Ceguera priista

Ésta es la primera vez en toda la historia del PRI que un dirigente nacional del partido tiene todo el control de la estructura partidista. Ni Plutarco Elías Calles tuvo ese escenario, porque los gobernadores emanados de la Revolución tenían sus propios grupos de poder.

El PRI está dividido en dos bloques.

Los que creen ciegamente que su liderazgo es el mejor de todos y viven en una realidad paralela, donde no existen contrapesos internos, porque el mismo grupo político acaparó todas las posiciones de poder y de decisión para practicar un constante juego de espejos que permite ver a las derrotas como triunfos y los errores como responsabilidad del pasado.

Los priistas que, por exclusión o por voluntad propia, se alejaron dos años de la actividad partidista y ahora muestran preocupación por el descenso innegable de las preferencias electorales, de cara a la defensa de los dos únicos bastiones que le quedan: Estado de México y Coahuila.

En el diálogo mediático y cara a cara que han sostenido los dos bloques es evidente que esta vez no basta su tradicional cierre de filas, porque no es tan fácil abandonar las posiciones.

Vemos que las y los expresidentes nacionales del PRI acceden a dar entrevistas en radio para explicar sus críticas y refrendar su criterio que Alejandro Moreno Cárdenas debe dejar la presidencia del partido, porque, además de los pésimos resultados electorales de los últimos dos años, la existencia de investigaciones en su contra por actos de corrupción implica negativos para el partido.

Y también vemos cómo los seguidores de Moreno Cárdenas emprenden campañas en redes sociales en contra de Miguel Ángel Osorio Chong, a quien le atribuyen el poder de manejar a todos los expresidentes para exigir la salida de Alejandro. Incluso, deslizan en todas las conversaciones que la petición de los exdirigentes es ordenada por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador para quitar a Moreno Cárdenas, a quien ubican como el único que puede enfrentar a Morena.

Por supuesto que eso no es cierto, dice César Camacho Quiroz: el priismo no será entreguista, por convicción del partido, no por el dirigente.

A los reclamos de los exdirigentes sobre la exclusión de grupos políticos ajenos al alejandrismo, la respuesta es que eso siempre ha ocurrido.

No es verdad. Ésta es la primera vez en toda la historia del PRI que un dirigente nacional del partido tiene todo el control de la estructura partidista. Ni Plutarco Elías Calles tuvo ese escenario, porque los gobernadores emanados de la Revolución tenían sus propios grupos de poder.

Los líderes del PRI estuvieron supeditados al poder del Presidente de la República en turno, hasta que en el año 2000 perdieron la Presidencia de la República. Entonces entró el poder de los gobernadores priistas. Los virreyes, les decían. Cada uno creó su estructura en el estado, con su gente en dominio de los comités estatales y cada uno con sus representantes ante el Consejo Político Nacional y, claro, ante la Asamblea Nacional.

Y no necesariamente eran parte del grupo del presidente nacional. Dulce María Sauri, Roberto Madrazo, Beatriz Paredes, Pedro Joaquín Coldwell, César Camacho Quiroz y Manlio Fabio Beltrones pueden dar testimonio de lo que significó dirigir el partido con la existencia de gobernadores poderosos o con un Presidente de la República cuyo grupo político tenía la intención de destruir al partido.

Hoy no hay Presidente de la República priista y sólo quedan dos gobernadores.

Rubén Moreira, uno de los más cercanos a Alejandro Moreno, tiene razón cuando dice que el deterioro priista comenzó cuando el peñismo impuso una reforma energética que derivó en un gasolinazo y una reforma educativa que provocó la ruptura con el magisterio. Tiene razón, porque me consta que los entonces senadores del PRI se quejaban ante Emilio Gamboa, su coordinador, de las críticas que recibían en sus estados.

Pero el oficialismo priista se equivoca al deslizar que los exdirigentes son personeros del gobierno federal. Si siguen con el juego de espejos, a los priistas en el poder le tocará sepultar al PRI. No es complot. Es consecuencia.

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