Usar “la edad” como insulto
Estaba muy quitada de la pena preparándome para escribir mi artículo semanal después de persignarme, porque los horrores sufridos por mí con la computadora son indignos siquiera de una mala novela de la que nadie hable ni premie ni nada, cuando sonó el teléfono con la voz parisina de Vilma Fuentes y me fui corriendo a su casa frente a Nuestra Señora de París y con la figura hermosa que fue de Jacques Villefroid, su marido, a quien tanto quiero y admiro.
Empecé a darle vuelta al cesto de los recuerdos, su novela a punto de leer por nosotros los pobres y que me anuncia un año más cada vez que pregunto por ella, porque la va a corregir y me muero de la envidia y de la exasperación con el sortilegio de su estilo y su intimidad de lo que cuenta, por ejemplo, el autobús de la infancia donde iba al colegio francés cuando era niña y era cómplice y compañera de María Teresa Franco, la inteligente miembro del gobierno nuestro y directora del INBA después de mi amadísimo Rafael Tovar y de Teresa, a quien debo llamar diario y no lo hago porque, claro está, se me va la poca vida que me queda yendo a los doctores y pagándoles lo también miserable que gano con mi trabajo (paréntesis: mis dialogantes actuales son los choferes de autos libres, gente de baja mona y terribles en el odio a las mujeres tope donde ajuste… siempre pienso que ha de ser porque, en nuestra institucionalidad de mujeres, usamos su trabajo, sus autos y su tiempo, lo cual para ellos es un insulto a su machismo proverbial… siempre me preguntan si tengo marido, hijos que me mantengan –así— y si todavía trabajo, como si fuera evidente una ancianidad en mi persona que no detecto aún, a pesar de mi bastón al estilo, ya lo he dicho, de Fito Best. Ni modo, siempre he creído que no me quiero, no me gusto, pero no tanto como para no haberme dado cuenta de los estragos “de la edad”. Escribí una hermosa novela, alguien tiene que decirlo, ¡por Dios!, aparte de mi bienamada Marcela del Río quien, por cierto, escribió un gran ensayo sobre mi humilde persona en una revista femenina que se lo pidió y era una magnífica carta a José Gorostiza, el poeta de los poetas, y apareció sin la dedicatoria al enorme escritor, y así no se entiende nada). Lo que estoy escribiendo es la entrada a una majadería de una individua –debería haber esa palabreja— que estaba en un auto paradote en mi espacio vehicular en la delegación Miguel Hidalgo —Dios bendiga a su delegada, Xóchitl Gálvez, y a las dos supersabias de la delegación: Leticia Trelles y Lourdes Castelar, a quienes deberíamos llamar tesoros de la Nación—. Dicho lugar en el arroyo tiene tamaño dibujote de un ser humano en silla de ruedas y se supone que ampara a una persona disminuida físicamente, cosa que soy en realidad porque me rompí una pierna y una vida —la mía—. Para desgracia, de la cual hablo hoy, mi pierna ayer sinuosa y fuerte como columna del Partenón, trae una férula estrujante, la cual tampoco diseñé, entonces decía, la pelada “okupa” inamovible.
La sinvergüenza en su autote, al llegar yo de mi terapia diaria en un taxi acostumbrado, por supuesto no pudo detenerse, y allí ando yo con Gila, mi muchacha, parando el tránsito para descender con mi bastón mientras la malandrina pitaba desaforada el claxon para que la impedida —yo— me apurara a bajar del coche. Y esto es casi diario y a la hora que sea. Fonda.
Divagación: la casa de junto a la mía, siempre familiar, hoy es ¡claro! una fonda, y en su frente, y en el mío, incluyendo mi garaje, se detienen e instalan carruajes de los comensales… No importa que Xóchitl —¡Dios la bendiga, insisto!— avise con el dibujo de la celebérrima silla de ruedas que allí habita la disminuida en cuestión: ¡no importa, dice el conductor, la demonia de hoy, “yo de aquí soy y me detengo por mis enaguas”. Me dirijo renqueando a la susodicha que sube su vidrio de la portezuela y me zampa el clásico insulto: “¡No voy a discutir con una señora de edad!”.
¡Ah, pues sí! Yo no escogí nacer mujer ni mexicana ni la fecha de mi advenimiento ni mi bello apellido español ni todo lo demás que no me adorna… No escogí mi religión, mi camino político, mi pobre manera de ganarme la hogaza diaria… No escogí no tener una protección masculina poderosa, un marido generoso, saber que si no trabajo no como… Soy lo que soy y no voy a cambiar jamás… menos en la forma de caminar… tampoco como Chencha, pero sí haciendo lo posible por mejorar con la terapia del doctor Ibarra, eminentísima, aunque le pese a la fonda de al lado, a los comedores de su mercancía y a la tropa bien alineada de cucarachas y de ratones que tengo a bien exterminar con mis perros mancitos y mi gato gordote de nombre Juana Inés, porque es tan inteligente como ella. En fin, Lorenza, una amiga mía del ayer, puso un restaurante en una avenida importante y las dificultades fueron innúmeras por no contar con estacionamiento, ¿por qué en mi calle cualquiera enfrena, se instala, come y bebe, y se va cuando se le antoja, si su yantar ocurre en una fonda nada más? “Sólo que sea por eso”, como decía mi nanita Angela a la menor provocación. Voy al espejo y me sigue diciendo que no soy Sara García ni Prudencia Grifell, sólo una mujer “de edad”, como me plantó la bribona...
