Mi jacaranda y mi pobre casa...

Leo cuidadosamente los imprescindibles artículos de Ricardo Pascoe Pierce en mi periódico, trato de no distraerme porque el tema me interesa vitalmente, es decir que es el que me impide dormir y me ha tatuado un terror nocturno por supuesto asesino del sueño. Pascoe fue ...

Leo cuidadosamente los imprescindibles artículos de Ricardo Pascoe Pierce en mi periódico, trato de no distraerme porque el tema me interesa vitalmente, es decir que es el que me impide dormir y me ha tatuado un terror nocturno por supuesto asesino del sueño. Pascoe fue mi compañero en la LIII Legislatura al Congreso de la Unión, y tuvo un alto cargo en la Delegación Miguel Hidalgo cuando fui directora del Bosque de Chapultepec, por ende nuestra amistad creció si necesario fuera. El sí sabe de leyes, de hacerlas y de leerlas a diferencia mía que hasta el idioma político y legal se me escapa, por eso no puedo ganarme el pan escribiendo discursos, se nota a leguas mi tendencia a la novela y de allí mi temor infantil a que “me corran” de donde escribo porque no trato los grandes problemas de la nación entercada en darlos a entender exhibiendo las pequeñas tragedias de la provincia, las familias, la mexicanidad, la honrada medianía en la que he vivido desde la nacencia en el Bajío. Ricardo Pascoe me aclara los peligros para mí dantescos porque mi única propiedad en mi larga vida es una casa vieja reconstruida en la San Miguel Chapultepec y enlujada —es un decir— con un humilde jardín cuyo tesoro mayor es una jacaranda coqueta que se inclina a través de más de noventa años en el terreno adjunto, recién vendido, y la cual, azul reino de Dios en abril, está en inminente peligro de ser tirada junto a sus compañeros verdes, oledores, meneadores, hermosos, cienañeros, para que sobre ellos crezca un inmundo edificio de más de, digamos, siete pisos de departamentos tipo casita de perros, bajo la clásula o norma 26, prostituida por los explotadores de las últimas colonias residenciales para que los comerciantes que Jesús corrió del templo se enriquezcan más y nos roben (de robar) sol, aire, luz, silencio, calma, sitio de autos de visitantes (en mi caso médicos) y el himno eterno de la charrita del cuadrante mordiendo mi tiempo de escribir y mis horas de dormir, amén de hacerme testigo de golpizas, injurias, maltratos a esposa, hijos y animales… y yo callada… Estos accidentes diarios, inclementes e inmerecidos son los que deja ir Pascoe y a mí me envejecen más, porque mi casa es el resultado de millones de desveladas, humillaciones, desmañanadas, la vida pues de trabajo para comer, como lo leen… Es mi refugio antes de morirme, mi descanso y, quizá, mi última novela que no haré si un vecino cocina bagres, carnitas, los olores de comilonas inundando mi jardincito ayer con una jacaranda sonriente y mañana devastado por la avaricia, ambición, injuria de compradores de tierra sagrada y vendedores a millones de denares… No tengo quien me defienda, ni yo ni nadie de los habitantes de la Delegación Miguel Hidalgo, de la Colonia San Miguel Chapultepec donde está (¿estuvo?) mi pobre casa…

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamendoza@yahoo.es

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