Canto a capella para 14 voces por los olvidados

¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a qué pertenecemos?

Necesidad básica de los seres humanos, eje indispensable para nuestra constitución emocional e intelectual, es la identidad. ¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a qué pertenecemos? La identidad es, ante todo, memoria. La identidad de una familia, un barrio, una ciudad, un país se hilvana con los recuerdos compartidos. Prescindir de memoria es carecer de brújula. Una de las más grandes posibilidades de la orfandad es el olvido. El mejor caldo para la impunidad es la amnesia.

La historia es fuente irrenunciable para ampliar perspectivas, construir valores y fincar sentido de pertenencia. El hilado de la memoria es complejo, porque la historia, por más que se base en fuentes documentales verificadas, en testigos directos, pruebas, constituye un conjunto de ficciones. No hay posibilidad de objetividad auténtica en el proceso de la memoria. Sólo al seleccionar algún hecho y descartar otro, dar crédito a un testimonio y desestimar otro o bien al jerarquizar e interpretar los datos con los que se cuenta, ya se da un sesgo. La historia oficial de una revolución, de una guerra, se orienta por lo general a construir el relato que conviene a quien la escribe o manda que se escriba. La memoria es un poderoso motor para la acción o la parálisis, la rebeldía y la fuerza o la humillación.

David Gaitán, quien ha mostrado en su corta y vertiginosa carrera que lo suyo no es anclarse en una sola estrategia para hablar de lo que le importa, quien experimenta con una amplia diversidad de formatos, toma el falso documental para su más reciente estreno, Los equilibristas, obra escrita para Damián Cervantes, fundador del grupo Vaca Teatro 35.

14 personajes —hombres, mujeres, una paloma y una bala— arman un medio círculo para contar una maravilla que pudo ser y no fue. Cada uno va insertando su experiencia en el tejido de voces. En un punto lejano del mar, en aquel tiempo violento de la Revolución Mexicana, el Ejército Zapatista se encuentra con los hombres armados de Porfirio Díaz. El campo de batalla son las dudas, la furia, los deseos, las fantasías de los habitantes de una comunidad. La necesidad de responderse ¿quién soy? El imperativo quiero ser impulsa el desenlace. ¿Cuántas de las grandes gestas consignadas en los libros como hazañas, no fueron sino un gigantesco malentendido?

 En esta obra dotada de ironía, humor, ternura, sentido poético, los personajes conjugan, desde ultratumba, perspectivas distintas de un fenómeno social. Los conocemos a través de sus pensamientos, relato interior. Al centro están la que despacha en la tienda de raya y la esposa del rico. Hacia los costados se van colocando porfiristas y zapatistas, hombres, mujeres que cumplen distintos roles. Ninguno de los invitados a este canto es protagonista de la guerra. Ninguno tiene fascinación por ejercer la violencia por la violencia. Están el falso Emiliano Zapata y el falso Porfirio Díaz. Quienes han tomado la decisión del enfrentamiento no forman parte de esta historia imaginada. En la ingenuidad de los personajes vi un sesgo romántico, una simplificación, la ausencia de ese fondo de barbarie que en los tiempos violentos coexiste con las expresiones de generosidad humana. Como referente para pensar lo que vivimos hoy resulta un telón de fondo encantador, pero edulcorado.

Damián Cervantes, un joven director de escena que se ha ganado ovaciones con sus obras, sobre todo en el extranjero, pone frente a frente a espectadores y actores, sin cuarta pared. Vestidos con referentes de 1910, los personajes están en su silla. El cuerpo, los gestos, los desplazamientos se van dando en un medido, preciso y seductor desarrollo. Cada mirada, movimiento están en el escenario con un propósito. Son centrales aquí las palabras, las voces y los sonidos producidos por los propios actores. Participan: José Concepción Macías Chon, Mari Carmen Ruiz, Iyasú Torruco, Marco Vidal, Daniela Baltazar, Carlos Kumukai, Sol Sánchez, Gabriela Ambriz, Francia Castañeda, Diana Magallón, Elizabeth Pedrosa, José Rafael Flores, Enrique Aguilar yVerónica Bravo.

No hay de principio a fin más utilización de tecnología que la discreta luz. Sólo sillas, vestuario, dos macetas y 28 veladoras encendidas. El llanto apenas audible de cuerdas tocadas en vivo marca el final.

Los equilibristas, de David Gaitán, dirigida por Damián Cervantes, corre temporada en La Capilla los domingos a las 18:00 horas.

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