Todos somos pedófonos
Después de este bonito y tradicional Maratón Guadalupe-Reyes pude comprobar que no cabe duda que los niños, los leggings y los borrachos siempre dicen la verdad. Y en el caso de los borrachos, esto no puede ser más cierto, porque que levante la mano aquel que, después de echarse varios drinks y pasar del estado alegre al estado de «dolor y contra ell@s» no ha caído alguna vez en la pedofonía.
O lo que es lo mismo, en la tentación de textear, llamar, mensajear, whatsappear o lo que sea al ex, al crush o al date para decirle cuánto lo amamos, o cuánto lo extrañamos o cómo queremos que vuelva; o peor aún, para decirle francamente que no lo queremos volver a ver, que es una mierda, un hijo de puta, etcétera, etcétera, etcétera.
Este bonito mal o terrible costumbre o etílica obsesión, oximoronesca al fin, nos ha aquejado a todos —sobre todo a las mujeres que somos más dadas a andar con el celular, a stalkear o a estar pendientotas de los mensajes que llegan y, peor aún, de los que no llegan— y nos ha aquejado justo en los momentos más inesperados. Una amiga, Matiana, cuenta que un año nuevo que pasó sola, le dio por tomar champaña hasta que se quedó dormida y al día siguiente se dio cuenta que tenía 20 llamadas a su ex, de las cuales las tres primeras habían sido contestadas, mientras que las otras 17 eran perdidas.
No quiero decirles el remordimientocrudacrudamoral que le entró en ese momento; porque no se acordaba ni qué le había dicho ni qué había pasado. La sensación fue tal que simplemente lo bloqueó de todo.
Tengo otra amiga muy cercana, Cecilia, que es una pedófona profesional y lo sabe, al punto de que en muchos momentos nos pide a sus amigas antes de beber que le escondamos el teléfono para no caer en la tentación, pero muchas veces la he visto exigirnos que se lo devolvamos a gritos, en un intento frenético por pedofonear. Al día siguiente, obvio se siente fatal por lo que hizo, pero sabemos que en cualquier momento lo volverá a hacer…
Pues bien, la palabra pedofonía es realmente un neologismo muy reciente del habla mexicana, derivado de la unión de pedo, palabra que en México designa tanto al borracho como a la borrachera misma, y del griego phōnéō “yo hablo”; y se puede definir como «la manía de usar el celular o el teléfono cuando estás borracho»; porque aunque la palabra es nueva, el mal es tan antiguo como los teléfonos fijos y los «mudos» que nos echábamos en los años 80, cuando contestaba la mamá y entonces colgabas.
Los estudios apuntan a que este mal se da porque el cerebro borracho se desinhibe y justamente se quita las trabas del cerebro sobrio, lo que impele a hacer babosadas como manejar, gritar, cantar desentonadamente o justo pedofonear.
Y este mal no sólo aqueja a los mexicanos o a los que hablamos español, sino que es universal, ya que en inglés, por ejemplo, existe un término parecido: drexting proveniente de drunk + texting.
El sicólogo Bruce Bartholow, de la Universidad de Missouri, autor de Alcohol Effects on Performance Monitoring and Adjustment: nos dice que alcohol no te hace «hacer estupideces», sino solamente que «te importe menos».
Bartholow, concluyó, después de varios estudios, que el alcohol impide que la señal de «alarma» de que estás haciendo algo indebido llegue al cerebro, lo que hace que luego nos sintamos mal, cuando el efecto pasa. Si a esto le sumamos la cruda —no hay crudo que no sea humilde y mansito, dice el tío Fernando Peniche—, pues el efecto es aún peor.
Por otro lado, Sean Horan, autor del libro Why Do People Drunk Dial?, encuentra cinco razones por las que la gente pedofonea:
1. Sentirse más cercano al otro o menos solo.
2. Confesar un sentimiento que no podemos contener.
3. Socializar, ya que el alcohol es un lubricante social.
4. Mostrarnos más seguros o más empoderados.
5. Decir la verdad.
Ya sea por una cosa o por otra, lo hacemos; pedofoneamos, y por ahí dicen que las mejores decisiones se toman después de un «inguesú» o un «qué chingaos», si no qué aburrida sería la vida.
