No tengo intención de analizar lo evidente sobre Venezuela: que Nicolás Maduro era un dictador que persiguió opositores, anuló elecciones, provocó el exilio de millones y dejó un saldo de asesinatos y torturas. Tampoco romantizo la intervención estadunidense, otra distopía de distinto carácter. Lo que me interesa no es sumar ruido donde ya hay saturación, sino dar un paso atrás y examinar cómo estamos pensando el problema, porque en las respuestas que hemos producido se revela algo más profundo sobre nuestro momento político.
Ese algo es una fractura entre categorías políticas, instituciones y experiencia cotidiana. Pensemos en las instituciones como una suerte de Frankenstein. Se construyen para servir a un propósito, pero cobran vida propia y terminan operando en un plano distinto al que les dio origen. Fueron creadas para organizar el poder mediante el procesamiento del conflicto político, para administrar la vida diaria. El problema surge cuando se alienan, dejan de traducir el conflicto concreto y pasan a gestionar la política misma, negociando la estabilidad de las estructuras de poder más que transformando cómo impactan en la vida del pueblo. Las categorías siguen existiendo —democracia, soberanía, libertad—, pero ya no se traducen en vivencia palpable.
Desde esta fractura se entienden las disputas más álgidas del debate. La primera enfrenta soberanía contra democracia, como si fuera una disyuntiva real. Se apela al derecho internacional como el espacio natural para resolverlo más que como figura simbólica (por no decir ornamental), pero pese a lo que se quiera pensar, el poder no se rige únicamente por marcos normativos, sigue operando bajo la ley del más fuerte en términos económicos y militares.
Otra disputa asume que la caída de un líder equivale a la transformación del sistema. La intervención actuó bajo una lógica que privilegia intereses estratégicos. El aparato represivo permanece, los actores clave siguen operando y no hay ruptura con el modo en que el poder ha funcionado. Para muchos venezolanos domina la celebración; ven en este cambio, con todas sus ambigüedades, un alivio inmediato frente al terror cotidiano. Pero hay también incertidumbre, miedo o escepticismo frente a un cambio que no necesariamente se traduce en transformación real de sus condiciones de vida.
Esa misma distancia entre teoría y experiencia explica la tensión en el “si no eres venezolano, no opines”. Síntoma de un análisis político incapaz de traducir la experiencia vivida, donde la legitimidad del argumento se disputa desde la identidad del hablante. Algo similar ocurre con el debate sobre si esto sienta precedente. Para algunos, confirma que las instituciones internacionales ya no contienen al poder; para otros, abre la puerta a nuevas intervenciones. En ambos casos el debate se queda corto. El verdadero precedente es la desconexión, tanto por parte de una incapacidad de traducción teórico-práctica y viceversa, como la imposibilidad de que la denuncia y el derecho internacional pudieran frenar la dictadura y la intervención.
En la búsqueda del remedio, la paradoja se profundiza: incluso una institución global más vinculante correría el mismo riesgo de alienación. El problema de las constituciones no es la inexistencia de promesas y salvaguardas contra leyes que atenten contra derechos humanos, sino su incapacidad de operar cuando el poder decide ignorarlas. Entonces, ¿cómo se combate una dictadura? ¿Qué significa soberanía cuando las instituciones que debían defenderla funcionan en un plano paralelo a la vida de quienes sufren?
No es simple plantear una solución, pero pienso que debemos apostar por la prevención, antes que por la apelación tardía a la ley. Quizá en el cómo llegamos aquí, encontremos también la salida. Eso es reconstruir la capacidad de traducir categorías políticas a experiencia cotidiana antes de que la fractura sea irreversible. Prevención significa que las instituciones respondan cuando la gente dice “tengo hambre” antes de esperar a que diga “prefiero cualquier otra cosa”. Mientras sigamos debatiendo en un plano abstracto, ideal, las opciones seguirán siendo profundamente distópicas.
