Hablando de que hablamos...

La lengua es el único instrumento que tenemos los seres humanos para conocer y para comunicarnos. El niño aprende a conocer el mundo que lo rodea a través de la lengua: sabe que el agua es agua y la leche, leche, que mamá es mamá y papá —si está por ahí— es papá y así se sigue. La lengua es la manera de enfrentarnos al mundo y lo que nos diferencia a nosotros los homo sapiens sapiens del resto de los animales

Los límites de mi lenguaje significan

                los límites de mi mundo.

                Ludwig Wittgenstein

Sin la lengua, el hombre no puede conocer —ya que es el puente que nos une con la realidad circundante y nos permite entenderla— y es por ello que aún los estudiosos no se ponen de acuerdo en qué fue primero el homo sapiens o el homo hablis —¿el hombre al poder estructurar el pensamiento pudo hablar o al hablar pudo estructurar el pensamiento? En este sentido, el ser humano ha evolucionado gracias a que ha logrado adaptarse al medio y la clave de esa adaptación es el haber desarrollado el lenguaje. Sólo a través de éste el hombre pudo colocarse en la cima del resto de la fauna, al poder heredar sus conocimientos, creando cultura y tradición.

No se conoce ninguna civilización por “primitiva” que sea —aun y cuando tenga prácticas propias del neolítico, viva de la caza, la pesca y la recolección, sea nómada y no haya descubierto la agricultura, como algunas tribus del amazonas, por ejemplo los yanomamis— que no tenga una lengua tan compleja, interesante y con una gramática tan sólida como la de lenguas occidentales como el alemán, el español o el latín.

Por otro lado, no se conoce tampoco que ninguna otra especie, ni siquiera los bonobos, los chimpancés y los vituperados delfines, que pueda hablar por mucho que se le enseñe o que se trate de descifrar sus sonidos. Los loros, por ejemplo, repiten sonidos de forma mecánica, pero no tienen una gramática cerebral, como la que presume Noam Chomsky (1928), el famoso lingüista, filósofo y politólogo estadunidense, tenemos los seres humanos. Porque no se conoce ningún ser humano que no hable, que no posea una capacidad de estructurar un código lingüístico —incluso los sordomudos pueden leer y escribir y si poseen aparatos, incluso hablar— sólo algunos rarísimos casos de trastornos cerebrales de tipo afásico que constituyen la excepción que confirma la regla.

Asimismo, la lengua es el único lenguaje natural, existen otros tipos de lenguajes: el de las matemáticas, el de la música, los lenguajes gráficos, el lenguaje digital, pero solamente la lengua es un lenguaje innato y natural a todos los seres sapiens. Por todo esto, la lengua nos representa, es nuestra identidad y la forma de expresarla, lo que significa que pensamos en el idioma en que hemos sido educados, en el idioma que hemos aprendido de nuestros padres o ancestros.

El lenguaje es un código natural que poseen todos los seres humanos, de la misma manera y con las mismas características universales, características inherentes que la distinguen de otros lenguajes y que la hacen única, como el ser un sistema genéticamente perfecto, ya que cualquiera que sea hablante nativo de la misma, la usa de forma perfecta y nunca se equivoca. Por ejemplo, nadie dice “mañana fui”, “ayer iré”, o “tú vamos” o “ellos es” y esos famosos “errores del lenguaje” se deben a una problemática dialectal de la que ya hablaremos en otro artículo. En resumen, todos los seres humanos hablamos y hablamos bien. 

Las lenguas son distintas porque los seres humanos somos distintos. La lengua está determinada por el entorno, las costumbres, las tradiciones, la raza, los ritos de una comunidad.  Éstos la conforman, deforman y moldean. Pero al mismo tiempo nosotros vemos la realidad de acuerdo con la lengua que hablamos, es decir los hablantes de español pensamos y vivimos y sentimos en español y no podemos ver la realidad sino a través de las categorías o redes que nuestra lengua nos da. Esto lo dice Baldinger claramente: “la lengua divide el mundo y que nosotros recibimos con nuestra lengua materna esta imagen del mundo”.

Edward Sapir, antropólogo estadunidense (1884-1939) y su alumno Benjamin Lee Whorf (1897-1941) formularon una hipótesis sobre este tema; una teoría conocida también como relatividad lingüística que afirma que la lengua determina completamente la forma en que el ser humano conceptualiza, memoriza y clasifica la “realidad”, pero a su vez la realidad que lo circunda influye en la estructura y el léxico de una lengua; y como ejemplo se da siempre el de la lengua inuktitut —de los inuit, antes mal llamados esquimales—, de la que proviene la palabra kayak, y cuyo vocabulario, para lo que nosotros conocemos como nieve, es muy vasto y variado con palabras como qanik, copos de nieve en el aire, iglu, casa de nieve o aput, la nieve en el suelo, justamente porque su entorno ártico así lo requiere. Otro ejemplo sería la cantidad de conceptos y términos relacionados con el chile que tenemos en el español mexicano, la variante más hablada del español: “ser muy salsa”, “es mi chile”, “¡no te enchiles!”, “ya con el chile adentro”, “enchílame otra”, “peor es chile y agua lejos”, etcétera, etcétera, etcétera. Y como estos ejemplos cada lengua tiene cientos más.

Es, pues, la lengua un universo único, vasto y fascinante del que trataremos cada dos semanas en esta columna.

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