México en Oslo
El gobierno de Noruega será anfitrión de una conferencia sobre el impacto humanitario del uso de armas nucleares.
Las armas nucleares son las más destructivas, inhumanas y letales que haya creado la humanidad. Tanto por la devastación absoluta que provocan, como por la prolongada persistencia del veneno radiactivo que dejan, no tienen parangón con ninguna otra arma de destrucción masiva. Una sola bomba nuclear detonada sobre una ciudad importante por extensión y número de habitantes, podría causar millones de muertes. Decenas o centenares de bombas nucleares ocasionarían un trastorno climático global definitivo, una hambruna generalizada e incluso la destrucción total de la vida y de la Tierra.
Conforme al documento de posición dado a conocer por la Secretaría de Relaciones Exteriores en octubre pasado, “México insistirá en la urgencia de fortalecer el régimen de desarme y no proliferación y buscará renovar el compromiso de la comunidad internacional para avanzar hacia la eliminación definitiva de las armas nucleares, mediante la conducción de negociaciones multilaterales de desarme nuclear, bajo los principios de verificación, irreversibilidad y transparencia”.
Uno de los lineamientos fundamentales de la política exterior mexicana que fue respetado incluso durante los gobiernos panistas, aunque sin el énfasis de liderazgo que se requería, fue precisamente el compromiso con la promoción activa del desarme nuclear. La manera más eficaz, expedita y práctica de alcanzar esa meta, es la negociación de un tratado amplio, incluyente, irreversible, vinculante y verificable, que abarque todos los aspectos del desarme y la no proliferación nucleares. Una convención sobre armas nucleares, para ser más preciso.
Las negociaciones deberían comenzar de inmediato y avanzar en un marco de buena fe y voluntad política, sin interrupciones, hasta llegar a su conclusión.
Éste es el enfoque apoyado por una gran mayoría de los pueblos y los gobiernos del mundo, incluido destacadamente el gobierno mexicano.
Los días 4 y 5 de marzo, el gobierno de Noruega será anfitrión de una conferencia internacional sobre el impacto humanitario del uso de armas nucleares. Los países asistentes, entre ellos México, deberán confirmar que están listos para reafirmar voluntades y compromisos y desmontar las barreras que oponen las potencias nucleares. Previamente, los días 2 y 3, se llevará a cabo un Foro de la Sociedad Civil sobre el tema, con participantes de más de 70 países; también iremos representantes mexicanos.
Hemos enviado una carta al secretario de Relaciones Exteriores, José Antonio Meade, en la que le señalamos: “Históricamente, México ha tenido un papel relevante entre los grandes actores internacionales que han trabajado de manera intensa por el avance en la agenda del desarme y el control de armas a nivel global; y muy específicamente en el rubro de armas nucleares. Por ello, reiteramos nuestro llamado para que México se mantenga vinculado a este proceso, que incluye desde luego las consecuencias humanitarias del uso y la existencia misma de arsenales nucleares”.
La Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN, por sus iniciales en inglés), de la que forma parte en México el Círculo Latinoamericano de Estudios Internacionales (CLAEI), considera que las discusiones y negociaciones acerca de las armas nucleares no deben enfocarse en los estrechos conceptos de la seguridad nacional sino en sus efectos y consecuencias sobre los seres humanos, su salud, la sociedad y el medio ambiente, factores todos no solamente esenciales para la vida, sino para la calidad de vida. La sociedad civil debe tener una participación cada vez mayor en la discusión y la solución de este problema. Procesos de desarme previos, como los que se negociaron para la prohibición de las minas terrestres en la década de 1990 y de las bombas de racimo en la década de 2000, han demostrado el poder de los argumentos humanitarios.
Gobiernos y sociedad civil, como en el caso de México, deben avanzar juntos en esa dirección, única opción para que los países nucleares cedan ante un imperativo ético enarbolado por el mundo entero.
