El cierre del periodo ordinario de sesiones en el Senado estuvo marcado por la rápida transición que vivió el oficialismo legislativo, al pasar de ser martillo a ser yunque en sólo unas horas. Y el descontrol fue tanto que sólo su diatriba perpetua y su constante eufemismo le permitió escabullirse para no exhibir que su famosa superioridad moral sólo es un slogan.
“Sobre la gran balanza de la fortuna, raramente se detiene el fiel; debes subir o bajar; debes dominar y ganar, o servir y perder, sufrir o triunfar; ser yunque o ser martillo” es una frase popular que frecuentemente se atribuye a Goethe y que encaja perfecto con lo ocurrido a Morena en las últimas horas del segundo periodo ordinario de sesiones del segundo año de trabajo de la LXVI Legislatura.
Un periodo ordinario que comenzó con una bomba política y terminó con otra. El 1 de febrero, por petición expresa de la Presidencia de la República, el senador morenista Adán Augusto López Hernández dejó la coordinación del grupo parlamentario de Morena en el Senado, luego de siete meses de polémica por su fortuna, su “desconocimiento” de las actividades ilícitas de su exsecretario de Seguridad Pública en Tabasco, Hernán Bermúdez Requena, líder del grupo criminal La Barredora, y su relación con empresarios señalados en investigaciones ministeriales y mediáticas por actos de corrupción y actividades ilícitas.
La salida de López Hernández generó por unos momentos que el ambiente de la plenaria de senadores morenista fuera tan gélido, que podía cortarse con un cuchillo.
Y tres meses después la bomba política salió desde el Departamento de Justicia del gobierno de Donald Trump en Estados Unidos: la acusación formal de narcotráfico en contra de 10 políticos morenistas sinaloenses, entre ellos el gobernador Rubén Rocha Moya y el senador Enrique Inzunza.
El descontrol fue inmediato. Se retrasó dos horas el comienzo de la última sesión ordinaria; duró sólo 75 minutos y la posterior instalación de la Comisión Permanente fue de manotazos y gritos porque el presidente decano, el priista Manuel Añorve, decidió darle el uso de la palabra a los panistas Ricardo Anaya y Lilly Téllez, para hablar de las acusaciones estadunidenses, ante la ira morenista.
Tan sólo un día antes, los morenistas en el Senado se erguían orgullosos en la tribuna del Senado para amenazar a la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos, con acusarla de traición a la patria, por la presencia de dos agentes de la CIA en territorio chihuahuense, donde se destruyó un narcolaboratorio en uno de los municipios más peligrosos de la entidad: Morelos, donde según el priista Alejandro Moreno Cárdenas, desde el 2021 no se permite el registro de candidatos a puestos de elección popular a quienes no sean de Morena.
Hicieron malabares verbales para tratar de convencer que el Senado de la República tiene facultades para llamar a cuentas a una gobernadora. No las tiene y nunca las ha tenido. Sólo tres voces enfrentaron al tren morenista: el emecista Luis Donaldo Colosio y las priistas Claudia Anaya y Carolina Viggiano. Al final, el oficialismo tuvo que admitir que no tiene poder sobre una gobernadora, pero usó la tribuna del Senado para amenazar con cárcel de hasta 40 años, que es la pena máxima por el delito de traición a la patria.
Morena tiene razón en criticar la operación de agentes de inteligencia extranjeros en territorio nacional, sin comprobarse autorización federal. Pero jamás la tuvo para autoadjudicarse facultades inexistentes para llamar a cuentas a la gobernadora.
Pero sólo 19 horas después de sacudir a la mandataria panista, la acusación de narcotráfico sobre sus compañeros de partido rompió el guion de los moralmente superiores y modificó todos los escenarios trazados y el oficialismo pasó de ser martillo a quedarse como yunque.
