Ayer, en Ginebra, se jugó mucho más que armamento nuclear o enriquecimiento de uranio. Estaba en el tablero la credibilidad de la amenaza estadunidense, la supervivencia del gobierno iraní, la seguridad regional y los vestigios de lo que queda del sistema internacional.
En el actual entorno geopolítico de confrontación, las negociaciones entre Irán y Estados Unidos pueden verse como un triunfo diplomático. Claramente, no hubo abrazos, fotos históricas ni discursos triunfalistas, pero sí entendimiento. Vimos los primeros eslabones de lo que podría traducirse en un pacto. Ambas naciones hablaron de avances en el diálogo, evidentemente, con detalles pendientes. Lo que trasciende es que ninguna de las partes quiere dinamitar las negociaciones por el momento, aunque no haya nada que celebrar aún. Comienza un camino sinuoso de propuestas técnicas, límites, números, verificaciones e inversiones estadunidenses, por supuesto.
Ambas partes manifiestan un “optimismo moderado”, mientras Washington mantiene la presión táctica militar y el ayatolá Jamenei lanza amenazas. El despliegue continúa: los portaviones Abraham Lincoln y Gerald Ford, destructores, aviones cisterna, cazas, sistemas de defensa y decenas de F-15 por parte de Estados Unidos. Teherán, mostrando también músculo, mueven piezas estratégicas en el estrecho de Ormuz, presumen maniobras militares, drones y misiles.
El presidente Trump sabe perfectamente que Irán no es Venezuela y, simplemente con el tránsito de 20% del petróleo mundial por el estrecho de Ormuz, se están jugando los mercados, la bolsa y sus votantes en la mesa de negociaciones. Para el votante promedio estadunidense, pesa más el precio de la gasolina y su bolsillo que cualquier tema geopolítico. La Casa Blanca mantiene la amenaza de ataque, pero reitera que prefiere negociar. Por su parte, al interior de Teherán también se mueven piezas, como la oposición de los ultraconservadores a cualquier tipo de negociación con Washington por considerarla humillante. En ambos casos, la narrativa doméstica y la popularidad de los líderes es crucial. Donald Trump enfrenta sus niveles más bajos de aprobación y el gobierno iraní acaba de vivir las protestas más multitudinarias y violentas de su historia por el descontento social.
La tremenda paradoja es que, mientras en Estados Unidos las intervenciones militares no le agradan al electorado y Donald Trump prometió que no gastaría ni recursos ni vidas en confrontarse con otras naciones; en Irán las amenazas externas de intervención suelen exaltar el nacionalismo y provocar el cierre de filas con el gobierno.
LOS ESCENARIOS
El momento es complejo, pero existe la posibilidad de un arreglo gradual que incluya límites medibles al enriquecimiento e inventarios nucleares con alivios parciales a las sanciones. Sería un arreglo incompleto, sobre todo para los ojos de Israel, pero suficiente para una desescalada militar. No resolvería el problema, pero lo mantendría en las líneas de la paz.
Es posible, también, enfrentar una larga y tensa negociación con el despliegue y la amenaza militar persistente. Se gana tiempo con diplomacia, pero está latente el riesgo de una guerra regional. Y, el último y peligroso escenario, que la brecha sea insalvable. Que Washington ponga condiciones que Teherán interprete como violación a su soberanía y podrían comenzar ataques estratégicos como método de coerción. ¿Podrá Trump contener su volatilidad y negociar? ¿Puede Teherán aceptar compromisos verificables sin sentir que pierde su soberanía? ¿Habrá esperanza para la diplomacia? Al tiempo.
