El honor de Miss México (II)

Ante el interés que despertó, el juicio fue transmitido por radio. Se colocaron transmisores en la calle de Humboldt y en avenida Juárez para que los transeúntes pudieran escucharlo. La gente se arremolinaba en esos puntos. Cientos de miles de mexicanos siguieron las audiencias en sus aparatos transmisores. Fueron llegando a la sala los miembros y el presidente del jurado, el fiscal...

El jueves 28 de noviembre de 1929 se iniciaría, a las nueve de la mañana, el juicio que más pasión ha despertado en México, el último juicio celebrado en el país ante jurado popular. Una multitud de todas las clases sociales, mujeres y hombres, acudió desde muy temprano al portón del Palacio Penal de Belén con la ilusión de entrar al salón de audiencias. La muchedumbre invadió toda la calle frontal del viejo inmueble y, dando vuelta, hasta el frente de las oficinas del Ministerio Público. El tránsito de vehículos quedó interrumpido. Al abrirse las puertas del edificio, una avalancha humana se precipitó al patio. Muchos se vieron obligados a subir a los corredores: el espacio en la planta baja era insuficiente para dar cabida a los asistentes.

Unas seis mil personas querían presenciar el juicio; solamente lograron ingresar a la sala unas cien. Otros, afortunados, contando con la complicidad de los ujieres, habían ocupado desde la madrugada el resto de las butacas. La capacidad del salón era de 400 asientos. No eran pocas en el público las mujeres guapas y elegantes —unas con atuendo de lujo, otras con vestidos sencillos, todas muy bien arregladas— portando su carmín y el espejillo para evitar la decoloración de los labios.

Ante el interés que despertó, el juicio fue transmitido por radio. Se colocaron transmisores en la calle de Humboldt y en avenida Juárez para que los transeúntes pudieran escucharlo. La gente se arremolinaba en esos puntos. Cientos de miles de mexicanos siguieron las audiencias en sus aparatos transmisores. Fueron llegando a la sala los miembros y el presidente del jurado, el fiscal, el defensor… Y por fin llegó María Teresa Landa, acompañada por el coronel Casimiro Talamantes, director de la prisión, y un adusto soldado. En un primer momento se hizo un silencio total. No se oía un solo ruido en el antiguo palacio. La apretada fila de curiosos abrió paso para que pasara la procesada. Entonces un largo murmullo la siguió.

Vestía un severo traje, sombrero y guantes, todo elegantísimo. La blancura del rostro hacía un contraste con el negro de la vestimenta que acentuaba la hondura de la mirada y las marcadas ojeras. La pena de esos días había afilado las facciones de María Teresa. Enlutada lucía más bella que nunca. El impacto que causa la belleza deja sin aliento. Como los colores del alba o las llamas del crepúsculo, no necesita porqués ni paraqués: le basta con mostrarse o ser descubierta para escalofriar y seducir. Y María Teresa Landa era tan bella que sólo mirarla provocaba estremecimiento. Cuando tomó asiento en un amplio sillón que la cortesía de los empleados colocó en lugar del incómodo banquillo de los acusados, el público y los miembros del jurado ya estaban hechizados.

“Al privar de la vida a su esposo, la señora Landa lo hizo en defensa de su honor”, sostuvo su defensor, el abogado José María Lozano, conocido por sus dotes oratorias como el príncipe de la palabra. “Honor —explica Rebeca Monroy—, ésta justamente es la palabra clave: su defensa, porque además era la palabra que podría limpiar el nombre de María Teresa de Landa o dejarlo enlodado para siempre… Hablar del honor en la actualidad resulta algo realmente ‘fuera de moda’, o extraño, o poco comprensible. El honor vinculado estrechamente a la decencia, a la educación, al ‘salir bien’, a la virginidad inmaculada” (María Teresa de Landa, una Miss que no vio el universo, INAH).

Es sumamente interesante uno de los argumentos del fiscal Luis Corona: la acusada no podía haber actuado ante la perspectiva de ser una mujer deshonrada porque ya no tenía honra alguna al desfilar en traje de baño durante el concurso Señorita México y por su comportamiento sexual, pues en unas fotografías, que él exhibió ante el jurado, aparece con la ropa subida más allá de la rodilla y un gatito acurrucado en su pecho.

El abogado defensor le respondió: “Debería usted consignar a las reinas que se bañan en las lujosas playas de Europa en traje de baño… Las mujeres se están librando del peso de las ideas anacrónicas, del milenario sojuzgamiento al que las redujo el hombre”. Al segundo señalamiento contestó la propia María Teresa: “Usted ha mostrado unas fotografías que ni mi padre conoce. Son cosas íntimas, señor fiscal. Las sacó mi marido, un recién casado lleno de entusiasmo por su mujer a la que cree bonita”.

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