Esquizofrenias partidistas

Algo raro pasa en México. Una especie de esquizofrenia. Los partidos y sus candidatos llegan cada vez con menores porcentajes de votación a sus cargos, se alían con cada vez mayor frecuencia para obtener el puesto de presidente o gobernador y siempre se quejan de que una vez concluida la elección, el candidato triunfador se olvida del apoyo electoral recibido y gobierna solo. 

Maria Amparo Casar

Maria Amparo Casar

A juicio de Amparo

A pesar de favorecer en la práctica las alianzas electorales y a pesar de la legítima queja de que éstas no se traducen en coaliciones de gobierno, hoy, que a los partidos se les sirve la mesa con una propuesta de alianzas definitivas a través de la segunda vuelta y junto con ella la posibilidad de transformarlas en coaliciones de gobierno, no abrazan la causa. Piensan, hablan y promueven las alianzas electorales; piensan, hablan y se quejan de la ausencia de tener que gobernar con gobiernos minoritarios, pero no se deciden a adoptar la segunda vuelta y los gobiernos de coalición.

La esquizofrenia es aún mayor. Los partidos saben que dada la creciente fragmentación del voto, las alianzas se vuelven indispensables. En el Edomex, el PAN y el PRD se embarcaron meses discutiendo una posible alianza. Al final no se arreglaron. En ese mismo estado, ya avanzada la elección, López Obrador “invita” a través de cuatro ultimátums al PRD a unirse a Morena para lograr la primera alternancia, pero las condiciones impuestas hacen imposible que el PRD acceda. Juntos hubiesen derrotado al PRI. El PRI hace su tradicional alianza con el PVEM, PANAL y el PES y gana. El PAN y el PRD, que hubiesen sido competitivos, quedaron fuera de la contienda.

Otros ejemplos. El PAN-PRD no habrían ganado Puebla, Sinaloa y Oaxaca en 2010, logrando la alternancia, de no haber ido en alianza. La desgracia es que Moreno Valle, Malova y Cué gobernaron para su santo. En 2012, el PRI-PVEM no le hubiesen arrebatado la gubernatura en Chiapas al PRD-PAN de no haberse aliado. En 2016, el PAN-PRD no le habrían ganado al PRI de no haber ido juntos. Quintana Roo tampoco habría logrado su primera alternancia sin la alianza PAN-PRD.

Desde hace casi 25 años, casi todos los partidos en casi todas las elecciones han ido a los comicios en alianza. Todos los partidos piensan y hablan sobre las alianzas, las buscan y las concretan cada vez con mayor frecuencia. Además, han mostrado ser exitosas, tanto para lograr la alternancia como para mantener el poder. Hay pocas excepciones a esta realidad. Cada vez es más difícil ganar en solitario. Más aún, en el Congreso es imposible aprobar leyes sin hacer coaliciones.

En las elecciones presidenciales, 1994 fue el último año en el que los dos punteros acudieron a las urnas en solitario. El PRI fue solo con Ernesto Zedillo, el PAN con Diego Fernández de Cevallos y el PRD con Cuauhtémoc Cárdenas. A partir de 2000, en todas las elecciones ha habido alianzas y en todas, salvo en el caso de Calderón, los triunfadores han sido aliancistas. También ha sido el caso que los candidatos presidenciales, en términos generales, han ido cayendo en votación: Zedillo obtuvo 48.7%, Fox 42.5% y Calderón 35.9%. Aunque la votación de Peña fue ligeramente mayor a la de Calderón (38.2%), más del 60 por ciento de los votantes no lo apoyó.

La situación es similar con los gobernadores. De 2000 a 2017 ha habido 98 elecciones a gobernador. En 92 de ellas, o sea en el 94% de los casos, se ha presentado al menos una alianza electoral. En 77 ocasiones, o sea, en el 79% de los casos, el candidato vencedor ha sido gracias a una alianza. Quizá el caso más emblemático es el del Estado de México. Alfredo del Mazo ganó con 33.7% de la votación. Con una participación del 52.5%, el próximo gobernador llegó con aproximadamente 15% de los votos. ¿En serio? Un gobernador que llega sin el apoyo del 85% de los electores y que, además, no está obligado a hacer un gobierno de coalición. A Delfina Gómez le hubiese pasado lo mismo. Habría llegado con porcentajes muy similares a los que obtuvo Del Mazo.

Si en el Edomex hubiese habido segunda vuelta, otro gallo les cantaría a los mexiquenses. Su gobernador o gobernadora habría tenido, al menos, el apoyo de la mitad, si no de los posibles electores, sí de los votantes. Habrían tenido que cortejar al PAN y al PRD para triunfar sobre su contrincante y el ganador(a) habría estado en mejor posición para gobernar.

En la esquizofrenia descrita hay dos razones poderosas por las que los partidos rechazan ir en alianza. La primera es que cada partido se siente competitivo por sí mismo o piensa que su candidato es el mejor. La segunda vuelta permite competir a cada partido por sí mismo en la primera oportunidad, probarse y saber el caudal de sus votos. Le permite también a cada uno de los dos punteros decidir con quién se alía para maximizar sus posibilidades de triunfo. La segunda razón es que la experiencia les dice que las alianzas no valen a la hora de gobernar. Los gobiernos de coalición resuelven este segundo pretexto. ¿Podrían entonces explicarnos por qué practican las alianzas, pero no apoyan las reformas de segunda vuelta y gobiernos de coalición?

Twitter:@amparocasar

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