Shit happens
Estremecimiento. Imposible no verse, sentirse y saberse presa de un escalofrío que recorre la piel por fuera y de un agobio que atenaza las entrañas por dentro. Lo ocurrido en Cuajimalpa la semana pasada sacude las más curtidas sensibilidades y las más versadas ...
Estremecimiento. Imposible no verse, sentirse y saberse presa de un escalofrío que recorre la piel por fuera y de un agobio que atenaza las entrañas por dentro. Lo ocurrido en Cuajimalpa la semana pasada sacude las más curtidas sensibilidades y las más versadas conciencias.
Y uno se ve obligado a considerar por qué. Por qué de esa manera y en esa magnitud. La antigua jerga teatral griega distinguía el drama de la tragedia. El primero era ocasionado por los hombres, la segunda por los dioses. La distancia entre uno y otra era aquella que separaba lo terrenal de lo divino. Del Ágora al Olimpo. Ciertamente para ellos tal distancia no era abismal como lo es hoy. Las deidades se mezclaban con harta frecuencia con los mortales y se confundían con ellos. Y sin embargo la diferencia entre lo trágico y lo dramático era, y sigue siendo, substancial e insalvable.
Así pues, es insoslayable preguntarse si lo sucedido en el Hospital Materno Infantil fue, en ese sentido, a la manera de los griegos, un drama o una tragedia, y es imprescindible porque de la respuesta dependerá la manera en que podamos y debamos posicionarnos ante lo acontecido. Dando por sentado que no es ni lícito ni siquiera posible encogerse de hombros y hacerse maje.
En primer lugar es preciso constatar, a pesar del olvido que los medios parecen tener sobre ese aspecto, que dada la intensidad de la explosión, y que las imágenes muestran en toda su terrible crudeza y magnitud, el saldo del daño a personas fue mínimo. Y ello se debe sin duda a la eficiencia por un lado, y al heroísmo por otro, de quienes participaron en el rescate y salvamento.
El personal del nosocomio ha de haber actuado con seriedad y una sangre fría impresionante y del todo encomiable. Las medidas de emergencia y los protocolos de evacuación parecen haber funcionado —sorprendentemente, créame— a la perfección. Los bomberos fueron alertados enseguida y llegaron con gran celeridad. Incluso antes de que la catástrofe ocurriera. Las ambulancias y la policía también estuvieron a la altura.
Sin embargo, la gran mayoría de los medios y por ende de la dócil opinión pública, parecen ignorar todo ello, y ponen el acento en la muerte, en la pinche y dichosa muerte, de cuyo influjo no podemos liberarnos. Los mexicanos tal vez menos que otros. El proverbial victimismo de nuestro pueblo.
Entendámonos, la gran y desproporcionada repercusión mediática de la calamidad se debió en buena medida a ello, pero también al hecho de que sus dos grandes protagonistas fueran bebés recién nacidos, por un lado, y el fuego por el otro. Tal vez no debería ser así, pero eso lo hace todo mucho más impresionante. Carne de rotativa. Los pequeños, en su ternura e indefensión, son conmovedores. El fuego desencadenado, por su parte, es el más terrible y temible de los cuatro elemento clásicos. Ambos, los bebés y las llamas, son, cada uno a su manera, irresistibles.
Un factor más lo constituye sin duda el que ese día los informativos carecían de noticias más llamativas y estridentes, y amplificaron el alcance de los hechos. Quizá suena mal, pero así es esto. Gajes del oficio y del mercado.
La componente fundamental de este análisis, no obstante, era otra. Y la constituye el determinar si lo acontecido debe ser incluido en la categoría de “drama” o de “tragedia”, en el sentido definido más arriba. En otras palabras, si es pertinente buscar, y encontrar, un culpable o no. Muchos de los accidentes que pueblan la vida individual y colectiva de los humanos no son debidos a la irresponsabilidad, negligencia o mala fe de nadie. Son producto de un “concurso de circunstancias” indefectible.
Todo accidente hubiera podido ser evitado, pero esa es una afirmación válida sólo a toro pasado. Antepretérito de subjuntivo. De manera previa, por definición, los accidentes son inevitables, y pertenecen al dominio de la fatalidad. Si no, no serían accidentes. No existirían. Éste es un delicado, a veces inaccesible, dominio de la sabiduría con el que los habitantes de aquella Hélade estaban bien familiarizados. Shit happens, dicen los anglos, en una tan fulminante como acertada expresión. “Las adversidades ocurren”.
En todo caso —todo sea dicho— es siempre pertinente incoar una investigación y fincar responsabilidades, si las hubiere. Algunas son dignas de crédito y merecen ser atendidas.
Pero otras nunca establecen dictámenes esclarecedores sosteniendo únicamente presunciones al ras totalmente endebles. Versiones irresponsables concitan animosidades, los ordenamientos sesgados ensombrecen, propiciando opiniones negativas en distintos estamentos sociales unánimemente predispuestos al rencor tradicional enconado.
Mucho me temo que en esta ocasión, como en otras tantas, las hordas justicieras se lanzarán en busca del respectivo chivo expiatorio, sedientas de sangre, como si no hubieran tenido suficiente. Buscando, como siempre, no tanto quién se las debe sino quién se las pague.
*Matemático
