¿El poder enloquece?
López Obrador fue acumulando resentimiento con los años, y el resentimiento acumulado fue aumentando su autoritarismo. No perdonaba haber perdido dos elecciones presidenciales, él, que se siente la encarnación de la patria, la nación y el pueblo, y convenció a muchos de sus seguidores de que no podía haber perdido, pues él era invencible…
No es verdad el lugar común que asevera que el poder vuelve loco a quien lo ocupa, por más que abunden ejemplos a lo largo de la historia de gobernantes que lo ejercieron como si, en efecto, su influjo los hubiese desquiciado.
No es verdad tal aseveración porque también es posible encontrar en los anales de Clío casos de quienes gobernaron con prudencia e incluso con admirable acierto. Claro que la sensatez es menos espectacular y no causa tanta alharaca como la insania.
Pienso en Nelson Mandela. Tras más de un cuarto de siglo encarcelado salió de prisión para convertirse en presidente de un país en el que durante 44 años la mayoría negra estuvo sojuzgada, marginada, discriminada por la minoría blanca, que era apenas la quinta parte de la población. Incluso se atentaba contra Eros: estaban prohibidos los matrimonios interraciales.
Cuando Mandela fue liberado y elegido presidente del país, abundaban quienes ansiaban vengarse de la minoría blanca. El nuevo mandatario pudo desatar una cacería para desquitarse de los agravios de varias décadas. Se lo exigían incluso sectores del partido que lo postuló para la presidencia.
Pero Mandela —hombre sabio, humanista y con valores éticos inquebrantables— no tenía sed de venganza, sino anhelo de que su nación se hiciera un país democrático, con igualdad de todos ante la ley. Pudo haber optado por la revancha; optó por la reconciliación.
Calígula no nombró cónsul a su caballo Incitatus —si es que esa divertida leyenda es verídica— porque el poder lo hubiese enloquecido, sino porque quería burlarse del Senado y, de ese modo, mostrar su desprecio a las instituciones del Imperio.
Hitler, Stalin y Mao no enloquecieron a partir de que llegaron a ser los tiranos de sus respectivos países: desde mucho antes de que se convirtieran en dictadores, desde que militaban en la oposición, querían instaurar una dictadura para hacer realidad sus delirantes ideales.
López Obrador fue acumulando resentimiento con los años, y el resentimiento acumulado fue aumentando su autoritarismo. No perdonaba haber perdido dos elecciones presidenciales, él, que se siente la encarnación de la patria, la nación y el pueblo, y convenció a muchos de sus seguidores de que no podía haber perdido, pues él era invencible… excepto si se fraguaba exitosamente en su contra un fraude electoral.
No tuvo la paciencia de esperar el inicio de su gestión para tomar la decisión —que dejó estupefactos a los mexicanos y al mundo— de destruir la colosal obra del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México que tantos beneficios hubiera reportado al país.
Después, ya como Presidente, procedió a otras destrucciones: el sistema de salud, la educación pública básica, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la Policía Federal, las estancias infantiles, las escuelas de tiempo completo, los comedores comunitarios, la selva maya… Y procedió, asimismo, a erosionar a los organismos autónomos, a hostilizar a sus críticos, a utilizar perversamente el derecho penal, a intimidar a jueces y magistrados.
¿Qué corazón hay que tener para permitir la muerte de miles de niños con cáncer que se vieron privados de sus medicamentos; para propiciar más de 800,000 fallecimientos en exceso durante la pandemia de covid que, en sus propias palabras, le vino como anillo al dedo a su proyecto político; para relegar a los médicos del sector privado en la vacunación contra el virus, factor decisivo para que la tasa de fallecimientos del personal de salud en México fuese la más alta del mundo; para carcajearse al señalar un titular de Reforma alusivo a una masacre?
López Obrador llama traidores a los cientos de miles de ciudadanos —Martí Batres sólo contó 95,000: lo suyo no son las cuentas— que se manifestaron el domingo pasado. ¿Traidores a qué, a quién? Los criminales son pueblo bueno; los opositores, traidores. ¡Qué descompuesto hay que estar para injuriar de esa manera al segmento de sus gobernados que no ha hecho más que ejercer un derecho!
Pero no lo desquició el poder, sino un narcisismo rencoroso y despótico, al que el poder volvió más pernicioso, y para el cual sólo hay una manera de que nos exima del grave cargo de traición: basta con que nos rindamos, que votemos por Morena el próximo 2 de junio. Entonces nos bañarían las aguas del Jordán, aunque al precio de entregar nuestro país sin pelear al partido que lo ha venido devastando.
