El riesgo litosférico de México
Hay sucesos que se nos escapan de las manos. Sabemos que pueden ocurrir y en dónde, pero no cuándo ni con qué intensidad, como es el caso de los sismos y los maremotos. Hay otros, como los huracanes y tornados, en los que es posible observar formación, fuerza y seguir trayectoria. A éstos se suman la erupción de un volcán, inundaciones y sequías, entre otros.
Todo lo anterior está tipificado como desastres naturales, porque causan daños a una población determinada y su gravedad se mide en pérdidas de vidas y económicas.
Algunos desastres naturales causan mayor desolación que otros y la densidad poblacional puede ser un factor detonante, pues mientras más sea ésta, mayor será la afectación. De ahí que, en el caso de las ciudades, la planeación urbana deba ser ordenada, con visión integral del crecimiento, pues de lo contrario habrá caos.
México acaba de vivir dos sismos de gran magnitud, el del 7 (M8.2) y el del 19 de septiembre (M7.1) —a 32 años del catastrófico terremoto de 1985—. Ambos han dejado devastación, cientos de muertos y miles de damnificados en varios estados del país, empezando por las entidades en donde se localizaron los epicentros, Oaxaca y Morelos, además de estados colindantes y la Ciudad de México.
Si bien los sismos no pueden predecirse ni tampoco evitar que sucedan, sí es posible reducir su impacto. Para ello hay mecanismos.
A nivel mundial está el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030, aprobado por la Asamblea General de Naciones Unidas.
Este nuevo marco hace énfasis en la gestión del riesgo de desastres y se refiere “al proceso sistemático de utilizar directrices administrativas, organización, destrezas y capacidades operativas para ejecutar políticas y fortalecer las capacidades de afrontamiento, con el fin de reducir el impacto adverso de las amenazas naturales y la posibilidad de que ocurra un desastre”.
Además, este marco traza siete objetivos y cuatro prioridades de acción. Grosso modo, busca reducir sustancialmente el riesgo de desastres y las pérdidas de vidas, medios de subsistencia y de salud, así como activos económicos, físicos, sociales, culturales y ambientales de las personas, empresas, comunidades y países.
Así, los Estados nación tienen la obligación de detectar sus amenazas, vulnerabilidades y riesgos, es decir, qué los hace susceptibles a daños. En el caso de México, sólo por mencionar una amenaza, están los sismos, porque nuestro país está situado sobre cinco placas litosféricas o tectónicas, que al desplazarse liberan energía: la mayor parte del territorio continental pertenece a la placa Norteamericana, la península de Baja California a la placa del Pacífico; en el litoral del Pacífico está la microplaca de Rivera, la placa de Cocos y la del Caribe.
Entonces, nuestro país está frente a un riesgo, que es la combinación de la probabilidad de que se produzca un evento, como un sismo, con consecuencias negativas.
Por ello es tan importante tomar muy en serio la reducción del riesgo de desastres, la mitigación o limitación de los impactos de las amenazas y la preparación para afrontar los estragos.
No hay de otra. Planes nacionales y políticas públicas débiles o sin cimientos aumentan el riesgo de desastres y, por lo tanto, serán mayores las pérdidas.
Una ciudad como la de México requiere códigos de construcción estrictos, las nuevas edificaciones deberán ser resistentes a sismos de gran magnitud, porque como se ha escrito, la CDMX se levantó donde alguna vez hubo un lago y eso amplifica las ondas sísmicas; combatir la corrupción en el otorgamiento de permisos de construcción y prohibición en zonas densamente pobladas; transparencia y rendición de cuentas, así como contener el crecimiento desbordado de la urbe.
El sismo del 19 de septiembre pasado no tuvo su origen en la Brecha de Guerrero, como lo han esperado los científicos, y esto debe cambiar la manera en la que nos preparamos para los terremotos.
Por eso, también debemos reconstruir nuestra resiliencia, esa capacidad que tiene una persona, una comunidad, una sociedad o un país “expuestos a una amenaza para resistir, absorber, adaptarse y recuperarse o resurgir de sus efectos de manera oportuna y eficaz… incluye la preservación y la restauración de sus estructuras y funciones básicas”, de acuerdo con la Estrategia Internacional para la Reducción de los Desastres de Naciones Unidas.
Nos queda analizar si México, tras los sismos y huracanes, sólo por mencionar dos fenómenos naturales, ha comprendido el riesgo de desastre al que está expuesto. Y el tiempo nos dirá si ha sabido gestionarlo.
