A la crisis climática se suma el Doomsday... nuclear

La humanidad nunca había estado más en riesgo como ahora. A la amenaza que ya representan la triple crisis planetaria (cambio climático, contaminación y pérdida de biodiversidad) y la bancarrota hídrica —que tienen a los sistemas que soportan la vida en el mundo en un punto de quiebre—, se suma el fantasma de una tercera guerra mundial y... nuclear.

Estas amenazas no pueden entenderse de manera aislada porque juntas y por sí solas apuntan a catástrofes de la magnitud del Apocalipsis.

Las confrontaciones geopolíticas han escalado de tono, ya no son sólo amagos arancelarios ni las intenciones de colonizar nuevas tierras bajo el argumento de seguridad nacional o capturar y deshacerse de los “bad hombres” que envenenan con sustancias ilegales y mortales, sino que ahora regresa, quizá más fortalecida, la carrera armamentista nuclear entre Estados Unidos y Rusia, a las que se suman otras potencias que cuentan con arsenales listos para detonar y así mostrar poderío a la menor provocación.

Después de 35 años, el mundo vuelve a navegar sin brújula porque el 5 de febrero pasado expiró el tratado New START (Tratado de Reducción de Armas Estratégicas), uno de los mecanismos de control de armas nucleares entre las máximas potencias, Estados Unidos y Rusia.

Justo cuando el Reloj del Apocalipsis o Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock) marca 85 segundos antes de la medianoche y advierte que nunca la humanidad había estado tan cerca de la autodestrucción.

No es una metáfora cualquiera, es un “recordatorio de los peligros que debemos afrontar si queremos sobrevivir en el planeta”, indica el Boletín de Científicos Atómicos.

Cuando se creó el Reloj del Juicio Final, en 1947, las armas nucleares eran el más grande de los peligros para el mundo, ya que Estados Unidos y la extinta Unión Soviética tenían el dedo en el botón rojo.

Con el fin del tratado New START, la autodestrucción se ve cercana; esta vez el precipicio tiene dos bordes: uno nuclear, otro climático, ambos alimentándose mutuamente en una espiral que amenaza con convertir el planeta en un desierto radiactivo y ardiente.

La mayor parte de los humanos estamos en manos de unos cuantos con hambre de poder y cegados por la soberbia. Líderes sedientos de ganancias provenientes de los combustibles fósiles y, sin importar pasar por encima de pueblos y el frágil ambiente, ya van por tierras raras y minerales críticos.  

La crisis climática es una amenaza existencial y puede verse como equivalente al arsenal nuclear de Estados Unidos, Rusia, China, India, Pakistán y Corea del Norte, por citar algunas naciones que no dejan de fabricar armas de destrucción masiva. Dos caras de una misma patología de la civilización posSegunda Guerra Mundial.

Las bombas nucleares lanzadas por EU en agosto de 1945 contra Japón mataron a 140 mil personas en Hiroshima, y 74 mil en Nagasaki, no deben olvidarse por las terribles repercusiones radiactivas que tuvieron en los sobrevivientes, como diversos tipos de cáncer, así como tormentas de fuego que incineraron ecosistemas, contaminación del aire y lluvia radiactiva que cayó al suelo y al agua.

La expiración del New START elimina el último vestigio de transparencia entre EU y Rusia, que juntos controlan alrededor de 90% de las 12 mil 200 ojivas nucleares que existen en el mundo, de acuerdo con datos de Statista.

Naciones Unidas indica que este armamento es más potente que las dos bombas nucleares Little Boy (lanzada por el bombardero Enola Gay sobre Hiroshima) y Fat Man (por Bockscar sobre Nagasaki).

Sin un nuevo tratado, la humanidad que lucha por adaptarse a nuevas condiciones climatológicas derivadas de la triple crisis planetaria y la bancarrota hídrica, estará a merced de las “buenas intenciones” de las dos potencias, pues no habrá por el momento inspecciones mutuas, límites verificables ni canales de comunicación que durante décadas evitaron malentendidos fatales.

El mundo es testigo no de un olvido diplomático, sino de un acto deliberado para priorizar la competencia por recursos sobre la supervivencia colectiva.  

Como se expuso en este espacio, el Informe de Riesgos Globales 2026 que el Foro Económico Mundial presentó en enero pasado, previo a la cumbre de Davos, advierte sobre riesgos como la confrontación geoeconómica o los conflictos bélicos, pasando por la interconexión entre pérdida de biodiversidad y fenómenos meteorológicos exacerbados por el cambio climático.

Las tensiones geopolíticas actuales, con miras a escalar, no se entienden sin mapear yacimientos de litio, cobalto, tierras raras y minerales críticos o estratégicos para la transición energética, pero también para fabricar armamento militar avanzado.

Estados Unidos, Rusia y China están al acecho.

Así, Groenlandia, con sus reservas bajo el hielo que retrocede, deja de ser remota para convertirse en botín. Venezuela, con las mayores reservas petroleras del mundo, permanece en el centro de cálculos que poco tienen que ver con democracia. Ucrania, con tierras raras sin explotar, se vuelve pieza clave donde la energía define alianzas.

La fragmentación del orden nuclear agrava el panorama. China acelera la modernización de su arsenal. Pakistán, India y Corea del Norte operan en zonas grises, y conflictos como Gaza amenazan escaladas impredecibles.

Todo esto debilita el Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares, puesto que su legitimidad se basa en que las grandes potencias avanzarían de buena fe hacia el desarme.

El fin del New START no es un asunto marginal de seguridad global, es una crisis ambiental a escala planetaria, porque una guerra nuclear, incluso limitada, no sólo mataría millones de personas, sino que destruiría la capacidad de la biosfera, de por sí trastocada por la crisis climática, para sostener civilizaciones humanas durante generaciones.

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