Lo que asusta
Habrá destrucción de valor y cancelación de oportunidades al futuro
El final del sexenio es muy distinto a como se preveía. Acaba como empezó, atropellando al descenso y pasando por encima de todas las opiniones. Quienes nos dijeron que sería un gobierno moderado, quienes se quejaban del “mayoriteo” en los Congresos durante otros gobiernos, quienes pedían protección a las minorías, quienes acusaban de abuso de poder a los gobernantes, quienes se quejaron de la falta de democracia, quienes fomentaron cambios en la ley para defender supuestos abusos electorales, quienes evitaron la creación de supermayorías, quienes garantizaron la división de Poderes, quienes se decían defensores de la libertad y los derechos humanos, quienes se quejaron de la falta de legitimidad en las reformas estructurales de 2013, ésos, van a propiciar el cambio más grande al Estado mexicano con una supermayoría que no representa el resultado electoral del 2 de junio de 2024.
A mí no me sorprende, siempre vi al lobo con piel de oveja. Pero me asustan varias cosas para nuestro futuro: la primera es que los actores políticos no midan las consecuencias o, peor aún, las hayan medido y sean el objetivo. Las agencias calificadoras, los bancos internacionales, las empresas globales, nuestros socios comerciales (antes aliados, lo que supone ya una reducción de categoría), y los empresarios del país, han sido claros y públicos en sus posturas relativas a la desaparición de los órganos autónomos y a la reforma del Poder Judicial, que no tiene sentido institucional, sino sólo regresivo y revanchista. Pero parece que dichos avisos entran por un oído y salen por el otro.
Sabe usted, querido lector, que soy un profundo defensor de la democracia liberal y que la idea de ésta es tener contrapesos para evitar exactamente lo que se intenta ahora. Pero una serie de representantes populares y de funcionarios prefieren ver hacia otro lado, muertos de miedo por una posible venganza de arriba. Las consecuencias de los cambios propuestos son ciertas, inminentes y calculables. Habrá destrucción de valor y cancelación de oportunidades al futuro; todas esas personas con nombre y apellido serán corresponsables.
La segunda es el entorno de nuestra región. Norteamérica es donde estamos físicamente, a pesar de que la doctrina nos ha querido acercar más a Latinoamérica, donde somos más grandes, pero también más irrelevantes. Nuestros socios comerciales tienen sus propios retos políticos y una división parecida a la mexicana. Los nuevos conservadores (antes liberales) contra wokismo progre es la lucha política en Canadá y los Estados Unidos. La paciencia a México no es la misma que en 2018 por sus y nuestras propias dinámicas.
El T-MEC es un acuerdo que contiene una cláusula para revisarse, pero donde cualquier país puede denunciar su terminación. Las reformas planteadas en México pueden ser apetitosas para posturas políticas radicales en Estados Unidos; y, aunque el proceso de terminación es largo, el solo riesgo de ruptura frenará de tajo las inversiones en México y la generación de trabajo. Las consecuencias de esto son previsibles, en lo inmediato e imprevisibles hacia el futuro. Del Bajío a la frontera hay más integración a Estados Unidos que a México, por más nacionalismo charro que se quiera vender.
La tercera cosa que me asusta es que estamos en una sociedad anestesiada; lo que le digo y resumo es público por todos los analistas, bancos, socios, etcétera. No veo a una sociedad dispuesta a funcionar como último balance ante estos cambios que provocarán destrucción de valor, limitación de libertades e incertidumbre sobre la viabilidad del futuro. En Francia ya llevarían cinco paros nacionales, aquí ni se plantea.
Las consecuencias y el desastre están avisados, seguir caminando hacia él voluntariamente es una idiotez colectiva. Encarecer la idiotez es el deber de la sociedad civil.
