Célibes involuntarios
El hombre despechado, advierte la psicóloga Dolores Irigoin, está habitado por un sentimiento de venganza que se apodera de él y lo ciega.
Tan espeluznante como el asesinato de un muchacho de 16 años en el CCH Sur de la Ciudad de México, perpetrado por un joven de 19, es el surgimiento de fans del autor de ese crimen. El asesino y la víctima eran estudiantes de ese plantel.
En Facebook ha sido encontrado un grupo que se denomina “Fans de Lex Ashton”, el nombre del homicida. Allí se lee: “Ser fan de Lex es entender que sus acciones están justificadas para nosotros los incels. Esta retribución nos conmemorará tal y como es”.
Ashton, tras asesinar a su compañero, intentó también matar a la novia de éste, pero la presencia de un trabajador administrativo que intentó detenerlo —sólo sé de ese héroe que se llama Armando y tiene 65 años—, al que hirió, lo hizo tratar de escapar incluso arrojándose de un segundo piso de la escuela, lo que le provocó fracturas de piernas y cráneo. Armando merece un homenaje de la UNAM.
Incel es el acrónimo de la expresión inglesa “involuntary celibate”, celibato involuntario, que alude a la situación de jóvenes que permanecen célibes no por elección, sino porque son desafortunados en su relación con las muchachas.
En los grupos de incels, que aglutinan a decenas de miles de adolescentes, las quejas son abundantes. Un usuario escribió: “Habemos incels que ni amigas hemos tenido, la conversación más larga que he tenido con una chica en toda mi vida ha sido de un minuto. Mi presencia les incomoda, les da asco y me rechazan” (reportaje de Verónica M. Garrido en El País, 28 de septiembre).
“Al encontrarse en las redes digitales —explica Raúl Trejo Delarbre en un espléndido artículo sobre el tema (Nexos, 30 de septiembre)— los incels se identifican por su incapacidad para relacionarse con mujeres. Intercambian opiniones sobre su aislamiento social y, aunque admiten que quisieran tener trato con mujeres, expresan una intensa misoginia. Hacen de su resentimiento una causa y despliegan una suerte de victimismo colectivo. Su timidez está ligada con una deficiente autoestima”.
La frustración sexual ha conducido a los incels a la envidia hacia los chads, como llaman a los hombres que gozan de éxito con las mujeres, y al resentimiento contra las foids, como denominan despectivamente a las chicas. Los incels se consideran injustamente discriminados, condenados al celibato no escogido sino impuesto por la discriminación, porque las foids eligen invariablemente a los chads, nunca a ellos.
De la envidia, el resentimiento y el sentimiento de que se es víctima de una injusticia, algunos —como Lex Ashton— pueden transitar a la violencia. Ashton confió a los médicos que lo atendían que, inspirado en los episodios de muchachos que han asesinado a compañeros en escuelas estadunidenses, pretendía matar a seis estudiantes. El hombre despechado, advierte la psicóloga Dolores Irigoin, está habitado por un sentimiento de venganza que se apodera de él y lo ciega.
Pero, por supuesto, no todos los hombres despechados actúan violentamente (en México muchos se han desahogado escuchando, con unos tequilitas, canciones de José Alfredo Jiménez). Supongo que ha sido distinta de unos incels a otros la cantidad de fracasos ante las chicas que los llevaron a la metamorfosis kafkiana.
¿Y si a los que se transformaron en incels les faltó un intento, o no acertaron en la elección de la diana, o no se esforzaron en parecerles más simpáticos o más interesantes a las muchachas? En la adolescencia tuve un amigo muy querido —el gran Rotger Rosas— que decía divertido: “A nadie le han dicho que no tantas veces y tantas mujeres como a mí”. Su reacción al rechazo no fue de envidia ni de resentimiento ni de victimización. Siguió insistiendo hasta que, al fin, una mujer le dio el sí.
Es verdad que no hay mayor tesoro que las caricias —o aun sólo la compañía, las palabras o los silencios compartidos— de la mujer que se ama o se desea. Nos hacen, por decirlo con palabras de Borges, rozar la décima esfera de los cielos concéntricos. La pena que causa no poder disfrutar de ese bien es intensa y con frecuencia perdurable. Pero la vía para superarla o tolerarla no puede ser razonablemente el asesinato.
No sé en qué medida ni en qué porcentaje de casos la terapia psicológica pueda prevenir la violencia de un hombre de baja autoestima que se siente humillado. Quizá, como señala Savater, ningún consejero matrimonial hubiera impedido la tragedia de Otelo (La tarea del héroe). Pero, por supuesto, hay que hacer todos los esfuerzos por lograr en la convivencia eso que llamamos cordura.
