Teatro Casa de la Paz

El acto teatral propicia la integración social y ha sido arena privilegiada para el desarrollo de planteamientos críticos

El teatro ha sido vital para la configuración de nuestra identidad, generar y transmitir conocimiento. Cuando su ejercicio es inteligente, empático y responsable subvierte la imposición de dogmatismos y discursos excluyentes, y también coadyuva a la renovación de nuestra mirada al mundo. El teatro propicia la integración social y ha sido arena privilegiada para el desarrollo de planteamientos críticos. Como prueba está su milenaria historia.

A lo largo del siglo XX el teatro mexicano registró un aumento constante de instancias para la formación de profesionales, que ha desembocado en un amplio y variado universo de propuestas y lenguajes, una vitalidad que le ha merecido un sitio especial en escenarios internacionales: en abril de este año será país invitado al Festival de Dramaturgia Contemporánea de Heidelberg, Alemania. En un entramado de contradicciones difícil de justificar, en tiempos recientes la tendencia ha sido dejar en el abandono, cerrar e incluso destruir los espacios teatrales. Esta incongruencia no podría darse si hubiera una política cultural clara, si las autoridades en altos niveles estuvieran comprometidas con el fortalecimiento del tejido social y el estímulo del pensamiento crítico. Entre los múltiples casos de abandono y destrucción de teatros —por ejemplo la red de teatros del IMSS, la más grande en Latinoamérica, que lleva años en un devenir errático, en urgente espera de un programa para su mejor aprovechamiento y presupuestos suficientes— uno merece hoy inmediata atención: el Teatro Casa de la Paz.

El inmueble de la calle de Cozumel, en la colonia Condesa, con una larga e icónica historia —fue cine, luego centro deportivo, taller mecánico, estudio fotográfico y, finalmente, por iniciativa de Miguel Álvarez Acosta (a través de la OPIC, Organismo para la Promoción Internacional de la Cultura, dependiente de la SRE) se convirtió en el Teatro Casa de la Paz—, que de inmediato se volvió epicentro (junto con los teatros de la UNAM) de la renovación artística en México en los años 60. En 1980, por decreto presidencial, se entregó en custodia a la Universidad Autónoma Metropolitana, institución que destacó, al tomar teatro (dotado con los murales de Manuel Felguérez) que entre sus objetivos generales estaba “preservar y difundir la cultura, requiriendo de instalaciones adecuadas” (López, Sergio, Teatro Casa de la Paz, noticia de múltiples espacios, p.123). Bajo la administración de la UAM, la Casa de la Paz ha tenido brillantes y grises temporadas. En 2008 Jaime Chabaud fue nombrado jefe del Departamento de Artes Escénicas y desde ahí logró para el emblemático teatro un renacimiento, no obstante el raquítico presupuesto.

Hace dos años el teatro tuvo que cerrar en virtud de un dictamen que determinó que estaba afectado en su estructura y significaba un riesgo. Para la recuperación del espacio, Chabaud tomó la iniciativa de gestionar recursos etiquetados por cinco millones en la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, que habrían de canalizarse a la fundación de egresados de la Metropolitana y de ahí a la reconstrucción del teatro. En un laberinto administrativo de la UAM, ajeno a Chabaud y a los diputados, los cinco millones se perdieron absurdamente para el sector cultura, en una situación que perfila responsabilidad civil por parte del personal de la Metropolitana. En octubre de 2014, de forma intempestiva, se despidió a Chabaud, que había realizado muy buen trabajo. Es inaceptable que, en las precariedades de los gremios culturales, una institución de la importancia de la UAM se permita la pérdida de cinco millones de pesos, el despido de un funcionario de probada eficiencia y la merma de una función sustantiva para la Universidad.

 La UAM lleva más de tres décadas usando ese edificio. No hay razones para dejarlo perder. El rector general de la UAM, Salvador Vega y León, no ha dado un comunicado oficial sobre la situación del teatro. Se ha negado a dar informes de primera mano a quienes le hemos pedido que explique sus planes para el espacio y las razones de tanta irregularidad. Todo indica que su intención es dejar que el teatro se pierda. ¿Podemos permitir que el rector de una universidad con la importancia de la UAM contravenga los objetivos fundacionales de la institución a su cargo y sin argumentos dilapide un importante patrimonio de todos? No debemos permitir la pérdida del Teatro Casa de la Paz: Ni un teatro menos.

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