El honor de Miss México (I)
María Teresa empezó a beber un vaso de leche en el comedor y tomó el diario La Prensa. De inmediato se reconoció: ahí estaba su fotografía... ¿Con qué motivo se ocupaban de ella y rompían el cerco de su intimidad si hacía mucho se había alejado de las candilejas, de las entrevistas, de los desfiles? Leyó con espanto el titular: Miss México, a las puertas de la cárcel
Hace 95 años tuvo lugar el último juicio celebrado ante jurado popular en nuestro país. La enjuiciada fue nada menos que la primera Miss México, María Teresa Landa, que había ganado el concurso de belleza organizado por Excélsior un año antes.
El domingo 25 de agosto de 1929, el general Moisés Vidal se levantó tarde. Se dirigió a la salita cercana llevando consigo la pistola Smith & Wesson de la que no se separaba nunca, una cajetilla de cigarrillos y un libro. María Teresa se levantó media hora después que su esposo, disponiéndose a aspirar a pulmón lleno todo el aire de dicha que la rodeaba. Estaba casada con el único hombre del que se había enamorado en su vida y, aunque era celoso, lo cual sin duda no es cómodo para ninguna cónyuge, la convivencia con él la hacía sentirse realizada.
María Teresa empezó a beber un vaso de leche en el comedor y tomó el diario La Prensa. De inmediato se reconoció: ahí estaba su fotografía, una de centenares que le fueron tomadas en ocasión del concurso Señorita México. ¿Con qué motivo se ocupaban de ella y rompían el cerco de su intimidad si hacía mucho se había alejado de las candilejas, de las entrevistas, de los desfiles? Leyó con espanto el titular: Miss México, a las puertas de la cárcel. Se anunciaba que ineludiblemente iría a prisión junto con su esposo. El día anterior, otra María Teresa, de apellido Herrejón, había acudido ante un juez a demostrar que era la legítima esposa de Moisés Vidal, con quien había procreado dos hijas, y a acusar a su marido de adulterio y bigamia.
Quiso escuchar de los labios de su amado la aclaración, el desmentido. De esos labios que tanta dulzura y tanta pasión habían derramado sobre ella. Saltó de la silla, que crujió al caer al suelo. Indignada, sofocada, desfalleciente, llegó hasta la salita donde Moisés leía tranquilamente su libro sin sospechar el tsunami que estaba por llegar. Caminó pisando fuerte, haciendo resonar sus pasos, hasta quedar frente a él. Sentía que se asfixiaba, que no podía respirar. Con el rostro distorsionado por el sufrimiento y manteniendo en la mano el periódico, trató de iniciar el reproche, pero no pudo pronunciar una sola palabra. Su boca estaba reseca. En su garganta se había formado un grueso nudo. Temblaba. Tuvo que hacer un esfuerzo supremo para reclamar con la voz apagada y trémula:
—¿Qué has hecho de mí? ¿Por qué me engañaste? Me hundes en la infamia. Has truncado mi vida y mis ilusiones. No me queda sino matarme, pues te voy a dar una muestra de lo mucho que te quiero.
Moisés quedó estupefacto. Con actuada serenidad replicó:
—No hagas caso de esas cosas. No te fijes.
Fuera de sí, cegada por una onda roja, con un silbido en los oídos, las sienes retemblando, María Teresa Landa sólo acertó a descubrir sobre la mesilla de centro la pistola Smith & Wesson. Como una autómata la asió y con voz enérgica, mientras se apuntaba al pecho o a la sien, avisó:
—No puedo resistir más: me mato.
Asustado, Moisés arrojó el libro a la mesita y, pálido del susto y la zozobra, imploró:
—Tú no, nena, no, Teche, tú no.
—No te me acerques porque te disparo —rugió María Teresa.
—Por favor, mi vida, deja esa pistola.
El general intentó incorporarse.
—¡Si te mueves, te mato!
María Teresa creyó adivinar la idea de Moisés de saltar sobre ella para arrebatarle el arma.
¿Qué fue lo que la hizo dejar de apuntarse y apuntar hacia su interlocutor? Nunca pudo respondérselo. Ese recuerdo y esa pregunta jamás la abandonaron. Durante años trató de desentrañar qué impresión, qué conmoción la impulsaron, y no logró explicárselo. No tuvo la menor idea de lo que era ese sordo sentimiento, el afán de venganza, y no lo sentía arder en sus venas. Veía un precipicio que se abría ante ella, sentía un desgarramiento en la parte más sensible y vulnerable de su alma. En ese instante se produjo el primer disparo. El gatillo del arma era muy sensible. Aprisionó la pistola con las dos manos y volvió a disparar, y volvió a disparar… hasta vaciar la carga. Lo vio abatido, ensangrentado. Entonces intentó darse un tiro. Pero las balas se habían agotado.
—¡Perdóname, mi amor! ¿Qué he hecho? ¡Auxilio! ¡Te amo! ¡No te mueras! ¡Por Dios! ¡No te mueras!
