Todos están muertos
En este mes de octubre es costumbre que lluevan títulos de películas de terror, de fantasmas, de muertos entre los vivos. Algunas buenas, la mayoría pésimas. De España nos llega una comedia dramática con tintes mexicanos: Todos están muertos, dirigida y escrita por ...
En este mes de octubre es costumbre que lluevan títulos de películas de terror, de fantasmas, de muertos entre los vivos. Algunas buenas, la mayoría pésimas.
De España nos llega una comedia dramática con tintes mexicanos: Todos están muertos, dirigida y escrita por la realizadora Beatriz Sanchís en lo que es su primer largometraje. Coproducción México-España-Alemania, el año pasado ganó el Premio a la Mejor Ópera Prima en el Festival de Cine de Guanajuato.
Todos están muertos cuenta la historia de una familia con mucha basura bajo el tapete. El personaje central es Lupe, a la que interpreta Elena Anaya, una sólida actriz muy exitosa en España, que ya trabajó en coproducciones mexicanas como La habitación azul, Sin noticias de Dios, Sólo quiero caminar. Protagonizó, además, junto a Antonio Banderas, La piel que habito, una de las mejores películas de Pedro Almodóvar.
Anaya se adueña de la película sacando adelante la historia de Lupe, una excantante de rock, muy venida a menos, que por un trauma que iremos descubriendo, ha decidido desde hace 14 años, romper con el mundo exterior entregada a una patológica agorafobia, sin salir del modesto hogar que comparte con su madre mexicana, Paquita —muy bien Angélica Aragón—, que es toda una bocanada de aire fresco, y su hijo Pancho, un incipiente Christian Bernal, quien debuta en esta cinta en un personaje que carga demasiado peso para su escasa solvencia actoral. Resulta demasiado inexpresivo aun con las características del personaje.
Pancho es el narrador de la historia que desde el principio nos habla de las rarezas de su madre a la que no soporta (y viceversa), de su entrañable abuela Paquita, de su interés por el rock, de su solitario despertar sexual en medio de la confusión.
Lupe se dedica a hacer tartas de manzana de manera compulsiva y a rumiar un dolor que la tiene paralizada, pues se encuentra completamente inhabilitada para elaborar un duelo. El desencuentro afectivo de esta familia está estrechamente relacionado con la muerte de Diego, el otro hijo de Paquita, y mancuerna profesional de Lupe cuando juntos formaban el grupo Groenlandia, de gran éxito en los ochenta.
En medio de la impotencia para hacer que Lupe reaccione, Paquita consulta con otra amiga mexicana, Patricia Reyes Spíndola, que con algunas extrañas artes hace que Diego, el hijo muerto interpretado por Nahuel Pérez Biscayart, regrese de la tumba siendo visible solamente para Lupe, “a la mejor con eso reacciona y nadie se va a enterar”.
El tema de los muertos que regresan para ajustes de cuentas y aclaraciones con los vivos no es nuevo en el cine, pero hay que reconocer que en Todos están muertos, el trabajo de los actores, particularmente Elena Anaya y Angélica Aragón, la hace una historia entrañable, con líneas narrativas muy femeninas, pero que, además, son interesantes para espectadores masculinos.
Todos están muertos es un buen debut de Beatriz Sanchís, que aunque con ciertos tropiezos en el guión, saca adelante una película que funciona y que se deja ver.
Lamentablemente se exhibe en pocas salas de la Ciudad de México, hay que “peinar” la cartelera.
