A intensear que es latín

Yo no sé si los intensos se pusieron de moda o sólo es que encontramos el adjetivo adecuado para calificarlos o clasificarlos o segmentarlos o llamarles por su nombre. Y es que aunque la palabra existe y ha existido desde hace casi mil años en la lengua española —viene del latín intensus— y nos sirve para calificar a algo —de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española— «que tiene intensidad», o a alguien que es «muy vehemente y vivo», nunca como antes se había usado tanto ni de tan diversas formas en el español, por lo menos en el español mexicano

La lengua cambia porque la gente y las costumbres cambian y lo interesante de este adjetivo —que hoy en México creativamente, ya se ha verbalizado a intensear— es que se aplicaba a una cosa o a una situación, pero nunca a una persona: «Hay una lluvia muy intensa», «Estábamos hablando de política y la situación se puso muy intensa», «¡Qué sol tan intenso!», etcétera. Incluso algunas veces se solía aplicar a emociones, sensaciones o sentimientos, como en: «Me dieron unas ganas muy intensas de llorar» o al resultado de ellos: «Tuvo una vida muy intensa», pero no se registraba el adjetivo intenso para calificar a una persona y mucho menos el verbo —que obviamente no se encuentra aún en ningún diccionario—.

María Moliner, en su Diccionario del uso del español, dice que intenso es sinónimo de fuerte: trabajo intenso, luz intensa, rojo intenso. Sin embargo, hoy por hoy, nosotros decimos que «una persona es intensa» o «puede ser intensa» no precisamente porque sea fuerte, sino porque «suele tener emociones fuertes o vivirlas o simplemente demostrarlas», y he ahí el detalle porque puedes «ser intenso» «ponerte intenso» «andar de intensa», y lo que se te ocurra. 

Y sí porque yo tengo una amiga que cuando le marca al marido y él no le contesta el celular —porque está con sus amigos, porque no puede, porque no quiere, no sé— entonces ella «se pone intensa» e intensea trescientas veces durante la noche, una y otra vez y pues él, obvio, menos contesta. Intensea con sus hijos porque tampoco le contestan, intensea con sus hermanos porque no cuidan a su mamá, intensea en la chamba porque dice que ella «hace todo» e incluso intensea en el tráfico con todos los que se le cruzan en el camino.

Y es intensa también otra amiga que cuando se pone a beber suele entrarle ese mal contagioso y peligrosísimo llamado pedofonía1, y me cuenta que una vez en un viaje de negocios se fue a Matamoros y se «la conectó» y al día siguiente con una cruda loca vio con horror que le había hablado al ex 17 veces —17 llamadas de las cuales 12 eran perdidas—y obvio lo de intensear aplica aquí y más que perfecto.

Pero también es una persona intensa ésa que se enoja por todo, la que «la hace de pedo» porque vuela la mosca, la que quiere que todo se haga según su voluntad. Somos intensos los que nos enamoramos y luego insistimos y no podemos olvidar e intenseamos con los cuates en cualquier ocasión en todo lo referente al «objeto de nuestro afecto, de nuestro amor y nuestro desamor». Y también intensean todas aquellas personas que viven, sienten, huelen, oyen las emociones.

Lo interesante es que buscando una raíz latina y más allá indoeuropea —es decir, de la familia de lenguas que viene el latín—nos damos cuenta que intensus, viene de intendere de in- tendèêr que quiere decir propiamente en su primera acepción ponerse tenso, aguantar, esforzarse, pero también «estar ansioso», atento, emocionado, lo que viene muy a cuento si pensamos en cómo lo usamos actualmente.

Bueno, la cosa es que pareciera que cada día hay más intensos y más intensas que intensean sin cesar, con razón o sin ella.

                1De esta palabra hablaremos en su momento en esta columna.

Directora de Algarabía Editorial

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