La confirmación del abatimiento de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, alias El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), constituye uno de los eventos más relevantes en la historia reciente de la seguridad en México. Este hecho deberá leerse como el inicio de una fase altamente volátil en la configuración del crimen organizado.
En el corto plazo, el impacto en la violencia armada es, por definición, incierto. La experiencia comparada en México —desde la caída de Arturo Beltrán Leyva hasta la captura de Joaquín El Chapo Guzmán— demuestra que el descabezamiento de organizaciones criminales no implica su desaparición automática. En el caso del CJNG, una estructura caracterizada por su expansión territorial agresiva, su diversificación de economías ilícitas (narcotráfico, extorsión, huachicol, control de puertos) y su capacidad paramilitar, es previsible una disputa interna por “la sucesión”.
Este escenario abre al menos tres vectores de riesgo: primero, enfrentamientos intragrupales entre mandos regionales que buscarán consolidar liderazgos; segundo, ofensivas de organizaciones rivales —particularmente en regiones estratégicas como Michoacán, Guanajuato o el Pacífico— que intentarán capturar mercados y rutas y, tercero, una eventual atomización que incremente la violencia local, como ha ocurrido con la proliferación de células más pequeñas, pero más impredecibles.
La segunda dimensión de análisis es más estructural: ¿cómo fue posible que un liderazgo como el del Mencho alcanzara tal magnitud? Su crecimiento implica, necesariamente, la existencia de redes de protección, tolerancia o colusión en distintos niveles del aparato estatal y del sistema político. Esto incluye desde la captura de policías municipales y estatales hasta la infiltración de instituciones clave en puertos, aduanas, fuerzas del orden y sistemas financieros.
El CJNG es un entramado complejo de gobernanza criminal que logró articular economías ilícitas con estructuras legales, insertándose en territorios donde el Estado ha sido históricamente débil o selectivamente ausente. En ese sentido, el abatimiento de su líder no elimina las condiciones estructurales que hicieron posible su ascenso: desigualdad territorial, corrupción sistémica, mercados ilícitos globalizados y una demanda internacional sostenida de drogas sintéticas.
La tercera línea de reflexión apunta hacia la recomposición del crimen organizado a escala nacional y transnacional. La desaparición de una figura hegemónica como el Mencho abre un proceso de realineamiento. En términos de teoría de mercados ilícitos, puede darse una reconfiguración de oferta, control territorial y cadenas logísticas. Los actores criminales buscarán reaccionar estratégicamente: algunos buscarán absorber fragmentos del CJNG; otros establecerán alianzas tácticas; y algunos más intensificarán la violencia para reposicionarse. En todo caso, la pregunta clave es si este evento debilita estructuralmente al CJNG o si, por el contrario, facilita su mutación en una red más difusa, menos visible y potencialmente más resiliente.
Desde la perspectiva gubernamental, el abatimiento del Mencho representa un éxito operativo indiscutible. Se trata de un golpe de alto valor simbólico y estratégico que envía un mensaje claro sobre la capacidad del Estado para actuar contra los liderazgos criminales. Sin embargo, la sostenibilidad de este éxito dependerá de la capacidad institucional para gestionar las consecuencias inmediatas: contención de la violencia, desarticulación de redes financieras, recuperación de territorios, fortalecimiento de policías locales y reconstrucción del tejido social en las zonas afectadas.
La historia reciente muestra que sin una estrategia integral. los vacíos de poder criminal son rápidamente ocupados. En ese sentido, la pregunta es si el Estado mexicano está en condiciones de evitar que emerja una nueva configuración criminal igual o más violenta.
En suma, el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes marca un punto de inflexión. Sus efectos no serán lineales ni inmediatos. Nos encontramos ante un momento de alta incertidumbre, donde convergen riesgos de escalamiento violento y oportunidades para una reconfiguración institucional más eficaz. Lo que es indudable es que este evento no sólo redefine el mapa del crimen organizado en México, sino que muy probablemente marcará el rumbo del sexenio en materia de seguridad, pero también en ámbitos estratégicos como en la relación bilateral con EU, la economía en general y la posibilidad, o no, de pacificar al país.
