La voz de la calle

Las marchas, por ejemplo, son una constante en la vida del país. Las marchas de los maestros, en 1958; de los Ferrocarrileros, en 1958-1959; de los médicos, en 1964 y 1965 pusieron en aprietos a los gobiernos, entre ellos al de Gustavo Díaz Ordaz, que pasó a la historia como el represor de estudiantes que tomaban las calles en marchas y mítines para protestar

En una de las mejores novelas políticas que he leído, y que recomiendo con frecuencia, porque me parece que el retrato que hace de la clase política mexicana se mantiene actual, La sombra del Caudillo, Martín Luis Guzmán retrata a un México posrevolucionario donde la calle habla y el Caudillo cimenta su fuerza en las expresiones del pueblo.

Cuando el personaje del general Ignacio Aguirre va al Castillo de Chapultepec a hablar con el Caudillo, para saber si puede contar con su apoyo, en caso de que se anime a ser candidato presidencial, el Caudillo le pregunta la razón de esa duda.

Aguirre le contesta que es público y notorio que el general Hilario Jiménez tiene interés en la candidatura “…es posible y aun probable que la benevolencia de usted lo ayude en sus deseos”.

“El Caudillo replicó pronto:

“-—No sería yo, sino el pueblo”, relata Martín Luis Guzmán.

El recuerdo de la novela surge, porque también relata cómo una marcha organizada para la convención del partido en el gobierno se preparó para apoyar a Hilario Jiménez, por lo que había carteles, mantas y gritos en su favor, pero se ordenó en el último momento apoyar a Aguirre y la convención terminó en pleito.

El México político de hace un siglo, que relató magistralmente Martín Luis Guzmán, no ha cambiado mucho. Las marchas, por ejemplo, son una constante en la vida del país. Las marchas de los maestros, en 1958; de los Ferrocarrileros, en 1958-1959; de los médicos, en 1964 y 1965 pusieron en aprietos a los gobiernos, entre ellos al de Gustavo Díaz Ordaz, que pasó a la historia como el represor de estudiantes que tomaban las calles en marchas y mítines para protestar.

Los candidatos del PRI históricamente organizaban marchas y concentraciones para mostrar que el pueblo los apoyaba. La presentación del Informe de Gobierno incluyó durante años la caminata presidencial desde Palacio Nacional hasta la sede del Congreso de la Unión, para que el Presidente de la República escuchara el apoyo de su pueblo, que lanzaba millones de papelitos como lluvia de confeti. Luego ese recorrido se hizo en un automóvil descubierto para que el pueblo pudiera ver al máximo líder de la nación.

El movimiento obrero usó las calles y las huelgas para lograr cada conquista, ya sea los sindicalistas oficialistas o los llamados independientes.

Las mujeres organizan marchas multitudinarias para exigir fin a la violencia contra ellas. La comunidad LGBTIQ+ también hace una marcha anual para hacerse visible y lograr su reconocimiento y el respeto social al que tiene derecho.

La pandemia por covid-19 suspendió estas manifestaciones y el retorno a la cotidianidad las reactivó.

Así, este domingo 13 vimos una marcha organizada por ciudadanos y a la que asistieron militantes políticos, que, de acuerdo con estimaciones de los organizadores, unió al menos a 600 mil asistentes, aunque hay mediciones que hablan de cerca del millón de personas unidas para defender al Instituto Nacional Electoral.

Y, el próximo domingo 27 de noviembre veremos una marcha que tendrá cientos de miles, quizá millones de participantes, porque la encabezará el Presidente de la República, quien es un político experimentado en marchas y esta vez tendrá el apoyo logístico de senadores, diputados, activistas y gobernantes de todos los niveles de gobierno.

Hay algunos senadores que ya se comprometieron con aportar al menos 20 mil personas para conseguir que sea una marcha que haga historia en apoyo al mandatario federal.

Al igual que en la novela de Martín Luis Guzmán, en la marcha oficialista veremos cómo una parte numerosa del pueblo sustenta el poder de un líder político, pero su densidad revelará el verdadero impacto que logró la marcha en defensa del INE, que demostrar otra vez que las derrotas no son para siempre y que la voz de la calle pone nerviosos hasta a los grandes bloques oficialistas.

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