“De los zapatos al tequila”
El contraste resulta todavía más obsceno si se observa el contexto. El presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar, participaba en ceremonias donde se hablaba de pueblos originarios, de bastones de mando, de respeto simbólico a comunidades históricamente sometidas. Del bastón de mando al zapato caro
La semana pasada vimos un hecho inédito que no se había visto en la política mexicana. La prepotencia y la soberbia de alguien a quien le queda muy grande el puesto. Hugo Aguilar, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, permitió que su directora de Comunicación Social y otro funcionario le limpiaran los zapatos. La bajeza de este sujeto no tiene límites, incluso se atrevió a mentir de manera reiterada en su comunicado, como bien lo destacó la periodista Azucena Uresti.
En cualquier otro país democrático, este señor hubiera tenido que renunciar a su cargo. Desafortunadamente, al otro día la Presidenta de la República, en lugar de defender a una mujer que fue violentada, decidió simplemente decir que él ya había sacado un comunicado. Si este hecho hubiera sucedido con un personaje de la oposición, seguramente su reacción hubiera sido virulenta contra el funcionario.
Es un retrato descarnado de cómo se ejerce el poder dentro de una institución que presume dignidad, autonomía y altura moral. No se trata de una imagen aislada, sino de una escena que deja ver una cultura institucional basada en jerarquías abusivas, prepotentes y privilegios normalizados.
A este hecho se suman las togas que son más caras que cualquier traje de diseñador, las camionetas blindadas, los chefs con cargo al erario, por mencionar algunos.
El contraste resulta todavía más obsceno si se observa el contexto. Hace no mucho, el presidente de la Corte participaba en ceremonias donde se hablaba de pueblos originarios, de bastones de mando, de respeto simbólico a comunidades históricamente sometidas. Del bastón de mando al zapato caro. Del discurso de humildad a la escena de pleitesía. De la retórica del servicio público a los zapatos de lujo que alguien debe limpiar en público. Es la metáfora perfecta de una institución que perdió toda noción de pudor, pero que exige reverencias.
Esa misma lógica de impunidad se repite, con otras formas, en la política local. En el caso del alcalde de Tequila, hay que decir algo que muchos evitan, qué bueno que se detuvo a un alcalde con ligas claras al crimen organizado.
Ésa es, ni más ni menos, la obligación básica del Estado. No es un logro extraordinario, es el mínimo indispensable.
Diego Rivera es simplemente un peón, un pequeño personaje dentro del universo del crimen organizado. Si realmente existiera una voluntad clara del gobierno, tendría que ir por los políticos de Morena de alto nivel, como son Américo Villarreal, Rubén Rocha Moya, David Monreal, Adán Augusto López, Marina del Pilar, Félix Salgado, por mencionar algunos. Todos tienen denuncias, pero no pasa nada.
El INE tiene protocolos, formatos, revisiones de gastos de campaña y supuestos controles patrimoniales. En el caso de Diego Rivera, pero también de varios de los hoy gobernadores, Claudia Sheinbaum pidió el voto por cada uno de ellos. Es claro que Morena está lleno de vínculos con el crimen organizado y que, según trabajos periodísticos de fondo, se ha comprobado que recibieron dinero de los mismos para financiar sus campañas ilegales.
Ésa es la historia real de un partido que decidió asociarse con el crimen organizado. Eso no es justicia. Es simulación.
