No escucho su obra, pero sé que sus composiciones son sicalípticas y que utiliza lenguaje soez; no he acostumbrado suficientemente mi oído a su acento y pronunciación como para entender por completo lo que dice, pero sospecho que su vocalización no es la ideal; y su estilo, sencillamente, no es lo mío. En resumen, Bad Bunny no tenía nada que espoleara mi respeto… hasta el domingo pasado. A mi parecer, el seis veces laureado con premios Grammy, durante su show de medio tiempo en el Super Bowl, justificó su epíteto de artista. Y es que un artista es quien sabe proporcionarnos un sucedáneo simbólico de la realidad, destacando deliberadamente aspectos que despiertan la pasión. Eso hizo.
Su espectáculo estuvo cargado de simbolismo, o sea, de representaciones que iban dirigidas a apuntalar una misma idea: “Lo único más fuerte que el odio es el amor”. Es verdad, por primacía ontológica, el amor es más fuerte que el odio. Para Max Scheler, el filósofo, fenomenólogo y axiólogo alemán, el amor es un acto positivo y creador que descubre valores, eleva al objeto amado y amplía el mundo de lo valioso. El odio, por el contrario, es negativo y reactivo, o sea que, no crea nada, sólo puede negar, deformar o destruir lo valioso que previamente haya sido descubierto por el amor. Lo anterior quiere decir que el amor es originario y el odio secundario, por lo tanto, dependiente. Dicho con palabras más sencillas: para odiar, es necesario primero haber amado o, si se prefiere, solo se puede odiar aquello que previamente ha estado inscrito en el campo del amor, del interés o de la estima.
Lo anterior se reafirmó en el hecho de haberse convertido en el primer artista en dar un espectáculo en el Super Bowl completamente en español, justamente cuando nuestra lengua enfrenta una cruzada en territorio estadunidense, lo cual no es casualidad: el español es la lengua cuyo uso más está creciendo en educación, diplomacia, cultura, economía e internet, por lo que, dentro de las más de 7 mil reconocidas, es la cuarta más poderosa, según el Power Language Index, y continúa avanzando. La sola excepción la hizo al decir: “God bless America!”, para enseguida pasar revista a todos los países del continente (olvidó Bolivia), con la clara intención de ordenarlos de sur a norte, y no con un neutral orden alfabético. Una nada sutil protesta contra la llamada Doctrina Donroe. Otra insinuación obvia fue la de interpretar la canción El apagón, haciendo alusión a la falta de suministro eléctrico que padece la isla de Puerto Rico desde el paso del huracán María (2017), y que no ha recibido la asistencia anhelada, a pesar de ser territorio estadunidense (desde 1898). Incluso consiguió que los espectadores nos preguntáramos quién era el niño al que entregó un Grammy, generando teorías de que podría ser Liam Ramos, o su representación, un niño que fue detenido el pasado 20 de enero en Minnesota y trasladado a un centro de detención de inmigrantes, hasta que un juez federal ordenó su liberación, el 1 de febrero.
Fue valiente. Hizo lo que debía; de lo contrario, hoy le recriminaríamos, con razón, el haber perdido una oportunidad dorada. Su éxito queda aureolado por el enfado del presidente estadunidense y el fracaso de un concierto alternativo simultáneo que pretendía opacar el suyo. Era lógico: abrazarnos a nuestras madres (lengua, tierra, cultura, tradiciones, etcétera) es el recurso natural de cualquier colectivo acosado hasta el límite. Una historia ya conocida.
RESPETO
La palabra “respeto” deriva del verbo latino respicere, “mirar de nuevo”, o con atención. Podré no disfrutar su música, pero se ha ganado mi respeto.
