El futuro interior
Creo que el futuro se lidera desde dentro: desde la coherencia, la capacidad de aprender y la disposición a cambiar incluso cuando nadie lo exige.

Luis Wertman Zaslav
Editorial
A veces me descubro preguntándome cuándo empezó de verdad mi manera de pensar. No mi trabajo, no mis responsabilidades, sino mi forma de mirar el mundo. Y cada vez vuelvo al mismo punto: todo comenzó el día en que dejé de buscar respuestas afuera y empecé a escuchar lo que había dentro. No porque yo tuviera una voz especial, sino porque entendí que nadie puede avanzar si no se atreve a preguntarse quién quiere ser en el futuro que aún no existe.
Con el tiempo comprendí que la mente no crece por acumulación, sino por apertura. No se expande cuando sabe más, sino cuando se permite ver distinto. En ese descubrimiento encontré algo que me ha acompañado siempre: la posibilidad real de unir mundos que parecían separados. Porque la seguridad puede aprender de la ciencia, la ciudadanía puede aprender de la tecnología y la innovación puede aprender de la humildad. Cuando esas piezas se conectan, el pensamiento deja de ser abstracto y se convierte en construcción.
A veces leo sobre quienes hoy empujan los límites de la inteligencia, la biología o el universo, y me sorprende cuánto podemos aprender de ellos sin dedicarnos a lo mismo. No necesito ser neurocientífico para entender a Hassabis cuando conecta disciplinas que antes no dialogaban. No necesito estar en un laboratorio para comprender lo que hizo Doudna al demostrar que, incluso, lo más pequeño puede cambiarlo todo. Y no necesito diseñar algoritmos como Hinton para recordar que los avances más brillantes requieren prudencia, duda y revisión constante.
Cada una de esas mentes me habla sin hablarme. Me recuerdan que pensar el futuro no es predecirlo, sino prepararse para él. Que innovar no empieza en la tecnología, sino en el carácter. En la forma en la que uno conecta ideas, interpreta la realidad y actúa sin buscar aplausos ni reconocimiento inmediato.
Cuando me observo con honestidad, reconozco que mi labor nunca ha sido descubrir nuevas leyes del universo, sino comprender las leyes invisibles que mueven a las personas: la confianza, el miedo, la esperanza, la necesidad de pertenecer y de sentirse útiles. Esas fuerzas también exigen estudio, disciplina y sensibilidad. Así como un científico interpreta señales diminutas en un microscopio, yo he tenido que interpretar señales pequeñas en comunidades, instituciones y organizaciones que quieren vivir mejor.
Eso me ha enseñado algo decisivo: liderar no es avanzar delante de todos, sino avanzar con todos. La innovación más profunda no es la que asombra, sino la que sirve. El futuro no se impone; se construye con la manera en que uno piensa, conversa, escucha y decide. La mente que se cierra se apaga, pero la que se abre tiene la capacidad de encender la de otros.
A veces me pregunto si lo que hago es suficiente. No desde la duda que paraliza, sino desde la conciencia de que siempre hay algo nuevo que aprender. Y entonces recuerdo que quienes hoy representan lo mejor del pensamiento humano comenzaron con una pregunta sencilla: ¿qué puedo aportar? Ese sigue siendo el punto de partida más honesto, sin importar el campo en el que uno actúe.
Mirar hacia adelante exige combinar lo que antes parecía incompatible: firmeza con empatía, estrategia con sencillez, experiencia con curiosidad. Exige hacerlo con humildad, porque el conocimiento que no escucha deja de ser conocimiento y se convierte en obstáculo.
Por eso escribo estas líneas como quien abre una ventana. Porque creo que el futuro se lidera desde dentro: desde la coherencia, la capacidad de aprender y la disposición a cambiar incluso cuando nadie lo exige. Si logramos cultivar esa apertura interior, no sólo pensaremos mejor, sino también construiremos mejor.
¡Que juntos y unidos, tengamos y hagamos un gran 2026!
¡Hacer el bien, haciéndolo bien!