La odisea

Sin duda, los múltiples trabajos del oceanógrafo JacquesYves Cousteau han acompañado a varias generaciones de lectores y televidentes. Al mismo tiempo, es una figura hecha a un lado en los últimos años, aunque, insisto, todos sabemos quién es. Un avión bimotor vuela ...

Sin duda, los múltiples trabajos del oceanógrafo Jacques-Yves Cousteau han acompañado a varias generaciones de lectores y televidentes. Al mismo tiempo, es una figura hecha a un lado en los últimos años, aunque, insisto, todos sabemos quién es.

Un avión bimotor vuela bajo sobre el mar. El piloto y copiloto van disfrutando de la vista y comentan que la nave quedó bien después de algunas composturas. Súbitamente, algo falla y el avión se estrella en el agua, sumergiéndose con sus ocupantes.

Ésa es la primera secuencia de la película La odisea (L’odysee, Francia, 2016), que se estrenó en México el viernes pasado. Dirigida por Jérôme Salle y coadaptada por él con base en textos de Jean-Michel Cousteau, hijo del explorador marino, y Albert Falco, quien fue la mano derecha de Jacques durante 37 años. Falco decía que “el verdadero peligro para el mar es el hombre, nosotros somos los tiburones”.

Esta biopic “indecisa” de Jérôme Salle sigue la vida del oceanógrafo visionario a quien, independientemente de su tendencia a comercializar y hacer dinero con sus expediciones, que en los primeros años alteraban la armonía de la flora y la fauna marinas, se le reconocen mundialmente sus años de esfuerzos y compromiso para llamar la atención del mundo hacia el espacio interior y preservar las condiciones de los ecosistemas marinos.

El actor Lambert Wilson personifica a Cousteau desde que es un joven retirado de la marina que sueña con dedicarse a fotografiar los mares del mundo y compra un barco que después se hizo legendario, el Calypso, con el que recorrió y descubrió regiones del mundo totalmente vírgenes, acompañado por una incondicional tripulación, de su esposa Simone, en una gris interpretación de Audrey Tautou, y sus dos hijos Jean-Michael y Philippe, al que da vida un muy convincente Pierre Niney, y que es de alguna manera el personaje antagónico con el que Jacques entra en pugna por sus diferencias en los primeros años en las expediciones en las que cada uno tenía conceptos e intereses radicalmente opuestos. Lamentablemente, Jérôme Salle se queda en la superficie de sus personajes y se apoya en esa confrontación padre-hijo para dar un hilo dramático al relato. Mientras, Jacques va construyendo un emporio a través de la venta de sus películas y programas de televisión, incluso, con premios en Cannes y el Oscar, como El mundo del silencio, Philippe era mucho más romántico y se niega a que el hombre deje huella y altere la tranquilidad de la vida marina. Un largo tramo de la película destaca ese alejamiento de los personajes. Ya hacia los últimos minutos parecería que se decide la reivindicación del fotógrafo y explorador submarino, por cierto, muy merecida, aunque en una buena parte de La odisea, Jacques Cousteau no queda bien parado.

La fotografía submarina de Matias Boucard aporta secuencias de una enorme belleza, y la música compuesta por Alexandre Desplat, vestida de acordes muy acuáticos, enmarca el relato.

Aunque es recomendable, La odisea nos “queda a deber”.

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