Xirau, sólo tú
Quiero escribir de lo hermoso y pienso en la suave lejanía de Ramón Xirau (Ramón con Ramón se paga). Siempre me gustó ir a su casa, porque nunca he visto una tan preciosa, con los cuadros vetustos de sus antiguos, las haciendas que mucho recordaría en su infinita buena educación y su suave silencio ya hecho aquí de aquí, con su mujer Icaza, tan distinguida y cercana, con el corazón roto desde que se le fue volando Joaquín, su hijo el poeta, tan ido y dolorosamente lejano… cada fin de año le llorábamos. Porque no fue justo, tan distinguido, íntimo, lleno de planes, y que de pronto ya no estuviera.
Nunca le he de perdonar a la vida la pérdida de un muchacho joven. Si uno ya carcacha, ya dolorosamente despaciosa, ya empezando a olvidar las palabras, no entiendo por qué; si nos pelamos, te aseguro que nos van a extrañar montones, como a Joaquín, de quien uno quisiera saber más sobre qué pensaba dos días antes haber decidido tomar la bifurcación de los jardines de Borges.
¿Cómo pudo olvidar el jardín privado que sus padres llenaban de plantas para dar una comida regia a cuatro escuálidos peleando a la hora de la hora por mirar la cara del de enfrente, sin poder por el búcaro atestado y el extranjero dándome la espalda diciéndome qué?
Veo sus libreros, sus cojines, la luz de los rincones, como si se escondiera, no fuera a ser que alguien imaginara vistas aéreas en quintas de caza, también privadas como las que vi en España, en un viaje felicísimo porque iba con un aborigen catalán en busca de su nacencia arrancada bruscamente por las bombas franquistas, las últimas por fortuna que deslumbrarían sus verdes ojos que yo amaba. Ramón Xirau, la dulzura, Ana Xirau, bailábamos para no rugir de pena.
Dijo Vilma Fuentes, mi hermana, que “todo es ejercicio de belleza”, según, por, para, de Xirau y lo que tocaba. Cuando pasó a esa otra estratósfera que nos está esperando, yo ensayaba un pequeño minueto de lo que sería mi muerte, por eso no pude ir, y una dos tres por mí… Y como sigo al borde de eso, no puedo tampoco jalarles las ubres a las vacas de mi intimidad para recitar lo que yo creo que se acerca a Ramón. Su majestad Santa Teresa de Ávila. Y es que una tarde ya muy tardeada, tuve la sensación de un poema de Santa Teresa igualándose con Xirau, pero claro, sin recordarlo plenamente ni comentarlo con él, porque con él había que estar en gracia para entender en el arcoíris lo que nos decía en castellano, creyéndolo cuando la mitad estaba en catalán, y como yo nunca hice el amor en catalán, todos mis ojos abiertos en la poesía la mitad con Xirau se me escapaba, en cambio, con Joaquín, su hijo, el catalán fluía como si Santa Teresa se echara para atrás la capa y nos la recordara oyendo a Sor Juana Inés de la Cruz
En fin, últimamente he estado muy arrebujada con la muerte, se me han escapado los puños, empezando por mi amigo querido, René Avilés Fabila, y así se siguieron… hasta mi terapeuta, llamándose María Angélica, quien me pasó sus manos un millón de veces, ni adiós dijo y me quedé haciendo pases mágicos con la pura boca sagrada de la primera comunión. No somos nada, te digo. Xirau, tú sólo fuiste un montón… tantos mares, tantas montañas, tantas lágrimas, tanto tú solo. Ahí nos vidrios, muy pronto.
