El año pasado, 2025, fenómenos meteorológicos extremos, como olas de calor, incendios e inundaciones, llevaron a millones de personas en distintas regiones del planeta al límite de su adaptación, un recordatorio de que será la constante, de acuerdo con un grupo de científicos del clima.
La crisis climática hizo que las temperaturas globales fueran tan altas que 2025 ya está inscrito como uno de los tres años más calurosos desde que se tienen registros.
El informe Evidencia e impactos desiguales, límites a la adaptación: Clima extremo en 2025, elaborado por el grupo científico World Weather Attribution (WWA), traza un mapa inquietante del presente desestabilizado por la crisis climática de origen antropogénico.
Se trata de un análisis detallado de 22 fenómenos meteorológicos extremos, de 157, ocurridos a lo largo del año pasado —olas de calor (49), inundaciones (49), tormentas (38), incendios forestales (11), sequías (7) y olas frías (3) que son cada vez más mortales y frecuentes— que dejaron muertes, comunidades arrasadas y sistemas productivos al borde del colapso.
La principal conclusión del informe anual de WWA es contundente: el clima extremo ya no es una anomalía, sino una nueva normalidad con impactos desiguales.
Las poblaciones con menos recursos, menor infraestructura y escasa protección social concentran los daños más graves, incluso cuando los eventos afectan a regiones muy distintas del planeta.
El análisis subraya que la capacidad de adaptación está llegando a límites físicos y sociales en numerosos contextos, pues no se trata sólo de prepararse mejor, sino de reconocer que hay umbrales que, una vez cruzados, multiplican las pérdidas.
Entre los 22 fenómenos analizados en África (3), América (7), Asia (5), Europa (6) y Oceanía (1), las olas de calor ocuparon un lugar central y las bautizaron como “asesinas silenciosas”. El informe muestra que éstas se han intensificado de manera considerable desde la firma del Acuerdo de París en 2015, pues el calentamiento global ha aumentado 0.3 grados centígrados.
Un aumento insignificante a primera vista, pero ya ha elevado la frecuencia del calor extremo y ha sumado, en promedio, 11 días muy calurosos adicionales al año; además, se prevé un incremento drástico con mayor calentamiento.
A pesar de que 2025 fue un año con condiciones de La Niña —un fenómeno asociado a aguas más frías en el Pacífico ecuatorial y, tradicionalmente, temperaturas globales algo más templadas—, el calor extremo dejó récords de temperatura nocturna, colapsó redes eléctricas y disparó la mortalidad, especialmente entre personas mayores, trabajadores al aire libre y quienes habitan viviendas precarias sin acceso a refrigeración.
Recordemos que de enero a agosto del año pasado, de acuerdo con la CFE, en nuestro país, más de 335 mil usuarios fueron afectados por apagones no sólo por falta de infraestructura, sino también por fenómenos climáticos extremos, como olas de calor que dispararon el consumo de energía, lo cual contribuye al incremento en frecuencia y en la duración de los cortes de energía.
En el mundo, el calor no actuó solo. En varias regiones, las temperaturas extremas se combinaron con sequías prolongadas que devastaron cosechas y agravaron la inseguridad alimentaria. El informe de WWA documenta cómo la falta de agua redujo rendimientos agrícolas y forzó desplazamientos temporales y permanentes.
En otros puntos del planeta, la energía acumulada en la atmósfera se tradujo en lluvias torrenciales e inundaciones repentinas capaces de borrar, en horas, lo construido durante décadas.
Las tormentas intensas y los incendios forestales completan el cuadro. WWA señala que el aumento de la temperatura del aire y de la superficie terrestre crea condiciones propicias para fuegos de comportamiento extremo difíciles de controlar, incluso para países con recursos.
Los incendios arrasaron bosques y viviendas, además, empeoraron la calidad del aire durante semanas, con efectos a la salud que se suman a los impactos directos del calor.
Cómo olvidar los devastadores incendios forestales que consumieron barrios enteros en Los Ángeles y que, justo mañana, se cumple un año del inicio de esos hechos.
Episodios así dejaron imágenes desoladoras sobre los riesgos crecientes en un mundo que se calienta más rápido de lo previsto.
En paralelo, las tormentas más intensas descargaron precipitaciones récord y vientos destructivos, poniendo a prueba infraestructuras diseñadas para un clima que ya no existe.
Un dato que por sí solo habla de la fuerza del calentamiento inducido por las emisiones humanas es que los mecanismos naturales de enfriamiento ya no logran compensar la tendencia al alza.
Más aún, el informe apunta que el promedio de temperatura global de los últimos tres años superará por primera vez el umbral de 1.5 grados centígrados respecto a la era preindustrial.
Aunque el Acuerdo de París se refiere a promedios a largo plazo, este cruce simbólico anticipa un escenario en el que los impactos asociados a ese nivel de calentamiento dejan de ser proyecciones futuras para convertirse en eventos cotidianos.
Más claridad no puede haber, cada décima de grado adicional amplifica la frecuencia y la severidad de los eventos extremos. La influencia humana sigue siendo un factor decisivo para aumentar la probabilidad o la intensidad de los eventos.
Y si el riesgo ha cambiado, también deben hacerlo las políticas de prevención, adaptación y mitigación de emisiones.
El informe concluye con la advertencia de que la adaptación, aunque imprescindible, no es ilimitada.
Sistemas de alerta temprana, infraestructuras resilientes y planes de emergencia salvan vidas, pero pierden eficacia cuando el clima se mueve fuera de los rangos conocidos.
Sin una reducción rápida y sostenida de las emisiones de gases de efecto invernadero, los costos humanos y económicos seguirán creciendo, y lo harán de manera desigual.
