Inversión privada

Tiene más mérito el crecimiento de una economía grande, por desarrollada, que una pequeña por desarrollar.

Hace un par de semanas escribí, como lo he hecho en varias ocasiones, que México ha desaprovechado históricamente su cercanía con Estados Unidos, y que gracias a las políticas públicas y obsesiones ideológicas del gobierno actual y anterior, hemos llevado nuestra relación con Norteamérica al límite. Esto es relevante porque más allá de palabras como soberanía, que traen una connotación posrevolucionaria arcaica y dogmática, nuestro destino, al menos de una parte importante del país, está en Norteamérica.

El T-MEC, tal y como lo he explicado, es el vehículo sobre el cual debemos dar propósito a la actividad económica de México. Aunque, desde 2018 México ha hecho mucho por desvincularse de nuestro principal socio comercial, al punto que nuestro crecimiento económico ya no está amarrado al de EU, ellos han crecido a tasas mucho mayores, desde entonces, que nosotros. Es importante aclarar, para quien no lo sabe, que tiene más mérito el crecimiento de una economía grande, por desarrollada, que una pequeña por desarrollar.

Pero desde 2018 se instauró la antiquísima y equivocadísima idea de que el Estado es responsable de generar el crecimiento económico. Para los estatistas, el gobierno debe ser un protagonista de la economía, aunque, como se ha probado mil veces, el gobierno es el peor gestor de negocios del mundo. Ya lo decía Milton Friedman: “Si pones al gobierno federal a cargo del desierto del Sahara, en cinco años habrá una escasez de arena”. Infalible como todas sus frases, que hoy podrían servir de clase para cualquier morenista que empiece a dudar del método. Las economías más exitosas del mundo son aquellas donde el Estado hace lo mínimo que le corresponde: tener un ejército para defender el territorio, aplicar el Estado de derecho para el cumplimiento de obligaciones entre individuos y proteger a los ciudadanos de delitos contra las personas y la propiedad privada; la economía crece y crece el bienestar y la calidad de vida de la población. Está múltiplemente probado.

Pero no hemos logrado convencer a una porción grande de la población mundial que todavía piensa que el Estado debe intervenir en todo para resolver todo, a pesar de las múltiples evidencias. Así es como en 2018, bajo la vapuleada palabra soberanía, el Estado quitó y maltrató a muchas empresas que se dedicaban a generar energía eléctrica, entre otras actividades como la exploración petrolera. Es un ejemplo relevante porque el resultado es brutal, la CFE, que sólo cobraría en un futuro por la transmisión de la energía generada por privados, quienes serían obligados a competir en costo, ya que se seleccionaría prioritariamente a quien fuera más eficiente, ahora tiene que volver a hacer todo de manera ineficiente porque “privatizar la generación de energía nos quita soberanía”.

El resultado es catastrófico: la capacidad de generar energía es insuficiente, es cara y la falta de recursos para mantenimiento nos ha regresado a apagones periódicos en partes importantes del país. Pero eso no es el problema, sino el futuro, ¿quién va a invertir si hoy la capacidad futura no está garantizada ni en cantidad ni en precio? Al final del sexenio de Peña Nieto la CFE generaba dinero, hoy lo pierde y hay que fondearla con dinero de los contribuyentes que podría ir a seguridad, educación y salud. Las plantas de generación de energía no se crean de un día para otro.

Esto se suma al tema del Estado de derecho, que para mí sigue siendo el problema más importante. Las decisiones del Estado tienen prioridad sobre las del individuo o la sociedad, como era previsible, y ahora comprobable con varios eventos vistos la semana pasada. Por más representantes del “sector privado” que vayan a EU a decir que está todo bien, no se puede tapar el sol con un dedo.

México no genera certezas y ése es su problema más grave. Dice una cosa y hace otra, lo que tiene a todos nuestros socios comerciales desconcertados y por eso no hay inversión nueva. La certeza se genera con un Estado de derecho fuerte e independiente, con una infraestructura renovada y competitiva y con un Estado dedicado a lo suyo, sin intervenir ni cambiar las reglas del juego a su conveniencia. Sin eso no habrá inversión privada, que es la que genera empleo y crecimiento económico. Visitemos a Milton Friedman otra vez.

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