El mundo ha quedado sorprendido, por sorpresa también, ante el triunfo del partido de Marine Le Pen en las elecciones a la Asamblea Nacional de Francia la semana pasada. Macron y su partido habían perdido las elecciones parlamentarias europeas de manera estrepitosa y decidió copiar a Pedro Sánchez para ver si le salía la jugada. Pero no le salió. Hoy domingo, mientras escribo esto, no sabremos qué pasará en la segunda vuelta electoral francesa. Al final de la columna prometo reportarlo, pero tendrá poco que ver con mi reflexión.
La política en Francia y Europa desde De Gaulle hasta Hollande se había disputado en el centro. La democracia social y la democracia cristiana europea en realidad sólo se diferenciaban en cómo se aplicaban los presupuestos nacionales, pero con pocas diferencias políticas y sociales. Pero después de la caída del comunismo, las autollamadas izquierdas de hoy empezaron a tener problemas para mantener la cohesión de la gente y para atraer nuevos votantes. Lo resolvieron juntándose con comunistas trasnochados, pero más aún, escogiendo minorías “desprotegidas”, pero escandalosas para lograr más votantes. Los partidos que se colocan en la izquierda son una máquina de oportunismo electoral juntando todo lo que asustan permanentemente con el fantasma de la ultraderecha. Todo es mejor, aunque sea peor, menos la “ultraderecha”.
En ese trance, cualquier cosa que no se apegue a las banderas wokistas de la “izquierda” de hoy es fascismo puro y duro, en el recorrido que han hecho los líderes de esos partidos de la ventana de Overton. Y eso puede haber sido, que lo ha sido, un éxito electoralmente, pero ha creado una separación y división nueva en las sociedades. Lo que antes era aceptado con normalidad como forma social y cultural hoy se considera ultraderecha, y caen muchos incautos.
El problema radica en que las minorías desprotegidas se acaban y ya no hay manera de mantener el crecimiento electoral (considerando a quién se desanima también) y entonces hay que traer a otros “desprotegidos” de otros lados. Las élites globalistas (personas no electas que definen y empujan políticas al mundo, empezando por Europa) establecen cuotas de inmigración a Europa para cautivar futuros votantes. El problema es que esa inmigración es muy distinta a la europea en sus valores culturales y la gente se está hartando muy rápido. Han aguantado de todo, los han forzado y convencido en que había que defender causas y minorías de todo (sexuales, religiosas, sociales, raciales), pero no se habían visto amenazados como ahora, en convertirse en la minoría.
Hoy muchos países europeos que están siendo comidos por dentro con la combinación de bajas tasas de natalidad y altos índices de inmigración. La reversión de esos balances puede ser imposible en muchos países. Quien haya ido a Londres no me dejará mentir del riesgo real del crecimiento demográfico de otras culturas que tienen como misión destruir las libertades en donde viven.
A menudo se olvida que la vieja Europa ha pasado por todo, y las invasiones culturales, religiosas (musulmana particularmente) y raciales han sido amenazas reales que han costado siglos de guerras; eso no se olvida. Si bien Europa ha estado anestesiada voluntariamente después de las dos guerras mundiales que costaron tantas vidas, el cambio de rumbo político demuestra que hay disposición a defender cultura y patria.
Viktor Orbán en Hungría, Meloni en Italia, Rutte en Países Bajos y el crecimiento de los partidos libertarios son un signo inequívoco de que la gente está dispuesta a muchas cosas, pero no a todo y defenderán su cultura.
La política en Europa debe volver a un balance, los políticos de “izquierda” deben dejar de buscar votos en cualquier minoría y menos apostar por un cambio demográfico que les asegure adeptos; deben volver a buscar causas y objetivos que sean comunes para las mayorías.
Todo indica que en Francia la coalición de “centro izquierda y extrema izquierda vencieron a la extrema derecha”… confirmando mi punto.
