El soporte de la CDMX está perdiéndose

Lorena Rivera

Lorena Rivera

Editorial

¿Qué sostiene a la Ciudad de México? No son sus calles ni vías rápidas, tampoco el Metro ni sus riquezas arquitectónicas. Son 88 mil 400 hectáreas de suelo de conservación que soportan la metrópoli, pero que presentan deterioro acelerado y pérdida de funciones ecosistémicas y biodiversidad.

Los bosques de encino, de oyamel y de pino de las alcaldías Álvaro Obregón, Cuajimalpa, Magdalena Contreras, por ejemplo, enfrentan amenazas, como presión inmobiliaria, asentamientos humanos, tanto regulares como  irregulares; no sólo eso, la deforestación se ha acelerado y fragmenta estos tipos de ecosistemas. 

Mientras que el sistema chinampero en las alcaldías Xochimilco y Tláhuac está en peligro de desaparecer no sólo por la deforestación, el crecimiento urbano caótico y el abandono, sino también por la contaminación del agua y la introducción de especies exóticas que ponen en riesgo la biodiversidad del ecosistema.

Al sistema de milpas de Milpa Alta, Xochimilco y Tlalpan la mancha urbana lo está devorando, provocando que pueblos originarios vean cada vez más pérdidas en sus pequeñas cosechas de calabaza, maíz, cilantro y nopal, que los ayudan a sobrevivir.

Lo anterior forma parte del suelo de conservación de la Ciudad de México que provee servicios ecosistémicos fundamentales para que más de nueve millones de habitantes podamos vivir, porque regula el clima, es fábrica de agua (infiltración al acuífero), captura carbono y otros contaminantes; además, habita 12% de las especies de flora, fauna y microorganismos del país. Y, por si fuera poco, es fuente de trabajo de miles de familias. 

El suelo de conservación es la franja ecológica de la capital del país que representa 59% del territorio, pero este sistema está siendo destruido, pedazo a pedazo.

La semana pasada, investigadores del Instituto de Geografía de la UNAM presentaron los hallazgos del estudio Análisis del impacto del suelo de conservación de la Ciudad de México por cambios de uso de suelo 2025, que da cuenta sobre el crecimiento acelerado de la mancha urbana. Conversión de bosques a zonas habitacionales, expansión agrícola sin manejo sostenible, reducción de humedales y cuerpos de agua, así como el trazo ilegal de caminos y el crecimiento urbano no regulado, con impactos documentados entre 2015 y 2023 en ocho alcaldías, Tlalpan, Milpa Alta, Xochimilco, Tláhuac, Magdalena Contreras, Cuajimalpa, Álvaro Obregón e Iztapalapa.

El sur y el poniente de la ciudad no pueden admitir perder ni una hectárea más de suelo permeable y de árboles.

De acuerdo con científicos de la UNAM, el acuífero recibe 700 millones de metros cúbicos al año, pero se extraen mil 300 millones, un déficit crónico que sólo puede cerrarse con suelo vivo, con bosque que capture la lluvia y la infiltre lentamente hacia el subsuelo. Sólo es posible con suelos permeables, libres de concreto, un proceso que ocurre en el suelo de conservación.

Cada árbol talado en Milpa Alta, cada lote pavimentado en Tláhuac o en Cuajimalpa reducen esa capacidad de manera irreversible en esta ciudad en bancarrota hídrica.

Ni se diga que con cada árbol que se tala y da paso a la urbanización, también se pierde la capacidad de capturar carbono y limpiar el aire de una metrópoli en la que los días contaminados y con partículas finas son más que aquellos con aire respirable.

Modelos de investigadores de la UNAM proyectan que el suelo de conservación podría reducirse hasta 38% para 2060, con el crecimiento urbano extendiéndose hacia Tlalpan, Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta. 

Por su parte, la UAM Xochimilco ha documentado con detalle la historia de los humedales capitalinos. De las seis mil hectáreas de humedales que alguna vez existieron en Xochimilco y Tláhuac, la gran mayoría está parcial o totalmente afectada. Estas zonas no son sólo hábitat de ajolotes y aves acuáticas —aunque eso ya sería razón suficiente para protegerlas—, son reguladores de temperatura, almacenes de carbono, filtros naturales de agua y amortiguadores de inundaciones. Cuando se pierden, las islas de calor urbanas se intensifican.

¿Qué ha hecho el gobierno capitalino? Desde 2019 se asignan mil 100 millones de pesos anuales para el cuidado y restauración del suelo de conservación, lo que, según las autoridades, ha frenado el crecimiento de la zona urbana en 41 por ciento.

La reforma constitucional para garantizar presupuesto mínimo permanente es un avance, pero no es suficiente si la planeación urbana de la ciudad sigue tratando al suelo de conservación como un asunto periférico, como tierra en espera de ser conquistada por las inmobiliarias, en lugar de reconocerlo como la columna vertebral de un sistema de soporte vital que, una vez roto, no tiene reparación posible.

Lo que falta no es sólo dinero ni voluntad política, falta claridad en el debate público y la planeación urbana.

El suelo de conservación no es campo, no es “lo que queda fuera de la ciudad”. Es infraestructura crítica de primer orden, tan esencial como el sistema de drenaje o las líneas del Metro. La diferencia es que, cuando una línea del Metro falla, se cierra y se repara. Cuando un bosque se convierte en fraccionamiento ilegal, no hay vuelta atrás.

María Teresa Sánchez Salazar, directora del Instituto de Geografía de la UNAM, precisó que la situación del suelo de conservación es un reflejo del crecimiento desordenado y explosivo de expansión urbana de la metrópoli más grande de México, y la necesidad de un programa general de ordenamiento territorial con información actualizada es urgente.

Eso es exactamente lo que hay que exigir, un modelo de planeación metropolitana que trate la conservación del suelo como lo que es, la condición mínima para que esta ciudad siga siendo habitable.