Y pensar que pudimos… ¡ y pudimos !
Una de las cosas buenas, si las hay, es que los escribanos escribimos debajo de las cobijas cuan-do llega el miserable insomnio y después de tomar diez vasos de agua, leer un capítulo dejado debajo de la cama, tratar de atarantarme con la alharaca de la televisión...
Para eso ya va todo el texto para Lucero Isaac sin descubrir cómo voy a valorar sin desequilibrarlo el amor por su marido Alberto y su hijo Claudio. A saber. También terminé dos veces lo que leeré o memoraré junto a Marcela del Río en Bellas Artes a propósito de “Mujeres que escriben”, vocación ampliamente caminada por ambas, y no sé si seré capaz de expresar cuánto la quiero —yo que presumo de ya no querer a nadie más que a mis perros—. Lo que sucede es que tengo muchos problemas materiales y de enfermedades caras y sangronas y todos los míos ya no están para llorarles en el hombro… Creo que los sobrevivientes se descarapelan a sus veces con tantos conflictos y hasta enfermedades… No me digan si no me voy a berrear sentada en la banqueta como me gustaba de niña, nada más de saber que por poco se nos va Juan Antonio Araujo Urcelay de sus cuestiones irresolubles del corazón que le exige operaciones sin fin por el planeta, como a Carlos Fuentes con cuatro o cinco a corazón abierto o nuevos focos de esos retorcidos que no valen un demonio y nos dejan a oscuras para ganancia de quién sabe qué pescador… y como los teléfonos, a propósito, que está uno hablando con Pao, quien vive en Alemania, ¡y se corta la tarugada!… o con mi adorada Vilma Fuentes en París, o Riqui Parra sembrando nenúfares en su mar de Guerrero sin que le caiga encima ni un coco porque tiene cinco perros para cacharlos... Es mi amigo Slim de quien siempre presumo que es pariente mío cuando se quedan de a seis mis cobradores y ¡zas! azoto con los miles de pesos ¡diarios! (mi cardiólogo, mi ginecólogo, mi oculista, mi dentista, mi traumatólogo, mi dermatóloga, mi gastroenterólogo, mi neurólogo y por fin mi veterinario de cabecera que cura mi locura y a mis hijos perros, mis niños disfrazados de…) Y entre los que cobran (sin ones finales) está mi maestro de computación, quien ya ha de ser millonario de tanta asistencia si sus otros alumnos son tan tarados como la de la letra.
Y en fin, he estado muy enferma de lo que es como borrachera del ¡Yuhaihai! Pero sin el deleite del pecado alcohólico: bajada y subida de la presión y un desquiciamiento de los oídos que con trabajos me levanto a dónde va el rey solo y deteniéndome de las paredes como Gregory Peck en un submarino y mi nana, Ángela, subiendo la escalera de caracol de mi otra divina casa que me hizo, por cierto, el gran arquitecto Manolo Larrosa, mi compañero con Blanca Haro y Eduardo Deschamps, de una vida marítima hace mil años en Acapulco donde casi nadaban las ballenas Moby Dick y encallaban barcos piratas que venían de La China a vender quebradizas y mágicas vajillas que compraban mis bisabuelas, o mantones de Manila para que los pintara Diego Rivera si se le hubieran ocurrido unas “damas en el balcón”.
Vuelve en ti, Mendoza, siempre andas por los caminos de Ubeda o de Salamanca, donde las calles son rojas de noche, y si eres valiente y no empiezas a cantar a propósito “caminos de Guanajuato” y te acuerdas de Fernando Corona, el abogado que mejor bailaba en mi tierra y que se murió jovencísimo, dejándonos viudas a todas sus parejas de “soirés” pueblerinas, y vuelves a torcer el rabo de la burra y te acuerdas de felicitarte de la recuperación de la salud de Enrique Mendoza Morales, quien salvó la vida con todo y chaleco (tal diría su gran amiga Luisa María Leal).
Es necesario, igualmente, no olvidar que hace ocho días más o menos cumplió diez años de recuperación, de haber vuelto a nacer (y digo ahora que tanto se usa el renacimiento en cine de González Iñárritu nuestro orgullo) mi periódico, mi casa de trabajo Excélsior, mía desde siempre; no pude pensar en ser periodista si no fuera en Excélsior, y lo logré. Yo venía de mis principios retenida por la idea de la honradez a juego con la que me enseñaron en mi casa paterna, todas las máquinas descuacharrangadas y sonoras que me fueron ofrecidas por mis jefes de redacción y mis impactantes y célebres ya desde entonces directores, en ellas empecé a dejar la vida acogida luego por Excélsior en un pasado remoto. Ahora aquí sigo, leal como sé serlo, apoyada por mi director Pascal Beltrán del Río. ¡Muy bien, director! ¡Bravo! Sigamos adelante, ahora que tanto necesita nuestro México un periódico de este tamaño, y gracias.
