamente se decide en función de ello. Se abren procesos, pero con desenlaces previsibles. Se habla de democracia interna, pero se ejerce control político.
En el proceso interno de Morena rumbo a la sucesión presidencial las tensiones no sólo fueron evidentes, sino públicas y documentadas por los propios protagonistas. Marcelo Ebrard denunció irregularidades, uso indebido de recursos y “dados cargados” en favor de Claudia Sheinbaum, señalando una contienda lejos de ser equitativa.
A esto se suman múltiples episodios que han marcado la narrativa del oficialismo en los últimos años: desde los señalamientos en torno a Rubén Rocha Moya y Américo Villarreal con la documentación de financiamiento ilícito en sus campañas políticas por parte del crimen organizado, hasta los persistentes focos rojos en entidades como Zacatecas, donde la violencia y la percepción de vínculos incómodos con el crimen organizado han encendido alertas.
De ahí que la frase del PAN —“no hay corcholatas”— tenga fondo. Es un deslinde de una forma de hacer política donde las candidaturas se definen desde arriba y se legitiman después. La apuesta, al menos en el planteamiento, es distinta: abrir la competencia y permitir que los perfiles se construyan de cara a la ciudadanía.
En un entorno polarizado, donde el oficialismo concentra poder y la oposición busca reencontrar rumbo, este movimiento intenta trazar una línea clara. No se trata sólo de ganar elecciones, sino de cómo se llega a ellas. Entre la simulación y la apertura, entre el control y la competencia, entre decidir por unos cuantos o abrirles paso a todos.
Por eso el mensaje no es sólo un eslogan. Es una definición: ahora te toca a ti.
