La geopolítica del caos

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe cabezas

El arranque de 2026 nos muestra el rostro más disruptivo de la política exterior de Estados Unidos y el caos. Washington optó por un modelo para proyectar su poder en la presión, basado en la intimidación y la nulidad del derecho internacional. En unos pocos días Donald Trump reactivó viejos temores geopolíticos y escenarios propios del siglo XIX.

La operación militar en Venezuela, acompañada de la detención de Nicolás Maduro y el control sobre los recursos petroleros, marca un punto de quiebre. No es sólo un escenario de intervención, sino una narrativa de ejercer el poder sin ninguna legitimidad. Estados Unidos envió un mensaje fuerte y claro: la soberanía es negociable cuando los recursos energéticos y la conveniencia geoestratégica estén en juego.

La presión sobre Cuba, sobre México, Groenlandia y Europa reabre el lamentable debate de la relación entre el poder militar, soberanía y alianzas históricas. Washington, en la voz de Donald Trump, demuestra que el orden mundial prioriza la utilidad estratégica sobre la autodeterminación y el derecho internacional.

Mención aparte merece el progresivo alejamiento de Estados Unidos de los organismos multilaterales y la cooperación. Resulta irónico que el país que promovió la arquitectura del sistema internacional es, ahora, el principal promotor de su debilitamiento. Parece que lo que no está calculando Washington es que el vacío de poder e influencia será ocupado por China y Rusia.

En América Latina, y en especial el caso mexicano, enfrentamos un trato dominado por las amenazas y presiones que demuestran, una vez más, que el más poderoso es el que se impone frente a realidades asimétricas.

El debate no debe concentrarse en Trump, sino en lo que representa como arquitecto del poder. Gobiernan desde la premisa que colaborar implica ceder y el sistema internacional no opera bajo acuerdos y es un lugar de competencia donde el “más fuerte” domina todos los ámbitos frente a la resignación de los otros.

 

EL CASO IRANÍ

El caso iraní refleja con claridad la lógica que domina la geopolítica de 2026. Las protestas internas, motivadas por el encarecimiento del costo de vida y la presión económica. Eso es un tema, pero no hay que desestimar las manipulaciones externas para desestabilizar el gobierno. En el tablero internacional de Trump, los conflictos sociales son vistos como oportunidades estratégicas.

Washington utiliza las tensiones como instrumento de presión política. No sólo son declaraciones diplomáticas o sanciones económicas, sino una narrativa construida para presentar a Irán como un estado fallido, incapaz de gobernarse sin intervención. La protesta deja de ser un reclamo interno y se transforma en la justificación para el aislamiento, la amenaza y la injerencia estratégica.

La cobertura mediática refleja la disputa. En los principales medios occidentales predominan imágenes de manifestaciones caóticas y consignas políticas dirigidas en contra del gobierno persa. Mientras tanto, medios alternativos muestran también concentraciones masivas que rechazan la intervención extranjera y denuncian el uso político de la crisis interna. Esta doble lectura no es accidental, forma parte de la batalla informativa donde la selección de imágenes, testimonios y titulares define cuál versión de la realidad es la dominante.

Es de no creerse que alguna autoridad de Estados Unidos pueda opinar sobre las manifestaciones en Irán mientras que sus propias protestas (por el caso Minneapolis y el desgaste interno) están fuera de control.

En 2026, la geopolítica no se libra en territorios o mercados, sino en el control del relato, de la narrativa. Y Donald Trump es un maestro en el control de la narrativa y vender su visión como la realidad.

El riesgo verdadero radica en que normalicemos la intervención, la amenaza, el insulto, la arbitrariedad ¿hasta cuándo podremos aguantar? ¿El electorado de Estados Unidos dará un cambio de timón en 2027? Veremos.