Ayer con Rafael

Salgo corriendo a la presentación del libro de Rogelio Cuéllar El Rostro de las Letras, pero en el camino me entero que ha muerto Rafael Corrales Ayala. Es lo de siempre: ese temblor de la luz en las crujías de los presos gringos cuando ejecutan con electricidad a un ...

Salgo corriendo a la presentación del libro de Rogelio Cuéllar El Rostro de las Letras, pero en el camino me entero que ha muerto Rafael Corrales Ayala. Es lo de siempre: ese temblor de la luz en las crujías de los presos gringos cuando ejecutan con electricidad a un reo. Da mucho dolor y helado miedo. Toda mi generación está a la espera. Tengo 15 años y Rafaelito —como le decíamos todos— llegó con su padre y pronunció el clásico mensaje a la amiga desde niños… habíamos estudiado inglés en un salón del Colegio Juárez en Guanajuato. Él aprendió, yo a medias. Luego oí un discurso en la Presa de la Olla en sus comienzos políticos, joven-joven hablando de Proust para mi sorpresa. Fueron los tiempos de la fama de Rafael con los muchachos de antes interesados en el desenvolvimiento del Estado. Todos iban a sus presentaciones porque era el campeón de la palabra, su paso por la tribuna de Puebla fue histórica, decían. Rafael estaba preparando su camino a la Presidencia, decían, y es que en aquel tiempo no había oradores como él. Nunca me imaginé ir a ser su diputada en su gubernatura, la única mujer… estaba en su gabinete Luis Mario Aguilar y Maya, otro compañerísimo de ambos, memorable mi recuerdo del bailado cumpleaños y Luis Mario tan cercano, tan ya muerto (como hoy Rafael) mi querido amigo también. Viví hondamente su campaña, para la gubernatura de nuestro estado, pero siempre noté en Rafael una gran tristeza, como que estaba viviendo un tiempo tardado. Muy cercanos me fueron sus hermanos Chava y Conchita, su casa donde hacíamos los grandes bailes de fin de año, y de Chava y yo la pasión por el cine. Muy guapos todos como dicen que fue su mamá, y cuando éramos chicos muy alegres también todos; leíamos a López Velarde con devoción —sus devotos— y Rafael se enamoró de la gran actriz Isabela Corona, quien casi lloraba ante mí al rememorarlo. Él reía mucho conmigo, de mis palabras, de mi sentido del humor, pero siempre hubo una barrera entrambos, un reino sin visitar, yo siento que mi impetuosidad y su mesura nunca hicieron juego.

El maravilloso libro de Rogelio allí está, esperándome para la semana que entra, mientras los duelos, las despedidas, las últimas batallas de mi vida de la mano de Dios.

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamendoza@yahoo.es

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