De trampas y de buena gente
La farsa representada el domingo rebasa el ámbito estricto del futbol, y pone el dedo sobre la llaga cruenta del papel de la trampa.
De vergüenza en vergüenza. El que el célebre Chapo haya conseguido evadirse una vez más representa una humillación para el Estado mexicano a nivel internacional. Nos vimos mal. Y ganar el partido contra Costa Rica el pasado domingo en Nueva Jersey, de la manera en que lo “ganamos”, constituye otra. Afortunadamente la mentada Copa Oro ni quién la pele en el mundo, de manera que el bochorno no trascendió demasiado. Sabemos de él nosotros, y de qué manera, los ticos. Y uno que otro aficionado suelto, obsesivo y aburrido, que no tuvo otra cosa mejor que hacer que ver el miserable encuentro. Pobre.
Aquí entre nos, sin embargo, y a pesar de su menor repercusión, me indigna y me parece mucho más grave que la fuga, lo sucedido sobre la grama del estadio MetLife. Finalmente la operación para liberar al empresario sinaloense, haya sido obra de quien haya sido, es un prodigio de técnica y astucia. En cambio, el penalti pitado por el árbitro guatemalteco es una auténtica barrabasada, de una insolencia revoltante. La farsa representada el domingo rebasa con mucho el ámbito estricto del futbol y del deporte en general, y pone el dedo sobre la llaga cruenta del papel de la trampa, bajo todas sus formas, en la convivencia humana. Y en los enfrentamientos, conflictos, desavenencias y desacuerdos entre humanos.
Los móviles del Atraco de Oro son claros. Era preciso amarrar la final México-Estados Unidos, tal como está programada (desde hace un tiempo, no mucho, se ha puesto de moda sustituir los participios “programado” y “previsto” por el de “presupuestado”. En general es un barbarismo estúpido, pero en este caso sería perfectamente pertinente, puesto que de morlacos se trata). Una final entre los ticos o panameños frente a los gringos representaría muchos millones de dólares menos para las empresas patrocinadoras, publicitarias y televisoras. Ya no digamos Panamá vs. Jamaica. Sería el desastre.
La historia de los fraudes en competiciones deportivas es larga y ancha. Algunos salen a la luz y otros, la mayoría, no. Muchos se quedan a nivel de sospecha, más o menos fundada. La afrenta a Costa Rica no se incluye en absoluto en esta categoría. Se trata de un atentado desvergonzado. De todos modos, no es ésta la cuestión que más me preocupa, sino a nivel de sicoanálisis de las masas, el comportamiento de los seguidores y de la prensa mexicana. No faltan los advenedizos que declaran, campantes, que se trató de un “penal clarísimo” y que los ticos están haciendo un pancho no por comprensible menos penoso. Sin embargo, la mayoría de los medios escritos y hablados se refieren a un “penal polémico”. Es más grotesco aún. Ni siquiera es un eufemismo. Se trata de una distorsión inaceptable.
Ahora bien, la dinámica de la conducta gregaria produce que en buena medida, aquellos, muy pocos, que han tenido los arrestos de denunciar el asalto en despoblado, sean a menudo considerados poco menos que traidores a la patria. Exactamente lo mismo, pero no igual, como diría el cada vez menos grande Silvio, de hecho, precisamente lo opuesto, sucedió en el Mundial de Brasil, cuando México acabó perdiendo, también en el último minuto frente a Holanda. En esa ocasión todo el país se levantó como un solo hombre, indignado, clamando justicia al cielo y asegurando que la pena máxima concedida a los tulipanes era del todo inmerecida.
En ese lance, no cabe duda de que el capitán Rafa Márquez sí comete la falta sobre Arjen Robben. Le pisa el empeine dentro del área. Lo he dicho y repetido, recio y quedito a los que han querido oírlo y a los que no. Por simple amor y respeto a la verdad. Yo, por mi parte, he debido escucharme decir: “Tú porque no eres mexicano”. A lo que la única respuesta posible era callar y tragar en seco, o la Díaz Mirón, soltarle un chingadazo al impertinente. A riesgo de poner en duda mi identidad, me aboqué a observar por lo menos media docena de veces, en mi flamante equipo de HD y en cámara superlenta, la jugada en cuestión, y la toma es suficientemente cercana y nítida para disolver cualquier vacilación.
A pesar de ello, se creó en el país una auténtica ola de fervor patriótico. Patriótico y delirante. El mismísimo Presidente de la República se creyó obligado a sumarse a la cargada. Aprovecho la ocasión para rendir homenaje a los dos únicos comentaristas conocedores que tuvieron el valor civil —encomiable y suicida— de afirmar públicamente que sí había sido penal: Manuel Lapuente y Fabián Estay (aunque este último es chileno de origen y su opinión vale madre).
Nunca he sabido a ciencia cierta la mecánica del tapujo deportivo. ¿Cómo se arregla un resultado? Sobre todo en las competencias de equipo. ¿Cómo se pacta? Lo ignoro y me temo que es oscuro y complejo. Existen móviles y causas disímbolas. De lo pecuniario a lo político. Tal vez algún día me propondré investigarlo y abordarlo con detalle.
Partidos arreglados con intenciones económicas nunca consienten intromisiones ajenas, proponen a colegiados intachables el no castigar incidencias amañadas. Venderse implica comprometer a los altos mandos en respaldar el cochupo establecido.
De cualquier modo el quid de la cuestión, lo realmente preocupante, no reside tanto en el deporte profesional y en la transa que a menudo conlleva, sino en la respuesta, en la actitud y conducta de las personas, en la manera y grado que el sentimiento de pertenencia y de otredad, las filias y fobias afectan la razón de la gente. De la buena gente.
