De la fuerza al criterio

La infoxicación, el ruido y las narrativas simplificadas empujan a tomar partido sin analizar. Pensar distinto no es traicionar; reflexionar no es debilidad.

Vivimos tiempos donde la reacción inmediata parece valer más que la reflexión profunda. Donde la consigna gritada sustituye al criterio razonado y donde la fuerza bruta se confunde con autoridad. Sin embargo, la experiencia —la real, la que se vive en organizaciones, comunidades y decisiones límite— demuestra exactamente lo contrario: el verdadero liderazgo no reacciona, piensa; no obedece consignas, ejerce criterio; no impone por fuerza, actúa con autoridad legítima.

Todo conflicto serio plantea una pregunta incómoda: ¿cuándo es correcto ejercer la fuerza? No es una cuestión ideológica ni emocional, es una decisión ética y operativa. La fuerza, entendida como capacidad de influir o imponer una conducta, no es en sí negativa. Lo que la vuelve peligrosa es su uso sin reflexión, sin propósito superior y sin responsabilidad.

El primer paso siempre debe ser el convencimiento. La palabra, el argumento y la persuasión no son signos de debilidad, son pruebas de madurez. Un líder que no intenta convencer antes de imponer demuestra prisa o inseguridad. La autoridad comienza cuando se escucha, se explica y se construye entendimiento. Sólo cuando esa vía se agota, surge la obligación de decidir.

Pero decidir no basta. La segunda condición es el propósito. La fuerza sólo puede considerarse legítima cuando protege un bien común real, no intereses personales, egos heridos o impulsos de control. El bien común funciona como brújula moral: si la acción no mejora el orden, la seguridad o la convivencia, entonces no es autoridad, es abuso.

La tercera condición es quizá la más ignorada: la capacidad real de ejecución. Tener razón no es suficiente. Decidir sin contar con estructura, respaldo, recursos o conocimiento es irresponsable. La autoridad legítima requiere coherencia entre lo que se decide y lo que se puede ejecutar de manera proporcional y eficaz. De lo contrario, se genera caos, escalamiento y pérdida de confianza.

Aquí es donde muchos se confunden. Fuerza no es violencia. Violencia es actuar sin límites, sin proporción y sin criterio. Fuerza legítima es una acción excepcional, racional y contenida, orientada a restablecer el orden y proteger a la mayoría. No es agradable, pero en ocasiones es necesaria. No para demostrar poder, sino para cumplir un deber.

El mayor riesgo de nuestra época no es la fuerza, sino la reacción irreflexiva amplificada por la emoción colectiva. La infoxicación, el ruido y las narrativas simplificadas empujan a tomar partido sin analizar. Pensar distinto no es traicionar; reflexionar no es debilidad. Es precisamente ahí donde se separan las masas de los líderes.

Pasar de la reacción a la reflexión exige carácter. Pasar de la consigna al criterio exige formación. Pasar de la fuerza bruta a la autoridad legítima exige responsabilidad. Ése es el camino difícil, pero es el único que construye confianza, estabilidad y futuro.

Porque liderar no es gritar más fuerte.

Es pensar mejor.

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Y actuar cuando es necesario. ¡HACER EL BIEN HACIÉNDOLO BIEN!