América en español

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

El domingo 8 de febrero de 2026, Benito Antonio Martínez Ocasio hizo algo que ningún otro artista había logrado en las seis décadas de historia del Super Bowl: redefinir qué significa ser americano frente a 153 millones de espectadores, en español, mientras ICE amenazaba con rondar el estadio y Trump organizaba un contrashow (que ni él vio) con Kid Rock (que ni él conoce). La jugada maestra de Benito fue semántica y brutal. Cuando gritó “God bless America, o sea...” y procedió a nombrar cada país de Norte y Sudamérica —desde Canadá hasta Argentina—, estaba recordándole a 200 millones de personas que “América” es una apropiación lingüística que ha permitido que un solo país se adueñe de la identidad de un continente entero.

El show fue resistencia cultural envuelta en reggaetón. La casita puertorriqueña con su marquesina, el vendedor de piraguas, la boda real oficiada en vivo, cada elemento era un recordatorio: esto también es América. Los 4.1 trillones de dólares que aportan los latinos a la economía estadunidense (la quinta economía del mundo) también son América. Los 39 millones de fans latinos que hacen “matemáticamente imposible” el crecimiento de la NFL también son América.

Lady Gaga cantó y bailó en tono de salsa. Ricky Martin, quien décadas atrás tuvo que hacer un disco en inglés para “triunfar”, ahora cantaba Lo que le pasó a Hawaii —sobre gentrificación y colonialismo. En la casita-marquesina bailaban Pedro Pascal, Karol G, Jessica Alba, Cardi B y Young Miko. Las redes explotaron: Jennifer Lopez, J Balvin, Shakira, Bruno Mars, Alexandria Ocasio-Cortez. Kacey Musgraves fue filosa: “Eso me hizo sentir más orgullosamente americana que cualquier cosa que Kid Rock haya hecho jamás”.

Bad Bunny subió a un poste eléctrico durante El apagón —denunciando los apagones perpetuos en Puerto Rico que no se han resuelto desde el paso de María, hace ya 10 años. El número 64 en su jersey: el que portó su tío fallecido cuando jugó americano. La escena del niño con el Grammy: él mismo, Benito, a la misma edad del chiquito Liam detenido por ICE en Minneapolis. El azúcar de caña, los bloquecitos, el salón de las uñas, la taquería: símbolos del trabajo y la autoconstrucción como resistencia. Todo esto mientras Trump prometía redadas masivas y el Congreso sugería que Bad Bunny tenía “audiencia de nicho”. El cantante más escuchado del mundo. Nicho. Así le dicen los que siguen negando el cambio climático, los que siguen proclamando que la raza blanca es superior, los que piensan que Estados Unidos es “América”. ¿Quiénes son el “nicho”?

Lo revolucionario del mensaje de Bad Bunny es: “No necesitamos traducción, no necesitamos permiso”. Bad Bunny rompió el contrato de asimilación frente a 153 millones de personas. Cantó 13 minutos en español. No pidió disculpas. Y el mundo bailó.

Trump llamó al show disgusting. Perfecto. Su furia es la medida exacta del éxito de Benito. Cuando tienes que organizar un contrashow con Kid Rock y llamarlo “All-American”, ya perdiste. Los 4.1 trillones de dólares del GDP latino, los 19.8 mil millones de streams de Bad Bunny en 2025, su Grammy al Álbum del Año —el primero en español— dicen lo contrario.

Benito puso a Puerto Rico —isla colonia, territorio sin voz— en el centro del espectáculo más visto de Estados Unidos. Pero esa casita que construyó en Levi’s Stadium no tiene puertas cerradas. Es nuestra casita. Y hay lugar para todos los que quieran seguir construyendo este piso de dignidad.

Ahí está el espacio para Salma Hayek, Sofía Vergara, Gael García Bernal, Diego Luna, Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón, Lin-Manuel Miranda, John Leguizamo, Aubrey Plaza, Oscar Isaac, Peso Pluma, J. Balvin, Maluma, Kali Uchis, Alondra de la Parra —quien ha demostrado en Carnegie Hall que la partitura latina tampoco tiene idioma oficial—. En esa casita también caben los gemelos Castro, Sonia Sotomayor, Canelo Álvarez, Lionel Messi y todos los que tienen plataforma o influencia cultural.

Porque Debí tirar más fotos es un recordatorio de que este momento es irrepetible. Y si no lo aprovechamos ahora, las futuras generaciones dirán: debieron haber hecho más. La casita está construida. La marquesina está lista. El dominó está sobre la mesa. La pregunta no es si la comunidad latina merece dignidad en Estados Unidos. La pregunta es: ¿quién más le entra a perrear para que nunca, nadie más, ose cuestionarla?

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