Un año antes del evento, Banamex vendió el paquete de boletos de nueve juegos que habría en el Estadio Azteca y cuatro más en el Olímpico Universitario. Un total de 13 incluyendo los de México en la fase de grupos y varios de la fase de eliminación directa terminando con la final.
Incluso los vendieron a crédito de 12 meses, lo cual los hizo más accesibles en esos años de altísima inflación.
Con ahorros y mi beca estudiantil, pude comprar la serie en la zona más barata. En el Azteca, en una cabecera hasta arriba del estadio y, en CU, un maravilloso asiento en el segundo piso.
Conté esta historia en mi programa de televisión y una persona me envió el anuncio en el periódico donde Banamex anunciaba la venta de los “Certificados para el Mundial de Futbol” de 1986. Ahí aparecía la zona que adquirí (E) y el precio: 8 mil 125 pesos viejos.
Aclaro lo de viejos porque, el primero de enero de 1993, el gobierno le quitó tres ceros a la moneda nacional naciendo, así, los “pesos nuevos” que son los que actualmente tenemos.
8 mil 125 pesos viejos del primero de enero de 1986 eran equivalentes a 124 mil 848 pesos viejos al 31 de diciembre de 1992. Al día siguiente se convirtieron en 124.85 pesos nuevos. Esos, llevados al valor de hoy, son 1,420.33 pesos. Divididos entre los 13 partidos, cada boleto me costó 109.23 pesos de hoy, incluyendo la final (Argentina vs. Alemania).
Esta conversión a valores actuales, descontando la inflación, me pareció muy baja. Decidí, entonces, ver otras posibles comparaciones.
Primero: en dólares. El tipo de cambio del peso frente al dólar el primero de enero de 1986 estaba en alrededor de 450. Los 8 mil 125 que pagué por la serie equivalían a 18 dólares. Tomando en cuenta la inflación en Estados Unidos, esos 18 dólares equivalen a unos 52 de hoy, es decir, al tipo de cambio actual, unos 900 pesos, valor cercano en moneda nacional al que obtuve descontando la inflación mexicana.
Luego me fui a los 8 mil 125 pesos en su equivalencia a salarios mínimos. El primero de enero de 1986 era de 2 mil 070 pesos diarios, es decir, el costo de mi serie fue de alrededor de cuatro días de salario mínimo. Hoy este indicador es de 315 pesos diarios que, multiplicado por cuatro, nos da 1,260 pesos. De nuevo, esta cantidad es consistente con el cálculo inicial eliminando la inflación de los últimos 40 años.
Conclusión: los boletos del Mundial de 1986 me costaron muy baratos. Por eso pude asistir siendo un estudiante pobretón de clase media.
Esto es imposible en 2026.
Los boletos más baratos de la fase de grupos en la peor categoría (4) están entre 60 y 70 dólares, es decir, alrededor de 1,125 pesos, casi la misma cantidad de lo que yo pagué en 1986 por mi serie de 13 partidos. Y esto de un partido de equipos, la mayoría malones, de la fase de grupos.
El boleto más barato para la final de este año está en 2 mil 030 dólares: 35 mil pesos.
En 1986 no existía, además, toda la parafernalia que hoy tenemos con las “experiencias hospitality” donde el espectador tiene acceso privilegiado al estadio, suites con asientos cómodos, meseros que sirven las mejores bebidas alcohólicas, acceso a elegantes salones con comida gourmet, atención personalizada y entrega de regalos oficiales.
No, en 1986 no había eso. Lo mejor eran los palcos privados. Hoy la “experiencia hospitality” tiene un costo para el partido inaugural de México vs. Sudáfrica que va de los 2 mil 500 dólares a más de 10 mil, es decir, entre 43 mil y 173 mil pesos.
La realidad es que el Mundial se ha gentrificado de manera extrema.
En 2026, la clase media nacional podrá comprar, si acaso, uno o dos boletos de partidos más bien chafas. Se han quedado fuera del nuevo mercado con precios que pueden sufragar mexicanos y turistas internacionales adinerados. La competencia, como escuché en Tercer Grado Deportivo, ya es contra los jeques árabes. Imposible ganarles. Por cierto, también las grandes corporaciones adquieren los boletos caros que regalan a sus clientes como estrategia de relaciones públicas.
¿Me duele? Sin duda.
Pero, como un creyente de la economía de mercado, no me quejo. Si hay gente que puede pagar esos precios, la FIFA, que es un negocio privado, tiene todo el derecho de cobrarlos.
Dejemos que la oferta y la demanda hagan su trabajo. Pero reconozcamos, también, que la gentrificación extrema del futbol alejará a mucha afición apasionada de los estadios.
