Desatados
Hoy ya no existen parodias artísticas, pero existen las redes sociales y la exhibición en ellas de una clase política que gusta de relojes caros, de trasladarse en helicópteros, de poseer automóviles de un millón de pesos, de amasar riquezas en tiempo récord, pues en sólo unos años pasan de orinarse en una coladera por no tener para ganar un baño público, a comprarse una casa de 12 millones de pesos.
En la década de los 70, la hegemonía del PRI era innegable, pero la inconformidad de algunos grupos sociales por los excesos de diversos militantes del partido comenzó a tener canales de expresión que con los años detonaron su derrota y crearon una cultura adversa al partido.
La cotidianidad del México de los 70 incluía la existencia de caciques en pueblos alejados de las capitales de los estados, la exhibición constante de autos y relojes de lujo; las elecciones fraudulentas con urnas embarazadas, ratones locos, carruseles y casillas zapato; los discursos de políticos que sumaban palabras vacías; las constantes movilizaciones de los obreros oficialistas en apoyo de presidentes de la República; los senadores y diputados que sólo eran levantadedos y las imágenes de cuerpos policiacos que golpeaban protestas de obreros, campesinos y estudiantes.
En ese México se hizo muy popular una canción interpretada por Óscar Chávez, La Casita la que, a pesar de ser una severa crítica a los excesos de los políticos priistas, venció la censura oficial y se coló en el gusto de miles de familias en todo el país.
El entonces disco LP que contenía esa canción mostraba imágenes hechas por Rius, con su clásico político vestido de traje, sombrero, bigote y lentes obscuros montado en un palo con cabeza de caballo y colocado hasta la cima de una columna, como un héroe de bronce.
Al pie de esa columna un grupo de personas, con vestimenta campesina y guitarras y a un lado el policía con el garrote en lo alto, dispuesto a la represión, que preguntaba: “¿Qué está haciendo ese jijo de la jijurria de Óscar Chávez?”, a lo que el grupo de campesinos respondía: “Parodias políticas cantadas en vivo en el Teatro Blanquita”.
La Casita de Óscar Chávez es una parodia de una vieja canción de Manuel José Othón, que adaptó para describir a la clase política priista.
“¿Qué de dónde amigo vengo?/ De una casita que tengo/ Por allá en El Pedregal/ De una casita chiquita/ Con jardines, alberquita/ Y calefacción central/ Tiene en el frente unas bardas/ Que vigilan unos guardias/ Que me manda el general/ Las bardas son alambradas/ Muy bien electrificadas/ Por Comisión Federal…”, dice la letra.
A pesar de que con frecuencia paraba en la cárcel, también era muy popular Jesús Martínez Rentería, conocido como Palillo, con obras de teatro como Adiós guayabera, mía”, en clara alusión a Luis Echeverría Álvarez o Agarren a López por Pillo, en referencia al desastroso y corrupto gobierno de José López Portillo.
El común denominador de la crítica a los viejos políticos del PRI era el rechazo a la exhibición de poder y de riquezas que popularmente no se veían como producto de un trabajo honesto.
Las imágenes de ese México, que conocí en mi infancia, por la influencia de los jóvenes que pululaban por las calles donde crecí, vienen a mi mente cuando observo lo que ocurre en este 2025 con algunos políticos del actual partido hegemónico.
Hoy ya no existen parodias artísticas, pero existen las redes sociales y la exhibición en ellas de una clase política que gusta de relojes caros, de trasladarse en helicópteros, de poseer automóviles de un millón de pesos, de amasar riquezas en tiempo récord, pues en sólo unos años pasan de orinarse en una coladera por no tener para ganar un baño público, a comprarse una casa de 12 millones de pesos, en un terreno comunal y pedir el auxilio de la Guardia Nacional para evitar que los comuneros intenten entrar.
Una clase política que utiliza a las instituciones para castigar ciudadanos por criticarlos, igualito que Ernesto P. Uruchurtu hacía con Palillo; legisladores y gobernadores sobre quienes pesan señalamientos de relaciones con el crimen organizado, sin que eso les quite el sueño; mujeres políticas que prefieren proteger a abusadores sexuales y misóginos que solidarizarse con las víctimas.
Al igual que en los 70, el poderío político los tiene desatados, mientras crece el fastidio ciudadano frente a esos excesos que exhiben sin pudor.
