Cuando éramos jóvenes y nos casábamos

Hace mucho tiempo que no tengo los movimientos lógicos para trasladarme con la corrección debida infantil. 
 

Me refiero a poder trepar cualquier reja o árbol, saltar un charco o un riachuelo, ascender como chango los troncos de los amados árboles de la casa, que la jacaranda, que los aguacates, que el rasposo nuecero con la piel arrugada de la abuela. Intento al despertar pararme con las piernas aladas y me asombro aún de la imposibilidad. ¿Cómo es posible tener la misericordia de olvidar con el sueño lo más odiado?, porque para mí la lentitud es algo superior que me es incomprensible: Encontrar un papel estando de pie, volver la cara rápidamente con algo que me distrae, etcétera, si no me caigo, porque pierdo el ritmo debido del incompetente, sí me mareo y es cuando descubro, una vez más, mi desdicha. Hoy, por ejemplo, quise leer un texto de Vilma Fuentes, Cuando Sergio Pitol pidió mi mano, pero lo que me cuenta en su colaboración periodística siempre me toca el corazón o me susurra un secreto en la parte posterior de la oreja izquierda que, dicen, es por donde se entera uno de los secretos.

Conozco a Sergio como a un viejo hermano que hubiera perdido en la Guerra del Peloponeso, pero su cara llena de vitalidad, enmarcando los ojos más pícaros del mundo, más inteligentes, no tienen par, poseen el don de no envejecer, son la envidia de las mujeres. Bueno, a Sergio se le envidia mucho su poder de fascinación, su intrínseca bondad y su toque cruel para volver inolvidable un relato. Sabe ser deslumbrador como un mago, a veces es temible o peligrosamente atractivo, pero la carcajada deshace el escalofrió (así decíamos de chicos) y se vuelve a la broma, al gran reír, al entrar con ella a un palacio imperial inexistente (me acordé en este momento en una fotografía que quise tener de mí y mi solitario viaje a uno de los palacios de los Románov, también en un campo de ensueño y en el que los apresaron antes de matarlos sentados frente al pelotón, como si fueran a tomarles una fotografía… tal vez era el recinto cubierto de ámbar… total, me paré frente al espejo y disparé mi cámara. Al revelar la maravilla de la valiente reportera, no salió nada. A veces pienso que es la historia de mi vida, llena de episodios que no pasaron, quizá por eso mi tendencia a amar tanto a quienes viven otra realidad, Sergio y Vilma). Claro que tengo atractivo, y últimamente me he agenciado a personajes de otro mundo, quizá porque envejecen a mis referencias, tan reales como las que describí al principio.

Segura un momento y vuelta a la vida, entre paréntesis me ha pasado mucho con los candidatos políticos, ya que estamos en esas… yo extraño mucho las campañas; creo que nunca compararía la comodidad de las plurinominales con la densidad y el dinamismo que tiene la campaña, recorriendo Pueblos Mágicos y contemplando de frente los bellos rostros de nuestro pueblo, esas miradas de las mujeres, calientitas y oscuras que te están poniendo un taco con sal en la mano, o el ver los sí o no de las caras de los campesinos, aceptando o negando lo  que uno dice, y bajar la vista y descubrir que hay chivas y perros con las caritas peludas levantadas, esperando no el concepto, por fortuna, sino que les des un pedacito de lo que comes... para mí simplemente con pronunciar los nombres de los lugares donde vas a hablar, distinguir el kiosco, el cual de niña arropaba a la banda de música dirigida por el abuelo de Pedro Puchaban, mi dulce y enfiestado amigo de la infancia, ya era adentro el derrame de los pomos que mi madre llenaba de miel o de dulces en conserva, muy tapados con un pedacito de tela de colores… se me llenaba el corazón de la palabra saudade, mi niñez, mi padre en sus campañas políticas empezando a hablar en el podio, olvidándose de que me llevaba en brazos (o como en el mar cuando me cargaba y yo aullaba de miedo y él cantaba ópera a ver si me callaba)... pero yo estaba contando la aventura de la petición de mano de Sergio Pitol a Vilma Fuentes por diferentes motivos carnavalescos y adorables, que de realizarse no pasarían la raya divina de todas las bromas de Pitol (me encantaría encontrar la fotografía de Sergio montado en un caballo de cartón, con su sombrero de charro, entre chaneca y yo, afuera de la Basílica de Guadalupe hace cien años… o la otra, donde estamos con otros personajes al fin olvidados, sentadotes los dos en traje de baño alquilado en las playas de Veracruz o Sergio en el jardín enfrente del hotel donde se alojaba en Varsovia , Polonia, sin poder aguantar la risa y disimular las copitas finísimas de cristal que traíamos en los puños. Pero yo no me puedo detener de pie frente a un archivero buscando nada, es como si una parte esencial de mi película propia se hubiera borrado. Pero no crean, no es de compasión ni nada, es de circunstancia solamente. Abrigo la confianza de la medicina alópata desde mi abuelo, ciego, deteniendo los caballos de su carruaje para que lo llevaran todas las mañanas a dar consulta sus pacientes celayenses… o mi hermano, el Códice Mendocino, a las 4 de la mañana aliviándonos a todos con asomarse a la puerta de la recámara… en fin, me voy a aliviar… digo, es un decir.

Llega una a cierta edad en que todo es un decir, menos el pasado, por eso vivo en los sueños, vestida con trajecitos ligeros, subiendo al cerro, a la montaña, al gran árbol del jardín, a la azotea para jugar con mi perro gran danés, Dick, y en frente la acristalada color de rosa ciudad de Guanajuato, tan hermosa como San Petersburgo, pero sin el río ni mi idolatrado Andreu, el príncipe Volkonsky  y su difícil ortografía.

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