Pensar como pensamos
En medio de la coyuntura permanente, son pocos los políticos profesionales que han tenido la capacidad, pero sobre todo la disciplina, de pensar en torno a cómo pensamos...
La crisis en que se encuentra el país, desde la década del 80, no sólo es de carácter político y económico. Hay una dimensión poco abordada, sobre todo en los círculos políticos, y ésta es la gran crisis de las ideas.
En medio de la coyuntura permanente, son pocos los políticos profesionales que han tenido la capacidad, pero sobre todo la disciplina, de pensar en torno a cómo pensamos y, desde ahí, cómo es que actuamos y tomamos decisiones de alcance nacional.
La crisis de las ideas, debe entenderse, no es sólo una crisis de categorías y conceptos; y no entenderlo es, precisamente, lo que ha llevado a una permanente simulación en todo el sector público. En las últimas décadas, por ejemplo, los políticos se han apropiado del lenguaje de moda, pero difícilmente han modificado sus estructuras de pensamiento.
La cuestión es fundamental porque, en múltiples sectores, no se ha logrado comprender la relevancia que existe en vincular el necesario compromiso ético, que se requiere para construir sociedades democráticas, con las categorías desde las cuales se piensa tal sociedad, desde donde es posible construir una nueva lógica de gobierno.
Y aquí lógica tiene un sentido estricto; es decir: se trata de edificar de manera permanente un logos que nos lleve a pensar desde la “otra orilla”; que parta del reconocimiento esencial de quiénes somos desde una posición de responsabilidad inagotable respecto de los demás, es decir, con el cumplimiento de sus derechos humanos.
Nos urge recuperar la batalla de las ideas, como una agonística desde la cual se pone por delante la defensa ética de una humanidad posible, más allá de la depredación, la envidia y la infamia representada en los rostros del despojo, la desigualdad y la pobreza.
La política, como práctica generalizada, no puede seguir estando al servicio de los peores intereses, y mucho menos permitir que utilice una fachada de solidaridad frívola, expresada en categorías que poco permiten asir los temas fundamentales que deben importarnos: la posibilidad de vivir dignamente, en paz y con la proyección permanente de un futuro de felicidad alcanzable.
Se trata entonces no sólo de reincorporar al debate público categorías de ese calado: Felicidad, Solidaridad, Fraternidad, Esperanza, Paz; todas ellas con mayúscula, asumiendo la incorrección gramatical, pero también exigiendo la necesaria reconstitución de sus significados en aras de pensarnos, otra vez, como un todo indivisible en el que la dignidad de las personas no puede sujetarse a criterios mercado o en el marco utilitario de la política.
Pensar como pensamos nos debe obligar a replantearnos cómo es que llegamos a reducir a la noción de la humanidad a la de una mera agrupación de individuos, condenados a disputarse las migajas que el diseño concentrador de los mercados globales y locales, deja como única opción de bienestar y en la mayoría de los casos, de posibilidad mínima de supervivencia.
Obligarnos a pensar cómo es que nos estamos pensando, es la única ruta posible para provocar un quiebre de la desigualdad y la pobreza; porque un ejercicio de tal magnitud conduciría, necesariamente, a la idea de la solidaridad, la responsabilidad y a la búsqueda de comunidades dialogantes, cuyo resultado posible y deseable no sería otro sino la defensa de la dignidad humana por sobre todas las cosas.
Investigador del PUED_UNAM
Twitter: @ml_fuentes
