Matar para conservar

Quizá, a bote pronto, el nombre de Walter James Palmer no le dirá nada ni tampoco le provocará sensación alguna. Pero si le digo que se trata del dentista estadunidense que presume manejar con suma destreza el arco, la flecha y el rifle, y que, además, hace dos años pagó alrededor de 50 mil dólares por matar, decapitar y desollar a Cecil, el león más emblemático y adorado de Zimbabue, espero que recuerde la indignación que causó ese hecho

Se trató de un hombre —como muchos otros y mujeres— difícil de catalogar sin poner de por medio los sentimientos, porque su pasatiempo es matar animales en zonas como santuarios o reservas, ya sea porque pueden o por el simple placer que les da el poseer sus cabezas y pieles como trofeos de salón.

También es condenable la actitud de aquellos que, por ambición al dinero, venden la cacería de especies prohibidas sin importar burlar la seguridad de las reservas ni mucho menos tomar en cuenta la vulnerabilidad de los animales.

Pues bien, hace unos días llegó la noticia de otra cacería, a las afueras del Parque Nacional de Hwange y, al igual que la muerte del león más querido de Zimbabue, ésta también ha causado enojo internacional, porque ahora se trató de Xanda, un macho de seis años e hijo de Cecil, que, además, tenía un chip de identificación y monitoreo.

De acuerdo con The Telegraph, Richard Cooke, de RC Safaris, encabezó la matanza y, aunque aún está en el anonimato el nombre de quien disparó al león, ya se sabe que fue un cazador profesional y de origen español.

Este guía, como buen samaritano, entregó el collar y contó lo sucedido a las autoridades, porque desafortunadamente la muerte de Xanda se dio en una zona donde es legal la caza y alguien pagó miles de dólares por hacer de este ejemplar un trofeo.

Lo paradójico de la cacería legal es que una gran parte de los recursos obtenidos sirve para financiar las reservas de vida silvestre y la protección de especies, lo cual es avalado por científicos, gobiernos y conservacionistas.

Tras la muerte de Cecil —a él sí lo mataron de manera ilegal porque estaba en una zona protegida— se abrió un debate sobre la posibilidad de prohibir la cacería de trofeos, porque se aniquila a animales en riesgo o en peligro de extinción. Pero la actividad se fortalece.

Lo cierto es que se trata de una economía muy compleja y difícil de comprender, sobre todo para aquellos que estamos en contra de matar animales, vaya contradicción, para protegerlos.

Pero el problema son esos humanos mercenarios que ponen al alcance del mejor postor presas como cachorros de león o elefante y hembras preñadas.

La biología explica que en una manada hay ejemplares enfermos o viejos —objetivos de caza—, que impiden a los jóvenes formar nuevas familias, lo cual ralentiza la repoblación de especies.

Los datos son fríos. Sólo la cacería legal, que forma parte del turismo, deja a los países africanos, como Zimbabue, Tanzania, Kenia y Sudáfrica, de entre 30 y 80 millones de dólares anuales, lo cual conlleva la creación de puestos de trabajo, además de que, como se mencionó líneas antes, un buen porcentaje se destina a la conservación.

Y los llamados “cinco grandes”: león, leopardo, rinoceronte, búfalo y elefante, son los que más atraen cazadores.

No hay que olvidar que hay países en donde la caza ya está proscrita, como Zambia y Botsuana, y en este último se debió a aquel episodio que protagonizó, en 2012, el rey Juan Carlos I al matar a un elefante de 50 años, con siete disparos de su rifle Rigby Express de calibre 470. La fotografía de la cacería se hizo viral y ahí empezaron los problemas para la corona española, pero ésa es otra historia.

El caso es que, como en muchas partes del mundo, corrupción, contubernio e impunidad entre las empresas de safaris y las autoridades son enormes. Por ejemplo, hay desvío de fondos y las pieles, huesos o colmillos terminan en el millonario mercado negro.

Afortunadamente existe otra industria inocua en esos países africanos ricos en vida salvaje que también deja miles de dólares y crea empleos. Se trata de los safaris fotográficos y de observación de fauna, en los cuales los únicos disparos que salen son los de las cámaras.

No pasemos por alto la cacería furtiva, ésa que le ha hecho tanto daño a los animales y sus hábitats.

Sería deseable que la muerte de Xanda reabra el debate sobre mantener o no la cacería de trofeos legal y buscar otra manera de conseguir más fondos para la conservación, porque llegará el día en que los “cinco grandes” habrán desaparecido para siempre.

Ojalá también sirva para que los cazadores provenientes de las aristocracias europeas, millonarios estadunidenses y de otras nacionalidades, abandonen la actividad y, como gesto de filantropía, mejor donen su dinero para proteger a los animales, porque la sexta extinción masiva está en marcha.

Temas:

    X