Bondad o expiación a la mexicana

En redes sociales me encontré con un post que proclamaba, con entusiasmo, que los mexicanos somos buenos, y adjuntaba como prueba una encuesta del Pew Research Center. Me detuve en los comentarios más de lo que suelo hacerlo en este tipo de cosas. Algunos respondían que sí, que por supuesto, que ya lo sabían. Otros escribían: “claro, por eso tenemos los índices de violencia que tenemos”. La discusión capturó mi atención y me llevó al documento mismo. La encuesta, publicada este mes, preguntó a adultos de 25 países que calificaran la moralidad de la gente en su país. En México, 83% respondió que sus conciudadanos son moralmente buenos, uno de los porcentajes más altos del estudio. 

La encuesta en México fue presencial, cara a cara, en un país donde uno no siempre le dice a un desconocido lo que realmente piensa. Me pregunté qué significa emitir un juicio moral sobre una abstracción de 130 millones de personas, qué operación ocurre cuando alguien responde “buenos” a esa pregunta y, sobre todo, qué nos protege ese juicio de tener que ver.

El 83% no mide confianza interpersonal. La encuesta de Pew no pregunta si dejarías a tu hijo con el vecino de enfrente, si el taxista te devolvió el cambio, si alguien te ayudó a cargar algo pesado en el Metro sin que se lo pidiera. Pregunta por “la gente en tu país”, una categoría tan vasta que casi no dice nada o que dice demasiado de golpe. Juzgar la moralidad de “los mexicanos” como conjunto requiere exactamente la misma operación que leer que hay más de 100 mil personas desaparecidas en el país: convertir individuos concretos, con nombre, con historia, con una última comida y un par de zapatos que alguien guarda en algún clóset, en una cifra que podemos sostener sin que nos aplaste. La bondad abstracta y la tragedia abstracta funcionan con el mismo mecanismo. Ambas homogenizan, despersonalizan, y en ese movimiento le ceden el lugar al individuo concreto a una idea, a lo mexicano como figura del imaginario colectivo, que puede adecuarse a conveniencia sin que eso le cueste nada a nadie.

Bolívar Echeverría llamó ethos barroco a esa capacidad de habitar la contradicción sin resolverla, de mantener una identidad mientras el mundo se deshace alrededor. Es una estrategia cultural de supervivencia, la forma en que una sociedad aprende a seguir siendo ella misma bajo condiciones que deberían hacerla imposible. El mexicano bueno de la encuesta de Pew es, en ese sentido, una figura barroca. No niega la violencia, la corrupción, los feminicidios, la impunidad estructural que los rodea. Los sostiene al lado, en otro plano, donde coexisten sin tocarse. Echeverría lo pensó como respuesta al trauma colonial, pero la estrategia sobrevivió al trauma y se volvió hábito, y los hábitos son difíciles de ver precisamente porque se parecen a la normalidad. La identidad nacional que se mide en porcentajes de bondad también es, en parte, ese hábito, una forma de hablar de nosotros mismos que ya no cuesta nada porque hace mucho que dejó de ser una pregunta.

Pongamos de ejemplo la distinción entre culpa y responsabilidad política. La culpa es siempre individual porque nadie puede ser culpable de lo que no hizo. La responsabilidad política, en cambio, es colectiva, pero así como la bondad, tal como la mide esta encuesta, involucra a todos sin implicar a nadie; es fácil de evocar sin costos. Pertenecemos a comunidades que actúan en nuestro nombre, y esa pertenencia implica reconocerse parte de algo, proyectarse en el imaginario común, sin necesariamente tener que responder por ello. 

Y, así, la bondad abstracta se convierte en otra forma de expiación.

El post me dejó algo más incómodo que la pregunta de si los mexicanos son buenos o malos, porque esa dicotomía ya es parte del problema. Tiene que ver con qué necesitamos creer para seguir funcionando como comunidad, con qué le pedimos a una estadística que no podemos pedirle a una persona concreta, y con aquello a lo que le borramos la cara para universalizarlo como verdad.

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