Tropezón

El tráfico de armas ha hecho que los cárteles puedan plantarle cara a las Fuerzas Armadas y disputar posiciones de combate si es necesario, y que su imagen de benefactores dura hasta que están dispuestos a sacrificar civiles por recuperar a uno de los suyos

Cualquier tropiezo puede ser una lección o un obstáculo infranqueable, depende mucho de cómo se tome para perseverar en un objetivo. Nadie cree que las instituciones sean infalibles y tampoco la ciudadanía exige perfección, nada más transparencia, congruencia, voluntad y compromiso.

El tiempo dirá si todas las anteriores motivaron la semana de aclaraciones que nos ofreció el gobierno de la República por los hechos en Culiacán hace dos semanas.

En comparecencias públicas, en un formato ya de por sí inédito, el Gabinete de Seguridad explicó sus decisiones sobre el operativo para detener a un presunto líder del tráfico de drogas en la capital de Sinaloa. Algunas dudas fueron disipadas, otras produjeron un auténtico debate entre la prensa acreditada y los funcionarios de la nación, incluido el Presidente de la República.

Dudo que la parte política del ejercicio y las críticas que trajo en lo público sean lo que más le preocupa a una sociedad que vive a diario la peligrosa relación con el crimen organizado en sus diferentes niveles. Basta señalar que la opinión de los culiacanenses no ha variado mucho desde entonces y mantienen su certeza de que la tregua a cambio de la liberación del presunto delincuente profesional era la correcta, en contraste con la del resto del país, quienes no vivimos ahí, que sigue dividida por el resultado del erróneo operativo.

Este “tropezón táctico”, como lo definió el propio secretario de Seguridad federal, ha sido la muestra de la realidad nacional en materia de seguridad y refleja el camino que tendremos que recorrer para recuperar la paz.

No sabemos si a los otros gobiernos también les sucedieron tropezones de este tipo, aunque lo que sí conocemos fueron los graves daños que produjo enfrentar al crimen cuerpo a cuerpo con tal de abatirlo o provocarle mayores bajas.

Esos hechos son los que tienen presentes los habitantes de Culiacán, a los que se suman los de Jalisco, Tamaulipas, Veracruz, Chihuahua, Michoacán, entre otros estados, cuyas sociedades se levantan cada mañana a tratar de vivir con normalidad, cuando saben perfectamente que coexisten con grupos criminales poderosos e impunes.

Lo ocurrido también aclara muchos aspectos de nuestra realidad como país: la cooperación en este sentido con nuestro vecino del norte, la nación más poderosa del mundo para tal efecto, es absoluta, no importa lo que se diga en contrario; el tráfico de armas ha hecho que los cárteles puedan plantarle cara a las Fuerzas Armadas y disputar posiciones de combate si es necesario, y que su imagen de benefactores dura hasta que están dispuestos a sacrificar civiles por recuperar a uno de los suyos.

Al final, la decisión sólo puede ser una y tendrá que ser evaluada por la historia, bajo esa luz podremos saber si este tropiezo fue el inicio de la solución al problema de violencia o si se trató del primero de varios por la falta de estrategia y planeación.

Asegurar que sea lo primero, nos involucra a todas y todos los mexicanos, quienes podemos empezar a modificar nuestra relación no sólo con las autoridades encargadas de protegernos, sino también con las organizaciones criminales con las que cohabitamos.

Al respecto, Winston Churchill dijo que es como alimentar a un cocodrilo pensando en que así no se volteará para comernos. Culiacán nos ha demostrado, de nuevo, que ese no es el camino si queremos vivir con tranquilidad.

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