El enemigo está dentro

El último imperio, sin duda, ha sido EU.

Desde los tiempos del Imperio Romano, ha habido esa conjura, casi deseo de que Occidente cayera en un momento de crisis frente a alguna fuerza, nación o cultura considerada oriental.

Una y otra vez, la historia demostraba que el poderío de Occidente sólo cambiaba de manos como ha sucedido desde los últimos 2,500 años. De Grecia a Roma, de godos y ostrogodos a francos, a España, a Prusia, a Gran Bretaña, a Austria-Hungría, a los vikingos, etcétera (no es una lista ordenada ni exhaustiva, como lo habrá notado el lector).

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El último imperio, sin duda, ha sido Estados Unidos, desde la Segunda Guerra Mundial. Vale la pena recordar que antes de Estados Unidos, el Reino Unido era el imperio prevalente en el mundo, pero durante la Primera Guerra Mundial, los británicos prometieron a los estadunidenses que, si éstos entraban a la guerra del lado británico, el Reino Unido permitiría acceso a la naciente potencia a sus colonias y mercados. Lo anterior no sucedió y ésa fue una de las razones por las que los estadunidenses tardaron tanto en entrar a la Segunda Guerra Mundial. En esta ocasión pidieron garantías y consiguieron el dominio comercial de los mares, que era británico hasta 1945.

Gran Bretaña tuvo que aceptar el fin del imperio y soltar el sistema de colonias, intentando suplantarlas con una organización comercial que se le conoce como Commonwealth, que si bien ha garantizado ciertos accesos, no tiene la contundencia del ordenamiento imperial de antes.

Los estadunidenses, como ya he escrito en otras ocasiones, inventaron el nuevo orden a semejanza de las instituciones creadas en su propio país, mediante un sistema global multilateral que serviría como un sistema de contrapesos global para evitar conflictos (un sistema global de checks and balances).

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Y ese sistema ha funcionado bastante bien hasta que, ¡oh sorpresa! Los estadunidenses, no sus adversarios, decidieron bombardear el sistema. Una parte fundamental que hay que entender en el sistema establecido después de 1945 es que, aunque era multilateral, los estadunidenses se reservaron el papel de árbitro global, que consolidaron con la caída del comunismo.

Ese papel central de arbitro estaba centrado en una idea fundamental que hoy toma relevancia: se podía confiar en Estados Unidos como socio y como aliado ciegamente.

Desde luego, esto trajo algunos eventos no deseados como el letargo y la dejadez de Europa, que hoy sigue adormecida y siendo invadida lentamente sin mucha objeción gracias al buenismo cultural que la paz les ha implantado.

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Pero el punto era que los americanos siempre estaban ahí para garantizar la hegemonía occidental.

Aunque, como a menudo pasó durante el Imperio Romano, fueron sus propios emperadores quienes más daño hicieron a Roma.

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